domingo, 26 de marzo de 2017

Eder

INTRDUCCIÓN   a “El Mediterráneo”


      He llamado a esta tercera parte de la trilogía de Atlantis “El Mediterráneo”, porque fue donde quedaron impresas las huellas de la gran civilización de Atlantis. El Mediterráneo fue el centro de poder y cultura, que se extendería por todo el mundo conocido.

      Ya en época histórica, hubo importantes colonizaciones, que se convertirían en la base de las diferentes culturas que se asentaron en toda la costa occidental y oriental del Mediterráneo y que dieron origen a las culturas posteriores.

Quiero dedicar unas fábulas sobre esas grandes colonizaciones a mis seis nietos, desde el mayor, Eder, para quien empecé a escribir, hasta la más pequeña, Aitana, con la única intención de que vayan aprendiendo cuáles fueron los orígenes de la cultura mediterránea y de nuestra propia cultura.

Eder, con su afán de saber hasta los más mínimos detalles de todo lo que yo pueda contarle, con su insaciable interés y con su férrea voluntad, me ha animado a seguir desgranando los hechos, eso sí, mezclando la realidad con la fábula, de modo que sea agradable para ellos leer estas pinceladas de la vida de personajes, que pudieron ser reales y a los que la  imaginación  de las gentes concedieron un viso de historia y de divinización, que permanecen hasta la actualidad.

Y la chiquitina Aitana, que ahora vive en Suecia, aunque temporalmente, y que ahora está dando sus primeros pasos, espero que con el tiempo llegue a apreciar el cariño de su abuela y el interés por la pervivencia de la cultura, que, actualmente, parece haber caído en “desuso”, porque las ciencias tecnológicas van ocupando todas las ramas del saber.

En medio de Eder y Aitana, quedan mis otros cuatro nietos, Ricardo, Julen, Paula y Mariana, a los que dedico mi recuerdo más cálido y recomiendo encarecidamente que no abandonen el saber histórico y lingüístico, en aras del saber informático. Ambos saberes son complementarios e ineludibles. Ésa es mi forma de pensar. Espero que lo entendáis. Y que algún día recordéis a vuestra Giagia, sobre todo por el amor que os ha tenido desde que vinisteis al mundo.

Vosotros sois para mí la continuación de la cultura, que yo aprendí a apreciar con las enseñanzas de mi padre, sobre todo, pero también de sabios profesores que tuve la suerte de conocer. Espero que sepáis apreciar a todas las personas que, en el transcurso de vuestra vida, os hayan enseñado algo importante: el valor del trabajo, de la honradez y del amor.

Voy a presentar en esta tercera parte de la trilogía cinco civilizaciones  y, en cada una de ellas, he tratado de recordar a dos o tres personajes que no deberían caer en el olvido.

        Las  rutas de navegación de los colonizadores, pueden situarse en el tiempo en la Edad del Bronce y corresponden a los fenicios, los púnicos (de un mismo origen, como os iré contando) a los griegos, a los egipcios y a los mesopotámicos. No olvidemos a Creta y Sicilia, la anterior Trinacria, y la cultura de los tartesios, de la que también hablaremos.

                                ATLANTIS.......  seguimos...

3ª parte de la trilogía de Atlantis:

                      el Mediterráneo

            Muchos siglos después de haberse destruido la confederación de las islas del Egeo, cuando ya sus jefes de clan habían pasado a ser leyenda, los hombres, ya instalados en el patriarcado, tuvieron necesidad de sustituir a la gran Madre Naturaleza por otros dioses más “convenientes” para los intereses militares de los gobernantes y, sobre todo, para el comercio entre las diversas potencias que iban surgiendo, como herederas de las culturas protohistóricas.
1.- Sesostris
            La casa real de Tebas estaba de fiesta. Había nacido el varón que heredaría el trono. La capital se había desplazado a Itytauy, cerca de El Fayum, pero Tebas seguía siendo el centro social de los grandes personajes de Egipto. Los sacerdotes habían predicho que el niño sería el mejor entre sus iguales, porque su inteligencia, honradez y aptitudes  harían de Egipto el imperio más grande de la tierra, que dominaría el Mediterráneo, el gran verde, como solían denominarlo.
            La gran esposa real Ueret también había soñado que daría a luz a un dios. Y su esposo, el actual faraón Senusert II sonreía, porque su esposa había dado muestras de gran inteligencia y su dulzura aseguraba la paz en palacio y en las altas esferas sociales. O eso pensaba él, porque Ueret hacía frente a las intrigas del palacio con firmeza, más que con dulzura, aunque siempre en beneficio de su esposo.
            Las intrigas estaban a la orden del día en la corte. Incluso había habido algunas muertes, que nadie sabía explicar. Los jefes de nomos y los grandes terratenientes aplicaban sus propias leyes y al faraón le resultaba casi imposible poner orden, porque muchas veces ni siquiera se enteraba de lo que sucedía, hasta pasado un tiempo. Los funcionarios eran demasiado lentos o demasiado interesados en que las noticias se retrasaran.
            Después de consultar a los sumos sacerdotes de Amón, impusieron al nuevo príncipe el nombre de Jakaura Senusert, que significaba:  “los espíritus de Ra resplandecen”.
             El pequeño tenía un carácter dulce, pero firme, como su madre, y, en cuanto empezó a dar sus primeros pasos, se escapaba de la vista de sus cuidadores y seguía a su padre. El faraón nunca se enfadaba con él, porque le hacía gracia y no sólo le permitía estar con él, sino que le explicaba todo lo que hacía, aunque era consciente de que Jakaura era demasiado pequeño para comprender las palabras de su padre. Le parecía increíble que el niño consiguiera convencer con su sonrisa a todo el que se interpusiera entre él y sus propósitos: es decir, seguir a su padre.


Incluso le había regalado, cuando cumplió los cuatro años, un pequeño arco y dos flechas con la punta roma, para que no se hiciera daño. El príncipe iba muy serio a los campos de ejercicio de los soldados y hacía sus prácticas, ante la estupefacción de todos, consiguiendo gran puntería sobre un muñeco de madera, que le habían colocado como diana.
            Cuando cumplió la edad preceptiva, que solían ser los siete años, el príncipe Jakaura fue enviado a la Casa de Sabiduría, para iniciar su educación en geometría, matemáticas, religión y otras disciplinas, necesarias para todo joven que fuera a ocupar algún cargo en el aparato del estado.
             Su madre, la gran esposa real Ueret, ya había aprovechado las dotes excepcionales de su hijo, enseñándole cómo comportarse, qué debía aprender y dándole consejos, que el niño absorbía como una esponja. Ella dirigía personalmente las actividades del niño, sin dejar que nadie interfiriera, ni siquiera la madre del faraón, su esposo. Por algo su nombre significaba “la poderosa”.
             En sus clases en las Casas de Sabiduría, Jakaura empezó a demostrar gran interés por las leyes y la economía, desde el momento en que se dio cuenta de que algo en la organización del estado fallaba: había muy pocas personas que conocieran de verdad la realidad cotidiana de la región de Tebas y sus aledaños. Pensó que todos los encargados de cualquier departamento del estado debían tener mayor cultura.
             Decidió que, cuando él fuera mayor, aconsejaría que los maestros de la ciencia insistieran en la necesidad de todos los alumnos de conocer la escritura y la lectura. Incluso se debía crear una nueva clase social, la de los escribas, que debían estar presentes en todos los acontecimientos, para tomar nota de lo que sucediera y certificar su legalidad. Creía que así, la experiencia de hechos, que constaban por escrito, serviría para solucionar problemas similares, que pudieran plantearse en cualquier lugar o situación. Y los profesores estaban de acuerdo.
             Los niños estudiaban la historia del país y Jakaura pensaba en el poder que tenían los faraones en el imperio antiguo, poder que, poco a poco, había sido absorbido por los nomarcas, como una organización de señores feudales, cada vez más poderosa. Eso tendría que arreglarse y él tendría que averiguar cómo hacerlo.
             Después de las clases de la mañana, se realizaban diversos actos religiosos en honor a la tríada de dioses protectores de Tebas: Amón, Mut y Khonsu. El príncipe pensaba que también sería importante la unidad religiosa de todas las regiones, y tenía claro que los sacerdotes de Amón, a su juicio los más cultos, debían tener más poder e influencia que los demás. Y él se identificaba con el dios Khonsu, como identificaba a su padre con Ra.
               También le parecía importante el comercio con el Gran Verde, sobre todo con la isla de Creta y con la ciudad de Biblos. Creta tenía la flota más importante y producía una cerámica que, en Egipto se consideraba buena y práctica. Biblos abastecía de madera a Egipto y sus relaciones comerciales eran a veces consideradas como si se tratara de una ciudad sometida. En cuanto al mar Rojo, se comerciaba con Punt, que producía incienso y el comercio se realizaba por medio de un canal, que unía el Delta del Nilo con el Mediterráneo.
             Tal era la capacidad y el interés de Jakaura, que su padre, el faraón, decidió asociarlo con él al gobierno, para que aprendiera sobre la práctica. Además sus ideas le parecían realmente buenas. Ya se habían tenido en cuenta las capacidades de otros jóvenes de la casa real y la nobleza, pero ninguno parecía tan capaz como Jakaura.
            Y llegó el momento en que el príncipe debía tomar esposa. Tenía dieciséis años y ya se consideraba capaz de suceder a su padre. Lo mismo opinaban sus profesores y sus padres. Eligieron a Meretseger como esposa principal para Jakaura. Era una princesa de gran belleza y sabiduría, que fue considerada desde el primer momento como reina consorte y como gran esposa real. Su nombre significaba “la que ama el silencio"
 
Llegado el momento de asumir el trono, los dos esposos se preocuparon de mejorar en lo posible su reino. Era el año 1878 a.c. Y lo primero que hicieron fue centralizar el poder, nombrando visires de su plena confianza, en lugar de los nomarcas tradicionales. Mediante una burocracia eficaz y culta, que iban reclutando entre la clase media, con la única condición de que hubieran pasado por las escuelas de escribas, reorganizaron los gremios, llamados uaret. Todo bajo la supervisión de un gran visir, de total confianza para el faraón.
           Conquistó y dominó Kush, Nubia, a la que convirtió en provincia al final de su reinado. Sofocó sublevaciones en varias regiones y fortaleció los llamados Muros del rey, fortificaciones en los límites del reino, que proporcionaban una sólida defensa. También combatió contra el pueblo de Siquem.
    
             Dos años después de asumir el trono, la pareja real tuvo a su primer hijo varón, al que impusieron el nombre de Nemara. La gran madre real, Ueret, se ofreció para hacerse cargo personalmente de su primer nieto. Y los reyes aceptaron de buen grado, porque ella había educado a Sesostris y los resultados habían sido inmejorables.

            Ueret necesitaba distraerse, porque, al morir su esposo Senusert, la tristeza había invadido su alma. Después de los rituales del entierro, dedicó todas sus fuerzas y su entusiasmo a la educación de su nieto. Aunque murió antes de que el príncipe pasara a estudiar a las Casas de Sabiduría. El príncipe Nemara sería asociado al gobierno por su padre y reinaría desde 1841, a la muerte de Sesostris III. Tomaría el nombre de Amenemhat III. 
 
 
 

2.- Hiram I de Tiro
            Tiro era la más importante de las ciudades de Fenicia, fundada al mismo tiempo que Sidón, Biblos y Beritos, en el  III milenio a.c.

            Todos los habitantes de la ciudad de Tiro estaban de luto. El rey Abibaal acababa de morir. Las ceremonias para los funerales debían ser presididas por el nuevo rey, el hijo de Abibaal, que aún no había sido coronado como tal. El nuevo rey, Hiram, de 19 años, investido con los atributos de su padre, el manto de púrpura, la corona y el cetro, debía estar presente en la preparación del cadáver, el lavado ritual con agua y sustancias como incienso y mirra, hasta quedar libre de los miasmas de la vida y poder así entrar en el mundo de los muertos. El cadáver fue envuelto con el manto que había usado el rey en su última ceremonia de gobierno, y después fue adornado con sus joyas personales y sus amuletos.

            El interior de la sepultura fue también rociado con incienso, antes de colocar el cadáver, junto al que se colocaron los objetos personales del rey, su espada, el cuenco en que solía comer, y las estatuillas de sus dioses particulares, sobre todo, Baal, su protector, al que debía su nombre. Al lado del cadáver se colocó el tazón que había contenido el bálsamo y los aceites olorosos, con los que se ungía el cadáver, y que luego había sido purificado por el fuego. Después se cerró el sarcófago de madera, con la forma del rey difunto, sobre el que se colocaron las campanillas, que le protegerían de los peligros que amenazaran su alma, en su ascenso a los niveles superiores.
            El ataúd se colocó sobre una capa de cal y barro y se procedió al cubrimiento de la tumba. La tumba era una cista, alrededor de la cual desfilaron los familiares y amigos más cercanos del rey. La cabeza del rey difunto se colocó mirando al este, con los pies hacia el oeste, para que la luz solar lo guiara hacia su posterior retorno, siendo ya inmortal. El brazo izquierdo estaba sobre su pecho, mientras su brazo derecho se colocó a lo largo de su cuerpo. Junto a su cabeza, se colocaron cáscaras de huevo de avestruz, y junto a sus pies, los restos de varias cabras sacrificadas, como homenaje al nuevo ser que se reencarnaría, o quizá también para que sirvieran de alimento, durante el viaje hacia los dioses.
            El siguiente rito fue la presentación del muerto ante los dioses. Para ello se realizaron las libaciones rituales, con leche, agua, vino y aceite. Y entonces se cerró la tumba con una gran losa, sobre la que se echó tierra en abundancia, mezclada con trozos de cerámica de los vasos y cuencos que había utilizado el rey en vida. Sólo se abriría la tumba cuando muriera el siguiente rey. Hiram esperaba que pasara mucho tiempo antes de ello.
            Según las leyes vigentes, se dejaron pasar varios días hasta el momento de celebrar el banquete fúnebre. Hiram debía recordar las dos almas de su padre, la vegetativa y la espiritual, para que le guiaran en su labor de gobierno. Al lado de la tumba, Hiram tuvo que grabar su propio nombre, para avisar a los dioses de quién sería el siguiente en subir hacia ellos, y la imagen del barco funerario y de la cuadriga, por si quisiera viajar por tierra.
Hiram pensó que tendría que averiguar cuál era la aventura que le esperaba a su padre. Quería creer que su padre se lo revelaría, para avisarle de los peligros que pudieran surgir. Debía esperar la presencia de un gallo, que representaría el alma inmortal de su padre. No estaba muy seguro de que todo esto no fueran invenciones de los sacerdotes de Baal, a los que no tenía mucho respecto, porque le parecían brutales e incultos. No entendía cómo se podía viajar en barca y en cuadriga a la vez, ni creía demasiado en una vida que no podía ver con sus propios ojos.
            El gallo representaba al difunto, que volaba sobre la ciudad, para cuidar de ella, con los otros difuntos de la misma familia. Todo esto a Hiram le parecían historias para niños, pero, de momento, no podía decir nada, hasta que no fuera el rey coronado. Pensaba que la religión y las supersticiones debían ser revisadas, porque no se podía engañar de esa forma a los ciudadanos.
Tampoco tenía ganas de comer, porque él quería a su padre y todas estas ceremonias le molestaban, pero el protocolo le obligaba a hacerlo. Tenía que comer algo, aunque sólo fuera probar algo de cada alimento ritual.
            Pasado todo el ceremonial, se procedió a la coronación. Ese día sí le parecía importante. Era el año 969 a.c. y debía dar seguridad a sus súbditos, además de comunicar a todos los hombres bajo su gobierno que pensaba potenciar la ciudad hasta conseguir que fuera la más importante de la región de Fenicia, incluso más que su vecina Sidón, que hasta ahora los había eclipsado.
           Hiram, cuyo nombre significaba “de alto nacimiento” (חִירָם), decidió hacer una visita al recién nombrado rey de Israel, Salomón, famoso por su sabiduría y su prudencia. Era un hombre joven, como él, y estaba seguro de que se entenderían. Envió sus mensajeros, para preparar la entrevista. Si la alianza con Salomón se llevaba a cabo, Hiram podría acceder al mercado del Mediterráneo, que antes había sido dominado por Egipto, Arabia y Mesopotamia.
            Antes de esto, tendría que sofocar una rebelión en la región de Utica, al norte de África, en una colonia fundada por una de sus antepasadas, la reina Elisa. Para ello tendría que fletar sus barcos, capear las tormentas, frecuentes en el Mediterráneo, y conseguir coger al enemigo por sorpresa. Ya era un avezado guerrero y su inteligencia le proporcionaba ventajas, que no tenían sus enemigos.
            La alianza con Salomón fue muy fructífera, porque lograron crear una nueva ruta comercial y comunicarse con los lejanos países de Saba y Ofir, a través del puerto de Esyon-Gueber. Salomón necesitaba la fina madera de los cedros del Líbano y, a cambio, ofrecía el trigo y el aceite abundantes en Israel. La alianza se selló sin dificultades y los obreros de ambos reyes se unieron en la gran obra que estaba realizando Salomón, el templo dedicado a su dios Yahvé. Además de la madera, Hiram ofreció sus conocimientos de arquitectura y a sus mejores arquitectos, para que la obra se llevara a cabo en el menor tiempo posible y así agradar al todopoderoso dios de los hebreos.
La gran obra que planeaba Hiram para su patria era ampliar los puertos, uniendo las dos islas donde se asentaba la ciudad. En ella construyó un palacio real y un templo dedicado a Melkart y Astarté. La alianza de Salomón con la reina de Saba, les proveyó de oro y aceites balsámicos de gran valor, para proveer a sus templos de todo lo necesario. La reina de Saba se había enamorado de Salomón y fue a visitarlo, atraída por su fama de sabio. Ella también era considerada una de las mujeres más sabias de su entorno. La triple alianza estaba funcionando mejor de lo que podrían haber soñado.
La ciudad de Hiram estaba fortificada en medio del mar. Era más bien una línea de suburbios, usada como fuente de agua y madera para la ciudad de la isla, para el palacio y para el templo. Para ello creó una serie de cisternas, para almacenar el agua potable, y un sistema de corrientes subterráneas, que mantuvieran el agua en movimiento, sin posibilidad de estancamiento.
Y, sobre todo, facilitaba el comercio marítimo, que comenzó a extenderse hacia el oeste del Mediterráneo, llegando incluso hasta las columnas de Hércules, en la lejana y atrayente península ibérica. Ya el reino de Tarsis realizaba expediciones comerciales cada tres años y tenía tratos con los fenicios.
Una de sus ideas era unificar la religión, mediante el establecimiento de un solo dios, Melkart, como rey de todos los dioses. Astarté sería su amante o su madre, pero siempre una figura secundaria. Con ello quería asegurar la monarquía y relegar el poder de las mujeres, mediante el ejemplo de Astarté. Para conseguir todo esto, se nombró a sí mismo sumo sacerdote de Melkart, y a semejanza de las costumbres egipcias, se nombró también dios único, personificación de Melkart en la tierra.
Incluso creó ritos religiosos, por los que entre los meses de febrero y marzo, sucedía la muerte y resurrección del dios, semejando el ciclo de la agricultura. Reformó, para ello, el calendario, consiguiendo que las fiestas religiosas se fundieran con las fiestas agrícolas. Todo su reino aceptó las nuevas normas de la religión, sin protestas y con su interés puesto en el comercio, que iba mejorando día a día.
Tomó como esposa a una de las hijas del faraón Sheshong y tenía que dejar claro que la mujer fenicia no tenía la misma libertad que la egipcia. La reina debía estar en palacio y no exhibirse por las calles, como hacían las egipcias. Su esposa tuvo que adaptarse a su nueva situación, no sin antes protestar enérgicamente.
Las obras del templo de Yahvé en Israel atrajeron también a otros sabios arquitectos, cuya amistad proporcionaría a Hiram conocimientos suficientes para poder desarrollar su deseo de construcción para su propia ciudad. Tenía necesidad de mejorar hasta el infinito los recursos y la fama de Tiro. Además, su alianza con los hebreos, le ayudaba a mantener a los egipcios sin acceso a las zonas productoras de oro.
Ya se habían hecho con el monopolio de la púrpura, que sus pescadores recogían de los múrices, moluscos que se pegaban a la roca, como lapas, y cuyo jugo de un color rojo brillante, daba ese color característico a las telas, que, cada vez más, se usaban en los mantos reales y en las ropas de los personajes más relevantes de las cortes. Todo rey que se preciara de rico y poderoso utilizaba el tinte púrpura para sus mejores galas. También se hizo un trono de marfil con esfinges. El marfil lo proporcionaba Ofir y se puso de moda entre los reyes hacerse construir un trono con esas mismas características.
En un principio había sido aliado de los filisteos, pero, al renovar su alianza con David, padre de Salomón, envió fenicios que enseñaron a los hebreos el arte de la navegación y la construcción de buques. Su alianza con Salomón había librado a Tiro del peligro filisteo, potencia que interceptaba determinadas rutas comerciales marítimas. Hizo a Salomón un préstamo de 120 talentos de oro. A cambio de ello, recibió veinte poblados galileos, que devolvió, al ser saldada la deuda. Su contacto con los habitantes de Galilea le hizo conocer las necesidades del pueblo llano y así comprender mejor a sus propios súbditos.
En su expansión por el mar, fue llamado a sofocar una revuelta de los nativos de la ciudad de Kition, en Chipre. El resultado fue la ocupación fenicia de la ciudad y el aprovechamiento de sus recursos. Además, facilitó la expansión fenicia hacia el continente.
Tras 16 años de reinado, Hiram fue sucedido por Baal-Eser, en el año 919 a.c., que reinó durante 17 años. su hijo Baal-Eser era hijo de una mujer tiria, requisito indispensable para suceder en el trono al gran rey. De hecho, la esposa egipcia estaba relegada a un segundo término, porque así lo decían las leyes, que el propio Hiram había redactado y mejorado.
No quedan casi restos arqueológicos, que demuestren la veracidad de los relatos, pero la imaginación sirve para crear leyenda, donde no hay realidad, o ésta ha sido relegada al olvido. Lo que sí parece claro es que Hiram fue más importante que el propio Salomón, al que la Biblia de los hebreos quiso hacer más grande de lo que quizá fue.
 
3.- Midas   

Gobernó en Frigia entre 740 / 696 a.c.

El joven Gordio, un campesino, cuya única fortuna era un carro y una yunta de bueyes, había visto posarse un águila en el yugo y decidió preguntar al oráculo. En el camino, se encontró a una joven y se enamoró de ella. De esta unión nació Midas. Cuando el pequeño Mitti, como lo llamaban en casa, cumplió tres años, vio con interés y emoción el viaje que sus padres preparaban, para ir a la capital. Iban a vender sus productos agrícolas, en cuanto se recogía la cosecha.
Mitti no dejaba de hacer preguntas, porque nunca había salido de la pequeña aldea donde vivían, y ante él se abría todo un mundo de novedades. No dejaba de mirar los campos, los bosques, las personas con las que se cruzaban en el camino, pero, sobre todo, no dejaba de preguntar. Sus padres sonreían y le decían que debía tener paciencia, porque iban a comprarle un juguete nuevo, si tenían suerte y vendían sus mercancías.
A Mitti le encantaban los juguetes brillantes, que su padre le hacía con trozos de madera, y nunca dejaba uno solo de sus “tesoros”, aunque estuviera viejo o roto. Le gustaban mucho las flores, que su madre cultivaba en un pequeño jardín que tenían frente a su cabaña. Su madre le daba algunas veces una flor como premio por haberse portado bien y por haber comido lo que le mandaban.
            Los habitantes de la región de Frigia llevaban varios años sin rey y el oráculo de Zeus les había dicho que su rey debía ser un hombre que iría montado en un carro, con su esposa e hijo. En cuanto los vieron entrar en la plaza, lo nombraron rey, ante el asombro de la pequeña familia.
            Gordio aceptó el cargo y, como agradecimiento a Zeus, le ofreció su carro, que colocó en lo alto de la fortaleza, atando la lanza del carro al yugo con una cuerda, y con un nudo que nadie podría desatar, sólo el hombre que estuviera destinado a dominar el mundo entero. Así creía asegurar el dominio, sobre el resto del mundo conocido, de la región, que tan bien los había acogido. El nudo gordiano se haría famoso en todo el mundo, hasta que, siglos después, llegaría Alejandro Magno y conseguiría deshacerlo, cortándolo con su espada.
            El pequeño Midas estaba encantado. Había pasado de ser un niño sin patria a ser un príncipe, al que todos atendían y cumplían el más mínimo de sus deseos. Le encantaba jugar con objetos brillantes y con flores. Sobre todo le gustaban las rosas. Su padre mandó construir en palacio un jardín lleno de rosas, donde el niño se distraía y donde era feliz.
            Los frigios eran descendientes de un pueblo indoeuropeo, los brigios, de la región de Macedonia, que había invadido el Asia Menor y había conseguido destruir el poder hitita. Frigia era una tierra próspera, que destacaba por la agricultura, debido a las abundantes lluvias de las montañas circundantes. Además, era zona de paso para varias rutas comerciales. Gordio decidió aprovechar su situación estratégica, para enriquecer su nueva patria y hacer de sus súbditos gentes felices y prósperas.
            No se daba cuenta de que su propio hijo se estaba volviendo caprichoso y que ya no quería juguetes que no fueran de oro. Incluso había hecho que le fabricaran rosas de oro, que disponía en vasijas en sus habitaciones. Jugaba con la luz que desprendían y pasaba horas contemplando los juegos de luces.
            Su madre sí se había fijado en los gustos del niño y decidió hablar con Gordio. Como su origen remoto era una región de la Hélade, pensaron buscarle una esposa griega, si era posible una macedonia, porque las mujeres macedonias gozaban de la libertad de las espartanas y de la cultura de las atenienses.
            Y mientras el niño se hacía adolescente, encontraron una joven llamada Helena y la llevaron a vivir al palacio, para que fuera conociendo al joven Midas y supiera cómo tratarlo y ayudarlo a sentar la cabeza.
            Un día Midas estaba contando sus monedas de oro y lanzándolas al aire, para que fueran cayendo como si fuera lluvia, cuando le presentaron a Helena. Se enamoró de ella en cuanto la vio y pidió que la incluyeran en sus horas de juego. Sus padres sonrieron al comprender que su estratagema había dado resultado, de ahora en adelante, no sólo jugarían, también estudiarían juntos. 
            Y así pasaron varios años, durante los cuales Midas aprendió a leer y escribir en griego, y se dejó seducir por la religión y los misterios griegos. Le llamaba mucho la atención el culto de Cibeles, la diosa de la agricultura, y el ciclo de su historia, que se repetía cada año, coincidiendo con los ritos agrícolas. Pensó que, cuando él fuera rey, adoptaría el idioma griego y también a algunos de sus dioses.
            Cuando cumplieron la edad adecuada, los jóvenes Midas y Helena se unieron en matrimonio. Todo parecía felicidad, hasta que pocos meses después Gordio murió, posiblemente de una pulmonía, y su esposa tardó pocas semanas en seguirle. Midas nunca había pensado que tendría que vivir sin el amor y el consejo de sus padres y tuvo que hacer frente a su pena y al gobierno, que quedaba en sus manos.
            Por consejo de su esposa Helena, envió un regalo a Delfos, consistente en un trono de plata y oro. Con ello pretendían ganarse el favor del dios Apolo y, a la vez, dejar constancia de sus riquezas. Ello le servía para conseguir socios comerciales, como Asiria y Urartu y para llamar la atención de los griegos, que le dedicaron una leyenda en su mitología.
            Unos meses después nació la hija de Midas y Helena. Le impusieron el nombre de Zoe, para que diera vida de nuevo al palacio. Y así fue. Midas sólo quería estar con ella, dejando los asuntos de estado a Helena, que consiguió mejorar notablemente la administración y el comercio.
            Midas y Zoe jugaban contando monedas de oro y recogiendo rosas del jardín. Un día vieron a un joven, que se había quedado dormido en su jardín. Midas lo reconoció enseguida como Sileno, uno de los amigos favoritos del dios Dioniso, que se había quedado rezagado de su grupo y no sabía dónde ir. Lo invitó a quedarse unos días descansando en su palacio y Sileno aceptó. Después lo acompañó hasta que se reintegró a la comitiva del dios.
            Dioniso estaba tan agradecido que dijo a Midas que le pidiera lo que quisiera y, cuando Midas le pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, el dios le dijo que lo pensara otra vez, pero Midas contestó que sólo el oro le hacía feliz. Así que Dioniso le concedió el deseo.
            Al día siguiente, Midas empezó a tocar todos los objetos que iba viendo en su palacio y todo se convertía en oro. Estaba contentísimo, hasta que quiso desayunar y notó horrorizado que los granos de uva, el vino, el pan, se convertían en oro. También se convirtió en oro una rosa que tocó, así como su gatita y, lo peor de todo, su querida niña Zoe.
            Entendió entonces por qué Dioniso le había dicho que lo pensara dos veces. Decidió rezar al dios, que le dijo que le quitaría el hechizo, pero que no tendría ya más oro. Podría recuperar sus rosas, su gata y a su hija. Midas aceptó y se dispuso a cumplir las órdenes del dios: bañarse en las aguas del río Pactolo, que desde entonces llevaría arenas auríferas.
            Midas obedeció al dios y vio cómo su hija se acercaba corriendo a abrazarlo. Aprendió la lección y se dedicó desde entonces a ocuparse del gobierno de su región. Lo primero que hizo fue mandar traer agua del río Pactolo y rociar todas sus cosas, que enseguida se convirtieron en objetos bellísimos, pero no de oro. Ahora sabía lo que realmente valía la vida, no las riquezas.
            Empezó haciendo escuelas, donde todos sus súbditos pudieran aprender griego. Le parecía que sólo el idioma y las tradiciones griegas eran dignas de pasar a la posteridad. Lo mismo hizo con la religión y los ritos religiosos, donde incluía los ritos funerarios. Llegó incluso a decidir cuál debía ser el banquete fúnebre, según la nacionalidad y categoría social del difunto.
            En cuanto a política exterior, fue contemporáneo de Teglatfalasar III, Salmanasar V y Sargón II. Instigó rebeliones contra Asiria, apoyando a Hama, Karkemish, Tabal, Gurgum, Kummukhu y Meliddu, hasta que fue atacado finalmente por Sargón. Midas, temiendo el poder asirio, le envió una embajada, declarándolo vasallo. Sargón se echó a reír, por la petulancia de Midas, que además estaba sufriendo conflictos con los cimerios, que destruyeron la capital Gordio. Más le valía asegurarse su propio reino, le dijo en un mensaje posterior.
            Uno de sus inventos más conocidos fue el famoso gorro frigio, que todos sus súbditos llevaban como símbolo de libertad. Quizá quiso emular con ello las hazañas guerreras del mítico Eneas, que había luchado en ayuda del rey Príamo de Troya. Sólo su esposa Helena conocía sus más íntimos pensamientos y seguramente influyó también en este tema.
            Pero lo más importante de la cultura frigia fue la música, que todos los niños y niñas debían aprender desde su ingreso en las escuelas. Creó el “modo frigio”, que luego sería adoptado por el canto gregoriano.

Su implicación con la música se demuestra con una nueva fábula, que cuenta cómo Midas fue juez en un certamen musical. El problema del certamen era que uno de los dos contendientes era el mismísimo dios Apolo, dios de las artes, en especial de la música. Se le enfrentaba el sátiro Marsias, que pretendía tocar mejor que el dios. Le tocó ser el juez a Midas, que se decantó por Marsias. El dios no quiso aceptar el veredicto y se enfadó tanto, que hizo que a Midas le crecieran orejas de burro, por no saber oír ni escuchar.
Midas se había aliado con el reino de Armenia, para sus luchas contra Asiria. Viendo ambos que no podrían vencer, decidieron ponerse bajo la protección de Asiria. Pero esto le hizo convencerse de que ya no tenía objetivo alguno en la vida y viendo que sus orejas de burro seguían, a pesar de que se las tapaba con el gorro frigio, decidió suicidarse con veneno.
            Su tumba fue encontrada con su nombre en un montículo de Ceres, la diosa a la que había dedicado parte de sus estudios. En la tumba se encontraron ricos ropajes, mobiliario y vajilla, con restos de comida del ágape funerario, como carne, vino y verduras.
Midas fue un rey histórico, no de ficción. Pero la leyenda siempre entra en las vidas de personajes pintorescos y el hecho de su amor desmesurado por el oro, hizo que se tejieran los hilos de su aventura con Dioniso.

4.- Balkis

            Situado en la actual Etiopía, en el Yemen, el reino de Saba estaba de fiesta, porque se celebraba la coronación de su joven reina. Sólo tenía trece años, pero su sabiduría e inteligencia habían decidido a sus padres a cederle el gobierno de la región. Su padre Yacerá, era hijo de Al-Hareth, de estirpe árabe. La niña ya había nacido con las estrellas de su parte, porque una conjunción de astros, en la que habían participado el sol y la luna, había dado un brillo especial a la noche del nacimiento de la niña.

            De raza sulamita, la niña había recibido los nombres de Balkis Makeda Nicaula. Ella prefería llamarse simplemente Balkis. Iba creciendo y sus preguntas dejaban a todos perplejos, porque nadie era capaz de contestar satisfactoriamente a la agudeza de su mente.

            Su piel de ébano relucía a la luz del sol y de la luna y su sonrisa era capaz de eclipsar a las mismas estrellas. Solía mezclarse con las gentes de su pueblo en el mercado y siempre tenía una palabra amable para todos y unas monedas para todo el que le pidiera ayuda. Todos la adoraban. De modo que el día de su coronación, todo el pueblo estaba de fiesta. Se habían repartido viandas hasta en las cabañas más alejadas de la capital Aksum, y se habían prometido varios días de fiestas.

            Mientras caminaba, sonriendo a todos los que le salían al paso, iba pensando en su sueño: conocer al rey sabio, Salomón, del que tenía noticias hacía ya varios años. Había pensado en varias preguntas, que le haría, pero, sobre todo, en acertijos, para asegurarse de que Salomón era tan sabio como se decía. Pensaba que quizás él se aburriría con su charla, pero luego rechazaba tal pensamiento. Él también era joven y tenía fama de recibir a sus visitas con agrado y solemnidad.

            Empezó a preparar el viaje, uniéndose a una de las caravanas, por medio de las que su pueblo comerciaba con Egipto, África y Arabia. La ruta de las caravanas llegaba hasta el mar Rojo. Los egipcios llamaban al reino de Balkis tierra de Punt y de él conseguían oro, piedras preciosas, marfil y especias, sobre todo, incienso y mirra. A Balkis le resultaba curioso que estos reinos casi pobres apreciaran tanto los productos que ella consideraba corrientes. Aunque también se deba cuenta de que su reino carecía de productos fundamentales, como el trigo, el aceite o el vino, que tan abundantes eran en el reino de Salomón y que ella importaba.

            Decidió entonces llevar grandes cantidades de oro y piedras preciosas, hasta cuatro toneladas y media de cada, además de joyas y grandes colmillos de marfil. El viaje se inició. Se suponía que iba a ser largo, pero a Balkis no se le hizo pesado, porque esperaba su gran recompensa, conocer al rey de Israel. Por fin llegaron a las puertas del palacio. Cuando fue llevada ante el rey, una multitud de esposas reales la observaban con curiosidad. Su juventud, su belleza y la luz de sus ojos no permitieron que nadie se moviera. No se oía ni un susurro.

            La famosa reina de Saba empezó haciendo una pregunta, sin que Salomón hubiera pronunciado ni una palabra. Pero su majestad parecía darle autoridad para ser la primera en hablar.

-          ¿Cuál te parece la estrella que debe dominar los cielos?

-          El sol o las estrellas, contestó Salomón, porque la luna es un simple reflejo de cualquier estrella.

-          Estoy de acuerdo, dijo Balkis. ¿Y cuál te parece más importante, el sol o las estrellas?

Salomón esperaba la pregunta y contestó enseguida.

-          Depende de si estamos hablando del día o de la noche.

Balkis estaba asombrada por la respuesta del rey. Nadie había sabido contestar a una pregunta tan fácil para ella.

Siguió preguntando:

-          ¿Y tú crees que la luna tiene algún poder sobre los hombres?

-          No lo sé, confesó tranquilamente Salomón, pero sí he observado que tiene alguna influencia en las mujeres, en su ciclo mensual y en los embarazos.

Espléndido, pensó Balkis, que un hombre se preocupe de lo que le sucede a sus mujeres, teniendo tantas. Entonces notó una mirada fija en ella: era la mirada de Hiram de Tiro, que había ido a ayudar a Salomón en la construcción de un templo para el todopoderoso dios de los hebreos. Se dirigió a él entonces, pero fue Salomón el que habló de nuevo:

-          Hiram es arquitecto y sabio. Te mira porque son pocas las mujeres que se atreven a hablarnos de igual a igual y, si hay algo que admira mi amigo es la sabiduría y la valentía.

-          Lo mismo que yo, contestó Balkis.

Le parecía realmente extraordinario encontrar a dos hombres sabios juntos, y más siendo amigos. Pero era lógico que hubieran sabido conjuntar sus posibilidades, Hiram con sus maderas preciosas y sus conocimientos de arquitectura, y Salomón, con sus recursos agrícolas. Se decía además que Salomón tenía un anillo mágico, que hacía que sus deseos se cumplieran, aunque cada deseo le costaba un tiempo de su vida.

Pero todo aquello eran habladurías, así que decidió probar ahora con acertijos.

-          La pregunta es ahora para los dos, si alguno de vosotros quiere contestarme: ¿creéis que hay algún poder superior a nosotros, que dirija el mundo, por encima de nosotros?

-          Si te refieres a un dios, contestó Salomón, sí creo que hay un dios supremo, pero creo que quien dirige todo es la mente, y no conozco más que la mente humana. ¿Crees tú que hay una mente que dirige los fenómenos naturales y nuestros propios actos?

-          ¿Quieres decir una mente que ha creado todo y ha organizado todo?

-          Sí, dijo Salomón, admirado por la perspicacia de Balkis.

-          Puedes darle el nombre que quieras, dijo Balkis. Yo lo llamo Sol y tú Yahvé, pero es la misma fuerza.

Pasaron varios días e incluso noches hablando de temas transcendentales. Balkis pensaba en todo ello, cuando estaba sola, y llegó a la conclusión de que Salomón tenía razón, sólo había una mente superior, tuviera el nombre que tuviera.

Tras varios meses de estancia en la corte judía, Balkis decidió volver a su tierra. Pensaba convencer a sus súbditos de la utilidad de un dios único. Volvía además con un regalo para su patria: un hijo. Había compartido todo con ambos reyes, Salomón y Hiram, pero no pensaba decir de quién era su hijo. Esta vez el viaje se le hizo más incómodo, sobre todo, porque ya había comenzado el verano. Sólo quería llegar, presentar a su heredero ante sus súbditos y educarle ella en persona. Seguía sin fiarse demasiado de los hombres y menos de todas sus esposas. Soñaba con que algún día su hijo Menelik fuera rey de Saba y de Israel.

Cuando cumplió los veinte años, Menelik visitó a Salomón, y le mostró el anillo mágico, que él le había regalado a Balkis. Menelik no tenía intención de quedarse, pero ofreció su ayuda económica a su padre. El reino de Israel pasaba por malos momentos, entre otras cosas por la sucesión al trono, que se disputaban varios de los hijos de Salomón. También las creencias religiosas se tambaleaban, por lo que Salomón pidió a Menelik que se llevara el mayor tesoro de su reino, el Arca de la Alianza. Le parecía que era la única forma de protegerla y proteger su religión.


Menelik hizo florecer su reino con avanzadas técnicas de irrigación, con la presa de Marh y con jardines floridos. Quizá habría aprendido la técnica agrícola de sus amigos israelitas. Su religión siguió siendo monoteísta y en sus fronteras se admitía y ayudaba a todo el que admitiera la existencia de un solo dios. 



5.- Coleo de Samos   

          Corría el s. VII a.c. El Mediterráneo se llenaba de barcos y flotillas mercantes, que hacían sus rutas comerciales, manteniéndose siempre cerca de la costa, para evitar ser atacados por piratas o por los barcos de otras potencias comerciales, que incluso difundían historias de monstruos marinos en ciertas zonas del mar interior, para que otros no recorrieran esas zonas y poder monopolizar ciertos productos. El ingenio de los mercaderes, así como la pericia de sus marinos, era su mejor moneda de cambio.

El Icaria, con bandera de Samos, navegaba plácidamente junto a las costas de Libia, cuando el timonel vio una isla en el horizonte y le pareció vislumbrar a alguien que hacía señas desde la playa. Se lo comunicó a su capitán, Coleo de Samos, conocido por su experiencia en el mar, además de por su valentía y buen corazón. Coleo ordenó enseguida a sus remeros acercarse a la isla, a la que saltaron encantados de poder pisar por unas horas tierra firme.

            El hombre al que habían visto desde alta mar se acercó gritando de alegría y con las palmas extendidas hacia arriba, en señal de paz y buena voluntad. Coleo observó todo lo que se podía ver de la isla, y llegó a la conclusión de que el hombre estaba solo. Sus remeros, todos hombres libres, como solían ser los marineros griegos, se apresuraron a sacar un barril de vino y empezaron a buscar frutos y bayas, para su primera comida del día, porque ya rayaba el alba. Ya buscarían más tarde agua potable, si es que había en esa isla, o algún animal de caza, para hacer una buena comida.

            En respuesta al saludo del náufrago, Coleo de Samos se presentó, como mercader de origen griego, puesto que Samos era una isla situada en las costas de Asia Menor, cuyos habitantes habían sido colonos de origen griego. Samos se hallaba muy bien situada en la ruta comercial con Egipto, por lo que sus gentes eran bastante ricas y sus mercaderes intentaban continuamente nuevas rutas comerciales, casi siempre con bastante buena fortuna.

-          Yo soy Coribio de Itaros, contestó el hombre. Sólo puedo ofrecerte un poco de ave, asada al fuego, porque en esta isla no hay caza, o, por lo menos, yo no la he descubierto, a pesar de que llevo aquí casi dos semanas.

-          Te agradezco mucho tu ofrecimiento y compartiré encantado tu comida. Yo tengo vino, que acaban de descargar mis hombres. Podemos brindar por nuestro encuentro, porque es la primera vez que encuentro a alguien, que haya naufragado.

-          Realmente no soy un náufrago. Estoy aquí esperando la vuelta de mis compañeros, que deberían estar de regreso ya. Supongo que algo les ha ocurrido, porque sólo iban a la isla de Thera y me dijeron que volverían  enseguida.

-          ¿No es la isla de Thera la que se ha hundido por causa de una erupción volcánica y el consiguiente maremoto?

La expresión de Coribio demostró a Coleo que no sabía nada del suceso en Thera.

-          No es posible. Hace tan sólo trece días que salí de allí con cinco compañeros. Habíamos ido a consultar el oráculo de Delfos, y una tormenta nos arrastró hasta aquí. Como considerábamos que estábamos bastante cerca,  decidimos que yo me quedara y ellos llevarían noticias a Thera y volverían con otras familias.
-          Pues debes ser el único que no sabe lo sucedido. Todas las islas del Egeo han sido arrasadas y tragadas por el mar. Creo que deberías venir con nosotros, porque no creo que tus compañeros vuelvan.
-          Creo que mi deber es esperar aquí unas cuantas semanas más. Sólo te pido que me dejes, si te es posible algunas provisiones y agua potable, porque aún no he conseguido encontrar ninguna corriente de agua dulce.
-          ¿Y si tus compañeros no vuelven?
-          Entonces confiaré en Posidón, para que tú vuelvas a pasar por aquí, o cualquier otro barco en su ruta mercantil.
-          ¿Y si no son gentes amigables?
-          Sólo temo a los fenicios y a los persas, que además de estar en guerra entre ellos, arrasan todo lo que encuentran a su paso. Pero ya me he preparado un refugio lo suficientemente escondido para que no me encuentren.
-          Pero a nosotros nos hiciste señales, pidiendo ayuda, o eso interpretó mi timonel.
-          Supe enseguida que erais griegos, por la bandera de Samos. Por eso me confié. Pero reconozco que me precipité. Podía haber sido un engaño y ahora estaría muerto.
Coleo miró detenidamente a Coribio. Le parecía un hombre culto, y le había causado buena impresión su acento griego, quizá procedente de Creta. Creta también era una potencia comercial, aunque sus mercantes se dedicaban a raptar prisioneros, para su mercado de esclavos en Kition. Pero no entendía su excesiva confianza ante extraños. La experiencia de Coleo le decía que no podía fiarse de nadie y aquel hombre le resultaba demasiado confiado.
-          ¿Conoces las rutas comerciales, o alguna que no sea demasiado transitada en el mar interior?
-          Sí, porque Thera está, o estaba, cerca de las más importantes islas. Conozco una ruta, que te sería de gran utilidad y que creo que no está al alcance de cualquiera. Si no salgo de aquí, me gustaría dejársela como herencia a un griego, porque yo no tengo hijos. Por ello te haré un mapa y te daré las instrucciones para que puedas seguirla sin peligro. A cambio sólo te pido que me dejes suficientes provisiones para unos cuantos meses.
Coleo se dispuso a escuchar a Coribio. De todas formas pensaba dejarle provisiones para un año, por lo menos, y luego le enseñaría cómo pescar, aunque no tuviera utensilios ni barca de pesca. El Icaria podía recalar en playas desiertas y reponer sus provisiones con más facilidad de lo que muchos pensaban. Pero antes quería saber por qué Coribio y sus compañeros habían ido a preguntar al oráculo de Delfos.
            Coribio empezó su relato en el momento en que los habitantes de Thera descubrieron que las tormentas no cesaban y que, a veces, eran tormentas de fuego y granizo, lo cual estaba destrozando las cosechas, que, por otra parte, no eran demasiado abundantes, debido al terreno volcánico de la isla.
Fue entonces cuando decidieron consultar a Delfos. Y Delfos había contestado que las desgracias acabarían cuando fundaran una colonia en las costas de Libia, en honor de Atenea. Coribio guió a cinco ciudadanos hasta la costa libia, donde fundaron la ciudad de Cirene, como una nueva Thera. Llegaron a la isla donde él está ahora y levantaron un altar a Atenea y los cinco ciudadanos volvieron a Thera para traer colonos. Pero no habían vuelto y Coribio piensa seguir esperando.
Entonces empieza a hablar de Tartessos. Coribio conoce Tartessos porque él era piloto del príncipe Sicarhrbas de Tiro y ha visitado la región en varias ocasiones. Le hace un mapa sobre la arena, que Coleo se apresura a copiar en papiro, que tiene en su barco. Le cuenta que pocos se atreven a traspasar las columnas de Hércules, para llegar al mar exterior.
Ante el asombro de Coleo, Coribio le asegura que hay un mar exterior y que hay una civilización muy adelantada. Nadie lo conoce ni lo cree, porque los fenicios se han encargado de difundir historias de monstruos, para que nadie les quite el comercio con Tartessos y el mar de los atlantes.
            Además del mapa, le da consejos, como navegar de noche, para no encontrarse con fenicios y guiándose por las estrellas, sobre todo la Osa Menor, llamada Phoenikón por los propios fenicios. Si sigue las instrucciones, tardará 50 días en llegar a las columnas de Hércules, a una velocidad de 500 estadios diarios. También le habla de las corrientes del Estrecho y cómo evitarlas. Al llegar al paso, debe esperar el viento de Levante y no navegar por el centro, hasta llegar a Gadir.
            Reconocerá Gadir por los siete faros y los siete altares a Hércules, situados en Calpe, Melaria, Baelo, Baessipo, Mergablum, el templo de Melqart y el santuario de Baal Hammón. Frente a las islas gaditanas, verá el lago ligur y Tartessos.

Debe evitar el triángulo de bases tirias de Cartago y Gadir. Le dice que los tartesios son hospitalarios, buenos marinos, ricos en metales, caballos, olivo y vid. Es como el Jardín de las Hespérides de la mitología griega. Por fin le aconseja que no revele a nadie el secreto, porque enseguida le tomarían la delantera y tratarían de matarlo.

            Antes de partir, Coleo le habla de las tensiones entre persas y fenicios y le promete volver y mantenerlo informado o convencerlo para que se vaya con ellos. Después de reunir a sus hombres, Coleo se va feliz en el Icaria, dispuesto a dirigirse a occidente. Según las instrucciones de Coribio, debe pasar por Pithyussa, Melossa, Kromiossa, Ophiussa, Formentera, Calpe, Gibraltar, Avyla y Ceuta, hasta llegar al  río Tertis (el Guadalquivir). No deja de asombrarse de los conocimientos de Coribio.
Coleos habla varias lenguas, por lo que no le será difícil entenderse con los habitantes de la región de Tartessos. Es un hombre franco, pero su único interés es el negocio. Además de comerciante es armador y pretende negociar una ruta entre Samos y Tartessos. Además, quiere averiguar la ruta de las islas Afortunadas, Circe, Calipso y Syrie, otro de los secretos tartesios, adonde el rey Argantonio está enviando colonos.
Con todos estos proyectos en la mente, Coleo pone rumbo a Tartessos. Llega a su destino sin dificultad, gracias a los consejos y al mapa de Coribio. Y, efectivamente, es recibido con amistad y hospitalidad por Argantonio, el rey actual de Tartessos. El mercado es floreciente y fácil para un mercader avezado como Coleo.
Pasa varios meses en Tartessos y ya se considera amigo personal del rey. Una noche, después de cenar, Argantonio le cuenta que se siente amenazado por las potencias fenicias. Además, ha sido secuestrada la sibila de la luna, Anna y Colaios piensa que su rapto tiene que ver con un complot para desestabilizar el comercio de Tartessos. Suponen que ha sido llevada a Kitión, en Chipre, al mercado de esclavos, porque sabe algo sobre el complot de Turpa y puede adivinarlo, con sus dotes adivinatorias. Coleo se ofrece a ayudar, en la medida de sus posibilidades. Su bandera de Samos le ayudará en la misión. Además, Coleo negociará una alianza comercial entre Turpa y Samos.

De acuerdo con uno de los consejeros del rey, Coleo se dirige a Kitión, donde están celebrando el festival del maíz. Allí se reúnen mercaderes de Grecia, Asiria, Egipto, Palmira, Frigias y Mesopotamia. Es el mejor lugar para vender a buen precio a una sibila.
            El rey Argantonio no está muy seguro de que se pueda sellar una alianza entre Turpa y Samos, pero Coleo le dice que él se encargará y que además averiguará las intenciones persas. El rey piensa que quizá sólo quiera ir a buscar a la sibila, para su propio interés, no el interés de Tartessos. Es un hombre confiado, pero teme por su reino.
            El Icaria zarpa del puerto de Turpa, tras sacrificar un toro negro y otro blanco a Posidón. No podía creer lo que había ganado, más de sesenta talentos de plata (unos 150 kg.) Coleo decide presentar un magnífico exvoto a la diosa Hera, patrona de Samos, como agradecimiento a su empresa, pero, además, piensa repetir la experiencia, porque las tierras tartesias le habían parecido ricas y sus habitantes bastante hospitalarios. Al ser el primer griego en viajar a la península Ibérica, entró a formar parte de las leyendas griegas e ibéricas.
Llevan su ofrenda a Hera, un vaso de plata repujada por el orfebre Rates, el mejor de la región de Tartessos. Al pasar ante Gadir, una flotilla de doce naves sigue al Icaria, como si fuera una flota comercial. Recalan en Sicilia, en la ciudad de Mesina, y hacen un sacrificio a Venus Ericina. Una flota fenicia empieza a seguirlos y Coleo decide dirigirse a Creta. Allí va a la cueva sagrada de Psycro, donde se adora a la madre tierra y donde la pitia dice el porvenir a los navegantes. Todos se fían de ella, porque tiene una amplia red de espías por todo el mar interior. La sibila le dice que todas las sibilas están amenazadas por las potencias comerciales, sobre todo por los fenicios. Nadie sabe nada de la sibila de la luna de Tartessos.
            Vuelve a Samos y decide ir a Mileto, al oráculo de Dídime. Allí le dan un elixir, que le hace soñar, inducido por la diosa infernal. El oráculo le dice que la voz de la luz es ahora la voz de las tinieblas en el reino del Ocaso. Piensa que la sibila está muerta. Entre los peregrinos, hay uno que dice que ha visto a un traficante de esclavos con una dama de alta alcurnia, procedente de Turpa. Hay alguna esperanza, aunque el mismo hombre les dice que la dama enviaba mensajes a Cartago.
            Coleo piensa que la sibila de la luna se ha vendido a los fenicios y decide volver a Tartessos, para darle estas noticias a Argantonio. En su ruta, vuelve a pasar por la isla de Coribio, que sigue esperando a sus compañeros. Ya no hay esperanza de que puedan volver y Coleo le convence para que embarque con él. Coribio, al fin, decide embarcarse hacia Samos, con la promesa de Coleo de que volverá a realizar un viaje más a Tartessos.

6.- Habis de Tartessos
 
            El reino de Tartessos comprendía casi todo el sur y parte del levante de la península ibérica. Desde el s. XII a.c. fue visitada por cretenses, griegos, etruscos y fenicios, por sus tesoros de metales preciosos, su progreso técnico y cultural, su próspera agricultura y su osada navegación, que llegó a extenderse por el mar exterior, sin temor a las leyendas de seres monstruosos que poblaban el mar de los Atlantes.
 
            Fue llamado el reino del Ocaso, por ser las tierras más occidentales que se conocían y se dividía en siete nobles castas. Uno de sus últimos reyes fue Gárgoris, tristemente célebre por su comportamiento con sus súbditos. Le siguieron dos reyes tan buenos, que sus hechos han llegado a la historia, mezclados con la leyenda. Fueron Habis y Argantonio. Alrededor del s. VI a.c. se perdió la potencia comercial de la región y el floreciente reino de Tartessos llegó a desaparecer.
El rey Gárgoris era temido y odiado por sus súbditos, los cunetes, uno de los pueblos de Tartessos. Lo mismo pasaba con su familia. El único mérito que le concedían era haber inventado la apicultura en la región. Sólo sus guerreros personales tenían privilegios, y hacían lo que querían con los otros habitantes de la ciudad, sobre todo con las mujeres, a quienes trataban de forma vejatoria. Su propia hija le tenía tanto miedo que no se atrevía a protestar, cuando su padre la obligaba a acostarse con él.
Un día Gárgoris llamó a su hija, a quien la leyenda llamó Sibis.
-          He pensado que seguirás siendo mi concubina, pero no permitiré que te quedes embarazada, porque eso sería una ofensa para mi honor.
-          Esto es lo que siempre te digo, que tu honor ya está en entredicho, se atrevió a decir Sibis. Pero tu orden llega tarde, porque estoy embarazada.
-          Entonces tendrás que vivir encerrada hasta que des a luz y luego te desharás del bebé, o yo haré que lo maten. No permitiré que nadie se entere. Y estás avisada, si no cumples miss órdenes, morirás.
Sibis tuvo a su bebé, al que llamó Habis. Su padre, no contento con quitarle al niño, mandó abandonarlo en un cerro cercano a un cubil de fieras. Pero las fieras lo adoptaron como propio y lo amamantaron y protegieron de otras fieras más peligrosas. Gargoris, al saber que su nieto no había muerto y que crecía fuerte y feliz, después de un año, ordenó que fuera puesto en el camino de una estampida de vacas, pero tampoco resultó, porque las vacas variaron su camino, como si alguien las dirigiera y no dañaron al niño, que se divertía al verlas pasar. 
Nuevamente se puso a prueba al destino, que no quería perjudicar al niño. Habis se hizo amigo de una jauría de perros salvajes y de cerdos hambrientos, en cuyo camino fue colocado. Viendo que el niño seguía vivo, Gárgoris ordenó arrojarlo al mar. Un delfín apareció en las playas del río Guadalquivir, trayendo al niño de vuelta. Nunca se había visto un delfín a las orillas del río y las gentes empezaron a pensar que el niño era de origen divino, y más cuando vieron que una cierva lo adoptaba como propio.
La princesa Sibis no pudo soportar por más tiempo los sobresaltos que se llevaba, cada vez que se enteraba de los atentados contra la vida de su hijo y murió de pena, aunque sospechaba que su bebé sobreviviría a todos los peligros a los que le arriesgaba su abuelo. Además había oído decir que el niño se llamaba Habis. Quizá alguna de sus siervas había revelado el nombre, que ella le había impuesto al niño al nacer.
Todo el mundo empezó a quererlo, a pesar de que se convirtió en un hábil bandolero, para poder comer y llevar una vida al margen de los animales. Formó un grupo de jóvenes, abandonados como él, que robaban en los campos y lugares cercanos a las ciudades.
Los campesinos, hartos de perder algunos de sus animales y parte de sus cosechas, lo apresaron como responsable del grupo y lo llevaron ante el rey. Se celebraba el juicio, cuando Gárgoris interrogó al preso:
-          No sé quién eres, pero tu rostro me resulta conocido. Identifícate.
-          Me llamo Habis. Sólo sé que tengo un lunar en el hombro, con forma de corona. No conocí a mi madre, y mucho menos a mi padre.
-          Ese lunar has podido hacértelo tú mismo. Es la señal de la familia real. ¿Pretendes retarme?
-          No tengo ningún interés en pertenecer a la familia real, porque me parece que todos sois malvados. No os ocupáis de vuestros súbditos y el pueblo pasa hambre. Por eso tenemos que robar, para poder sobrevivir.
-          ¿Cómo te atreves a hablarme así, siendo tú un malhechor?
-          Porque tú ya me has sentenciado. Si voy a morir, prefiero hacerlo diciendo lo que pienso.
El rey, al ver su determinación, reconoció las palabras de su propia hija, que él sabía que era la madre del joven, por su parecido con ella. Admirado por los peligros que había sufrido y de los que había salido ileso, consideró que era digno de ser su heredero. Reunió a sus consejeros y nombró a Habis heredero del trono. Pocos días después, Gárgoris sufrió un infarto y murió.
Desde ese momento, Habis, como nuevo rey, decidió que el pueblo llano no pasaría los apuros que había pasado él y dio un fuerte impulso a la agricultura, inventando el arado. Reformó también los sistemas de riego de los campos y la distribución de agua. Su mayor interés era que todos tuvieran lo suficiente para vivir, sin tener que mendigar o robar.
En cuanto a los ciudadanos, estructuró la sociedad, dividiéndola en siete clases, por orden de capacidades intelectuales y manuales. Sus leyes fueron consideradas las más justas de todo el mundo conocido, porque reconocía los derechos de todo hombre y mujer a ser tratados por igual ante la élite. Organizó las labores serviles, de modo que fueran llevadas a cabo por la clase inferior, aunque se podía pasar de una clase a otra con esfuerzo e inteligencia.
            Estando en su pleno poder, el rey de Tartessos era considerado el símbolo de la felicidad, la fortuna y el buen gobierno. Habis reunió al consejo real, formado por los diez jefes de tribus y convocado en Asta por el mensajero vestido de azul y tocando la tuba. El sacerdote de Posidón espolvoreó las cenizas del toro sagrado, sacrificado en las fiestas. Acto seguido, el mayordomo real dio el turno de palabra a los oradores. El primero en hablar fue Habis.
 
-          Vamos a votar las alianzas para el comercio. ¿Qué pensáis que debemos hacer?
-          Mi opinión es que demos preferencia a los griegos frente a los fenicios, porque, si Tiro cae en poder de los persas, Gadir sufrirá las consecuencias, dijo Arbal, el jefe de la flota tartessia.
-          Me parece buena idea, pero el comercio de la púrpura es el que más beneficios nos reporta, contestó Casis, el jefe del gremio de los comerciantes. Si damos preferencia a los griegos, Gadir se opondrá, y no nos conviene enemistarnos con Gadir, que enseguida buscará apoyo en las otras ciudades.
-          Ambas opiniones me parecen prudentes, dijo Habis, debemos votar. Traed las urnas.
 
Las votaciones se hacían mediante piedras rojas y blancas, que los votantes echaban en una urna de marfil: si la piedra era blanca, significaba que se aceptaba la propuesta; si era roja, se rechazaba. Así conseguían una especie de democracia, aunque sólo votaban los ciudadanos de las cuatro primeras clases, representados en los diez componentes del consejo. Una vez realizada la votación, salió la propuesta de Arbal.
 
-          Espero que no nos equivoquemos, dijo Casis, aunque acepto la          decisión de la mayoría. Los griegos sólo quieren nuestros metales y ellos ofrecen productos que tenemos aquí de igual o mejor calidad, como el aceite y el vino.
-          Es cierto, dijo Habis, aunque hay algo que sólo los griegos nos pueden dar, su experiencia para comerciar con sus colonias en Asia Menor y en las islas del Egeo. Además su carácter aventurero puede más en ellos que el afán de riqueza de los fenicios. Pasemos al siguiente tema.
 
Los reyes anteriores encargaban llevar la semilla tartesia a otros lugares para evitar que su civilización desapareciera, acosada por la codicia extranjera. Uno de los primeros reyes llamado Nórax había tratado con los griegos y colonizó Sardinia, donde fundó Nora. Desde allí pudo comerciar con Micenas y con el resto del Egeo. Los focenses comerciaban con el ámbar y el estaño de los bretones de Massilia y llegaron a fundar Mainake, en la actual Torre del Mar, en Málaga.
 
-          Ahora debemos tratar sobre una alianza con el sufete de Gadir, Zakarbaal.
-          Explícanos algo sobre sus últimas alianzas y sobre sus intereses más acuciantes, pidió Habis a su jefe de diplomacia, Dríos.
-          Han tenido noticias de nuestras dos minas de Cástulo y Bakenor, contestó Dríos, y creo que pretenden pedirnos una concesión para explotarlas, pagando un buen precio por ello.
-          Esas minas nos reportan mil talentos de plata al año. Si les alquilamos la explotación de una de ellas, tendrán que pagar, al menos, los intereses de la mitad de su producto, explicó Esus, el jefe de economía. Nosotros, en cambio, podemos emplear a nuestros trabajadores en los yacimientos de Massilia. Eso podría duplicar nuestras ganancias anuales.
-          Pues pasemos a la votación, dijo Habis. Mañana quiero que estudiemos unas reformas administrativas que he preparado.
 
La votación fue nuevamente favorable a firmar un tratado con Gadir. Para sellar las decisiones tomadas, sacaron la tésera de la alianza, firmada por los antepasados de todos los clanes de la Turdetania. La tésera era una lámina de bronce, donde se anotaban todos los tratados desde la fundación de la nación tartessia. Tenía forma de puzzle, y sus piezas encajaban para formar una piel de toro. Una vez escritos los acuerdos, se derramaba sobre ella la sangre del toro ceremonial, sacrificado a Posidón. Por último firmaban todos los presentes.
 
Habis reformó todo tipo de comportamientos sociales y administrativos. Fue un rey querido y admirado y su longevidad fue proverbial, puesto que se creía que era debido a su origen divino. Él se reía de su supuesto origen divino y explicaba siempre que su buena salud se debía a su dieta, sólo de productos mediterráneos.
 
Siendo ya muy anciano, dejó como heredero a Argantonio, que se creía que era su hijo. Habis ya intuía las conspiraciones que sufriría su reino y que heredaría Argantonio. Y consideraba que era un joven con suficiente capacidad para enfrentarse a cualquier tipo de problema.
 
Aunque el reino de Tartessos fue el más grande, culto y desarrollado  del occidente mediterráneo, acabó desapareciendo al morir Argantonio y su cultura fue ignorada por los siguientes pobladores de la zona. Hay indicios de una cultura heredera de la tartessia, más allá de las columnas de Hércules, en los dominios de los Atlantes.
 
Ésa será otra historia.
 

7.- Creso

            Al anciano Creso ya sólo le quedaban los recuerdos. Vivía en la corte persa de Ciro II el Grande, en Sardes, la que había sido su capital; no le faltaba de nada, pero añoraba su libertad y su anterior felicidad.

Tenía que reconocer que se había equivocado con algunas personas, sobre todo con su hijo mayor, Bastis, al que había despreciado por su minusvalía. Bastis tenía una malformación en el pie izquierdo, por lo que cojeaba ostensiblemente. Además era sordomudo, lo que hizo pensar a Creso que no era inteligente.

            Ahora quien vivía con él era su nieto, hijo de Bastis, un niño encantador, que seguía a su abuelo a todas partes, y al que todas las noches contaba una historia. Iba desgranando ante su nieto la historia de su propia vida, a la vez que le aconsejaba, para que no se equivocara como él. El pequeño Bel le escuchaba embelesado y hacía tantas preguntas, que Creso tenía que decir que ya era hora de dormir y prometer que seguiría al día siguiente.

      -          Abuelo, cuéntame otra vez cómo te hiciste rey.

-          Pues verás, yo ya era un hombre casado y ya tenía dos hijos, que daban mucha más guerra que tú. Tu padre era más tranquilo, pero tu tío Atis no paraba de revolver todo lo que encontraba en su camino. Tu abuela era una mujer bellísima, se llamaba Deyanira y sólo con verla, yo me sentía el hombre más feliz del mundo

-          Ya he visto retratos de mi abuela. Dicen que me parezco a ella.

-          Es verdad, te pareces mucho a ella.

-          ¿Por eso me quieres tanto? ¿Te parece que la estás viendo a ella, cuando me miras?

Creso dejó resbalar una lágrima, porque era cierto lo que decía el niño y, además, era tan inteligente como ella y como su padre Bastis. ¿Por qué no había sabido ver la inteligencia de su hijo mayor? Tendría que compensarlo amando a su nieto.

-          Cuéntame cómo fue tu coronación, y por qué tuviste que esperar a que muriera tu padre, insistió Bel.

-          Era el año 560 yo tenía 35 años y ya ayudaba a mi padre Aliates en el gobierno. Así había sido siempre en la dinastía Mermnada. Tenía la suerte de que mi esposa Deyanira se ocupara de que nuestra casa fuera cómoda y artísticamente decorada, de forma que, cuando yo volvía, después de un día de duro entrenamiento en el campamento, me sentía tan a gusto que me costaba volver a marcharme al amanecer.

-          ¿Te gustaba la guerra?

-          Claro. Lo que no me gustaba era el trabajo administrativo, pero era obligatorio, si quería seguir perteneciendo al consejo real.

-          ¿Hubo muchas ceremonias para coronarte como rey?, insistía el niño.

-          Primero tuvimos que celebrar las ceremonias de los funerales de Aliates. Era largo y pesado, pero era necesario. Yo tenía que ir vestido con el manto real. Cuando estaba ya enterrado, se celebró un desfile de todas las tropas, que me juraron su lealtad.

-          Eso me parece muy interesante. ¿Iban contigo tu esposa y tus hijos?

-          No. Sólo iba mi lugarteniente, llevando mi espada y mi escudo. Fue emocionante. Cuando todo terminó, tu abuela estaba esperándome en casa con un refresco de menta, que era lo que más me gustaba beber.

-          ¿Y qué dijeron mi padre y mi tío?

-          Nada, porque ya estaban durmiendo. Como tú debes irte ya a dormir. Ya es muy tarde.

-          Prométeme que mañana seguirás.

-          Te lo prometo.

La misma escena se repetía todas las noches, cuando el pequeño Bel, a pesar de estar casi vencido por el sueño, quería saber más de su abuelo y de cómo había sido el reino de Lidia, cuando aún no estaba dominado por los persas.

-          Hoy quiero que me cuentes algo de mi tío Atis. No llegué a conocerlo, pero mi padre hablaba de él con mucho cariño, dijo Bel la noche siguiente.

-          El recuerdo de Atis es muy doloroso para mí. ¿Qué quieres saber?

-          Cómo murió. Mi padre no quiere recordarlo. ¿Sabes que hablo con mi padre por señas? Me enseñó mi madre desde muy pequeño y me alegro, porque mi padre me ha enseñado cosas muy interesantes, como el amor a los demás y a los animales y a las plantas. Él dice que son seres vivos, como nosotros.

-          Tu padre tiene razón. Es un buen hombre. Sólo siento no poder estar con él, pero ha sido muy generoso, al dejar que vivas conmigo y alegres mi vejez.

-          Cuéntame cómo murió mi tío.

-          Pues verás. Una vez tuve un sueño, en el que veía que mi hijo Atis moría, clavado en una lanza. Entonces prohibí que se acercara a cualquier instrumento afilado, para evitar que se cumpliera el sueño. Pero todo fue en vano, porque al final murió al clavársele la lanza de un amigo, en una cacería.

-          Qué triste. Mi padre me dijo que había llorado por su hermano durante muchos días. No podía dejar de pensar en ello y no encontraba consuelo.

Creso recordó los sucesos de aquellos días. Un día se había presentado en Sardes el extranjero Adrasto, de familia real, desterrado por haber matado a su hermano sin querer. Creso, como ordenaba la tradición, lo aceptó en la corte y lo purificó de sus crímenes, cosa que sólo podían hacer los reyes.

Mientras esto sucedía, apareció en la región un jabalí que arrasaba todo a su paso. Se organizó una cacería y Atis pidió a su padre que le dejara formar parte de la cacería. Creso no consideró que los colmillos de un jabalí pudieran matar a su hijo, porque el sueño hablaba de una punta de hierro. Así y todo, Creso dejó que también fuera Adrasto, con la intención de que vigilara, para que no le pasara nada a Atis.

En medio de la cacería, Adrasto lanzó su jabalina, que fue dirigida por el viento hacia Atis, que murió, como había predicho el sueño. Al presentar el cadáver de Atis, Adrasto pidió a Creso que lo matara, como compensación por haber matado a su hijo. Pero Creso se negó, porque no lo consideró responsable de lo sucedido. Pese a todo, Adrasto se suicidó, porque se consideraba el más desgraciado de los hombres.

             La noche siguiente, el pequeño Bel quiso saber lo importante que era el reino de Lidia y Creso le contó cómo había conquistado Panfilia, Misia y Frigia. Sometió también a las ciudades griegas de Anatolia, llegando hasta el río Halis. Sólo dejó libre Mileto y además había decidido no atacar a los isleños, por consejo de uno de los siete sabios de Grecia, quizá Biante.

            Hizo grandes donaciones a las ciudades griegas, para sus templos y para aumentar su prosperidad. Su esposa era jonia e influyó mucho para que su esposo, considerado el hombre más rico del mundo, repartiera una parte de sus riquezas con los demás, sobre todo con los pueblos de origen griego. En su corte de Sardes se reunían sabios de todas las metrópolis helenas. Uno de ellos fue Solón, que, tras promulgar sus leyes, decidió tomarse unas vacaciones de diez años, por todo el mundo conocido.

  


      -          Cuéntame otra vez tu entrevista con Solón, abuelito. Me gusta mucho, dijo Bel, a pesar de que se sabía la historia de memoria.

-          Está bien. Yo estaba entonces obsesionado con la felicidad. Entonces le pregunté a Solón si sabía quién era el hombre más feliz del mundo, pero no quiso contestarme.

-          ¿Por qué?

-          Porque decía que sólo se puede decir si ha sido feliz o no de una persona que ya haya muerto.

-          ¿Por qué? Volvió a preguntar Bel, que no entendía el razonamiento.

-          Porque hasta el final de la vida no se puede saber si una persona ha sido totalmente feliz.
 
Creso estaba cada vez más convencido de la razón de Solón, sobre todo, cuando pensaba en su propia vida. Había sido el rey más feliz y más rico del mundo conocido y ahora era un prisionero del imperio persa, bien tratado y con todos los lujos, pero no dejaba de ser un prisionero. Por lo menos había conseguido librarse de la muerte que le tenía reservada Ciro, que ahora lo tenía como consejero.

-          Cuéntame cómo te libraste de la muerte en la pira, quiso saber el niño.

-          Yo me encontraba en una ciudad sitiada y había pedido ayuda a los espartanos. Pero entonces un persa se dio cuenta de cómo acceder a la ciudad, que yo creía inexpugnable. Antes de que los espartanos pudieran llegar a prestar su ayuda, se dio la batalla de Capadocia, donde los persas me apresaron. Era el año 546.

-          ¿Y se acabó tu reinado?

-          Sí. Lidia ya era dominio persa.

-          ¿Y qué pasó entonces?, dijo el niño, aunque ya sabía lo que había pasado, porque su abuelo ya se lo había contado otras veces.
 
Creso recordó cómo había sido conducido a la pira, castigo reservado para los más notables enemigos. En vez de pedir clemencia, empezó a hablar de su encuentro con Solón, que le había dicho que la suerte de cada uno era inestable. Y la prueba era él mismo, que, siendo el rey más feliz y rico del mundo, se veía ahora en esa situación extrema. 

Ciro sintió curiosidad y lo sacó de la pira, pidiéndole que le hablara de Solón. Ciro pensó que él ahora tenía suerte, pero le podía pasar lo mismo que a Creso. Decidió tenerlo en su corte y lo contrató como consejero de su hijo Cambises. Se quedó con Cambises, que ya había sido nombrado heredero del trono persa. 

-          ¿Y cómo llegaste a estar sitiado?

-          Eso es más largo de contar. Ahora es hora de dormir. Mañana seguiré contándote por qué cambió mi suerte.

Todo sucedió tras el duelo por la muerte de Atis. Creso veía como una amenaza el creciente poder del persa Ciro II el Grande, que había destronado a Astiages, rey casado con Arienis, hija de Aliates, y hermanastra de Creso. Aunque había dicho que no creería en ningún oráculo, decidió probar en varios y envió mensajeros a todos los santuarios conocidos, para que le dijeran qué hacía Ciro en cada momento y cómo debía actuar él.

Decidió hacer caso sólo a Delfos y a Anfiarao, a cuyos santuarios envió ofrendas. Como se enteró de que el adivino Anfiarao había muerto, pensó que su única opción era Delfos. Delfos le respondió que, si conducía su ejército hacia el Este y cruzaba el río Halis, destruiría un gran imperio. Alentado por el oráculo, Creso organizó una alianza con Nabónido de Babilonia, con Amosis II de Egipto y con la ciudad griega de Esparta.
     Las fuerzas persas derrotaron a la coalición en Capadocia, en la batalla del río Halis, en el 547 a.c. Así se cumplió el vaticinio de Delfos, aunque el imperio destruido no fue el persa, sino el suyo propio. Pensó que nunca más iba a creer en un oráculo. Así y todo, realizó otra consulta sobre cuánto duraría su monarquía. La pitia contestó que sólo la perdería, cuando un mulo reinara sobre los medos. Creso no entendió que Ciro podía ser considerado mulo, por ser hijo de una pareja de diferente condición, un medo y una persa.


Antes de partir hacia una batalla que creía ganada, Creso desoyó la recomendación del sabio Sandamis, que le dijo que organizar un enfrentamiento contra los persas, hombres carentes de riquezas, ponía en riesgo a los lidios, que, frente a un desenlace positivo, no ganarían nada, mientras que, si había un resultado negativo, podían perder mucho.

Tras cruzar el Halis, las tropas de Creso se establecieron en Pteria, comarca de Capadocia, y esclavizaron a sus habitantes. Ciro se dirigía a su encuentro, sumando tropas de los lugares por donde avanzaba. Al ver que su ejército era menor, Creso volvió a Sardes, para pedir ayuda a sus aliados. Los citó para cuatro meses más tarde y despidió a sus mercenarios.

Ciro iba adivinando las intenciones de Creso y avanzó rápidamente hacia la capital. Se enfrentaron en la batalla de Timbrea y los persas vencieron ampliamente, mientras los lidios corrían a refugiarse tras las murallas de su ciudad. Creso creía que Sardes era inexpugnable y se preparó para un largo asedio, tras enviar mensajes a sus aliados. 

-          ¿Y por qué pensabas que tu ciudad era inexpugnable, abuelo?

-          Porque la leyenda lidia decía que el rey Meles había hecho pasear por la muralla a un león, consagrado a Sandón. Pero el león no había pasado por la parte de la muralla más escarpada, que era de difícil acceso.

-          Y así consiguió entrar en la ciudad, ¿verdad?

-          Sí, aunque hubo alguien que se lo dijo. No sé quién, pero estoy seguro de que fue uno de los míos.

-          Si yo hubiera estado allí, nadie te habría traicionado, dijo el niño emocionado.

-          Claro, dijo el abuelo. Si tú hubieras estado allí, nadie se habría atrevido a luchar contra mí.

-          ¿Y qué pasó con Ciro?

-          Pues que se enfrentó a la reina de los amsagetas, Tomiris, y no volvió de la batalla. Pero ya había nombrado a su sucesor Cambises y el imperio persa siguió con sus conquistas. 

Creso recordaba cómo había impulsado la libertad de las mujeres lidias, que podían dedicarse incluso a la prostitución, para conseguir su dote de matrimonio y casarse con quien quisieran. También las mujeres espartanas gozaban de una cierta libertad, en oposición a las persas y medas, que debían permanecer en el harén.

      Ahora la moneda era el dárico de oro. Creso echaba de menos el libre comercio de Lidia y cómo él había emitido monedas de oro puro, que se apreciaban en cualquier mercado.

 
Se basaban en una aleación de electro, oro y plata con algunas trazas de cobre y quizá algún otro metal. Se decía que la composición de estas monedas era similar a los depósitos de sedimentos del río de la capital Sardes. Esos eran otros tiempos, que ya no volverían para los lidios. Los persas tenían la intención de ampliar su imperio, a costa de los egipcios y de los griegos.

         -          Yo haré que nuestro imperio vuelva a ser libre, dijo Bel para consolar la tristeza de su abuelo.

-          Estoy seguro de ello, dijo Creso. Pero para ello tienes que estudiar, entrenarte en el campamento y obedecer a tus profesores. Y. sobre todo, intentar ser feliz.

-          Voy a hacerlo, abuelo. Y haré que también tú vuelvas a ser feliz.