martes, 21 de febrero de 2017

Eder

INTRDUCCIÓN   a “El Mediterráneo”


      He llamado a esta tercera parte de la trilogía de Atlantis “El Mediterráneo”, porque fue donde quedaron impresas las huellas de la gran civilización de Atlantis. El Mediterráneo fue el centro de poder y cultura, que se extendería por todo el mundo conocido.

      Ya en época histórica, hubo importantes colonizaciones, que se convertirían en la base de las diferentes culturas que se asentaron en toda la costa occidental y oriental del Mediterráneo y que dieron origen a las culturas posteriores.

Quiero dedicar unas fábulas sobre esas grandes colonizaciones a mis seis nietos, desde el mayor, Eder, para quien empecé a escribir, hasta la más pequeña, Aitana, con la única intención de que vayan aprendiendo cuáles fueron los orígenes de la cultura mediterránea y de nuestra propia cultura.
Eder, con su afán de saber hasta los más mínimos detalles de todo lo que yo pueda contarle, con su insaciable interés y con su férrea voluntad, me ha animado a seguir desgranando los hechos, eso sí, mezclando la realidad con la fábula, de modo que sea agradable para ellos leer estas pinceladas de la vida de personajes, que pudieron ser reales y a los que la  imaginación  de las gentes concedieron un viso de historia y de divinización, que permanecen hasta la actualidad.
Y la chiquitina Aitana, que ahora vive en Suecia, aunque temporalmente, y que ahora está dando sus primeros pasos, espero que con el tiempo llegue a apreciar el cariño de su abuela y el interés por la pervivencia de la cultura, que, actualmente, parece haber caído en “desuso”, porque las ciencias tecnológicas van ocupando todas las ramas del saber.
En medio de Eder y Aitana, quedan mis otros cuatro nietos, Ricardo, Julen, Paula y Mariana, a los que dedico mi recuerdo más cálido y recomiendo encarecidamente que no abandonen el saber histórico y lingüístico, en aras del saber informático. Ambos saberes son complementarios e ineludibles. Ésa es mi forma de pensar. Espero que lo entendáis. Y que algún día recordéis a vuestra Giagia, sobre todo por el amor que os ha tenido desde que vinisteis al mundo.
Vosotros sois para mí la continuación de la cultura, que yo aprendí a apreciar con las enseñanzas de mi padre, sobre todo, pero también de sabios profesores que tuve la suerte de conocer. Espero que sepáis apreciar a todas las personas que, en el transcurso de vuestra vida, os hayan enseñado algo importante: el valor del trabajo, de la honradez y del amor.
Voy a presentar en esta tercera parte de la trilogía cinco civilizaciones  y, en cada una de ellas, he tratado de recordar a dos o tres personajes que no deberían caer en el olvido.
        Las  rutas de navegación de los colonizadores, pueden situarse en el tiempo en la Edad del Bronce y corresponden a los fenicios, los púnicos (de un mismo origen, como os iré contando) a los griegos, a los egipcios y a los mesopotámicos. No olvidemos a Creta y Sicilia, la anterior Trinacria, y la cultura de los tartesios, de la que también hablaremos.

                                ATLANTIS.......  seguimos...

3ª parte de la trilogía de Atlantis:

                      el Mediterráneo

            Muchos siglos después de haberse destruido la confederación de las islas del Egeo, cuando ya sus jefes de clan habían pasado a ser leyenda, los hombres, ya instalados en el patriarcado, tuvieron necesidad de sustituir a la gran Madre Naturaleza por otros dioses más “convenientes” para los intereses militares de los gobernantes y, sobre todo, para el comercio entre las diversas potencias que iban surgiendo, como herederas de las culturas protohistóricas.
1.- Sesostris
            La casa real de Tebas estaba de fiesta. Había nacido el varón que heredaría el trono. La capital se había desplazado a Itytauy, cerca de El Fayum, pero Tebas seguía siendo el centro social de los grandes personajes de Egipto. Los sacerdotes habían predicho que el niño sería el mejor entre sus iguales, porque su inteligencia, honradez y aptitudes  harían de Egipto el imperio más grande de la tierra, que dominaría el Mediterráneo, el gran verde, como solían denominarlo.

            La gran esposa real Ueret también había soñado que daría a luz a un dios. Y su esposo, el actual faraón Senusert II sonreía, porque su esposa había dado muestras de gran inteligencia y su dulzura aseguraba la paz en palacio y en las altas esferas sociales. O eso pensaba él, porque Ueret hacía frente a las intrigas del palacio con firmeza, más que con dulzura, aunque siempre en beneficio de su esposo.

            Las intrigas estaban a la orden del día en la corte. Incluso había habido algunas muertes, que nadie sabía explicar. Los jefes de nomos y los grandes terratenientes aplicaban sus propias leyes y al faraón le resultaba casi imposible poner orden, porque muchas veces ni siquiera se enteraba de lo que sucedía, hasta pasado un tiempo. Los funcionarios eran demasiado lentos o demasiado interesados en que las noticias se retrasaran.

            Después de consultar a los sumos sacerdotes de Amón, impusieron al nuevo príncipe el nombre de Jakaura Senusert, que significaba:  “los espíritus de Ra resplandecen”.

             El pequeño tenía un carácter dulce, pero firme, como su madre, y, en cuanto empezó a dar sus primeros pasos, se escapaba de la vista de sus cuidadores y seguía a su padre. El faraón nunca se enfadaba con él, porque le hacía gracia y no sólo le permitía estar con él, sino que le explicaba todo lo que hacía, aunque era consciente de que Jakaura era demasiado pequeño para comprender las palabras de su padre. Le parecía increíble que el niño consiguiera convencer con su sonrisa a todo el que se interpusiera entre él y sus propósitos: es decir, seguir a su padre.

             Incluso le había regalado, cuando cumplió los cuatro años, un pequeño arco y dos flechas con la punta roma, para que no se hiciera daño. El príncipe iba muy serio a los campos de ejercicio de los soldados y hacía sus prácticas, ante la estupefacción de todos, consiguiendo gran puntería sobre un muñeco de madera, que le habían colocado como diana.

            Cuando cumplió la edad preceptiva, que solían ser los siete años, el príncipe Jakaura fue enviado a la Casa de Sabiduría, para iniciar su educación en geometría, matemáticas, religión y otras disciplinas, necesarias para todo joven que fuera a ocupar algún cargo en el aparato del estado.

             Su madre, la gran esposa real Ueret, ya había aprovechado las dotes excepcionales de su hijo, enseñándole cómo comportarse, qué debía aprender y dándole consejos, que el niño absorbía como una esponja. Ella dirigía personalmente las actividades del niño, sin dejar que nadie interfiriera, ni siquiera la madre del faraón, su esposo. Por algo su nombre significaba “la poderosa”.

             En sus clases en las Casas de Sabiduría, Jakaura empezó a demostrar gran interés por las leyes y la economía, desde el momento en que se dio cuenta de que algo en la organización del estado fallaba: había muy pocas personas que conocieran de verdad la realidad cotidiana de la región de Tebas y sus aledaños. Pensó que todos los encargados de cualquier departamento del estado debían tener mayor cultura.

             Decidió que, cuando él fuera mayor, aconsejaría que los maestros de la ciencia insistieran en la necesidad de todos los alumnos de conocer la escritura y la lectura. Incluso se debía crear una nueva clase social, la de los escribas, que debían estar presentes en todos los acontecimientos, para tomar nota de lo que sucediera y certificar su legalidad. Creía que así, la experiencia de hechos, que constaban por escrito, serviría para solucionar problemas similares, que pudieran plantearse en cualquier lugar o situación. Y los profesores estaban de acuerdo.

             Los niños estudiaban la historia del país y Jakaura pensaba en el poder que tenían los faraones en el imperio antiguo, poder que, poco a poco, había sido absorbido por los nomarcas, como una organización de señores feudales, cada vez más poderosa. Eso tendría que arreglarse y él tendría que averiguar cómo hacerlo.

             Después de las clases de la mañana, se realizaban diversos actos religiosos en honor a la tríada de dioses protectores de Tebas: Amón, Mut y Khonsu. El príncipe pensaba que también sería importante la unidad religiosa de todas las regiones, y tenía claro que los sacerdotes de Amón, a su juicio los más cultos, debían tener más poder e influencia que los demás. Y él se identificaba con el dios Khonsu, como identificaba a su padre con Ra.

               También le parecía importante el comercio con el Gran Verde, sobre todo con la isla de Creta y con la ciudad de Biblos. Creta tenía la flota más importante y producía una cerámica que, en Egipto se consideraba buena y práctica. Biblos abastecía de madera a Egipto y sus relaciones comerciales eran a veces consideradas como si se tratara de una ciudad sometida. En cuanto al mar Rojo, se comerciaba con Punt, que producía incienso y el comercio se realizaba por medio de un canal, que unía el Delta del Nilo con el Mediterráneo.

             Tal era la capacidad y el interés de Jakaura, que su padre, el faraón, decidió asociarlo con él al gobierno, para que aprendiera sobre la práctica. Además sus ideas le parecían realmente buenas. Ya se habían tenido en cuenta las capacidades de otros jóvenes de la casa real y la nobleza, pero ninguno parecía tan capaz como Jakaura.

            Y llegó el momento en que el príncipe debía tomar esposa. Tenía dieciséis años y ya se consideraba capaz de suceder a su padre. Lo mismo opinaban sus profesores y sus padres. Eligieron a Meretseger como esposa principal para Jakaura. Era una princesa de gran belleza y sabiduría, que fue considerada desde el primer momento como reina consorte y como gran esposa real. Su nombre significaba “la que ama el silencio"
            Llegado el momento de asumir el trono, los dos esposos se preocuparon de mejorar en lo posible su reino. Era el año 1878 a.c. Y lo primero que hicieron fue centralizar el poder, nombrando visires de su plena confianza, en lugar de los nomarcas tradicionales. Mediante una burocracia eficaz y culta, que iban reclutando entre la clase media, con la única condición de que hubieran pasado por las escuelas de escribas, reorganizaron los gremios, llamados uaret. Todo bajo la supervisión de un gran visir, de total confianza para el faraón.
       
             Conquistó y dominó Kush, Nubia, a la que convirtió en provincia al final de su reinado. Sofocó sublevaciones en varias regiones y fortaleció los llamados Muros del rey, fortificaciones en los límites del reino, que proporcionaban una sólida defensa. También combatió contra el pueblo de Siquem.
    
             Dos años después de asumir el trono, la pareja real tuvo a su primer hijo varón, al que impusieron el nombre de Nemara. La gran madre real, Ueret, se ofreció para hacerse cargo personalmente de su primer nieto. Y los reyes aceptaron de buen grado, porque ella había educado a Sesostris y los resultados habían sido inmejorables.

            Ueret necesitaba distraerse, porque, al morir su esposo Senusert, la tristeza había invadido su alma. Después de los rituales del entierro, dedicó todas sus fuerzas y su entusiasmo a la educación de su nieto. Aunque murió antes de que el príncipe pasara a estudiar a las Casas de Sabiduría. El príncipe Nemara sería asociado al gobierno por su padre y reinaría desde 1841, a la muerte de Sesostris III. Tomaría el nombre de Amenemhat III. 
 
 


2.- Hiram I de Tiro

            Tiro era la más importante de las ciudades de Fenicia, fundada al mismo tiempo que Sidón, Biblos y Beritos, en el  III milenio a.c.

            Todos los habitantes de la ciudad de Tiro estaban de luto. El rey Abibaal acababa de morir. Las ceremonias para los funerales debían ser presididas por el nuevo rey, el hijo de Abibaal, que aún no había sido coronado como tal. El nuevo rey, Hiram, de 19 años, investido con los atributos de su padre, el manto de púrpura, la corona y el cetro, debía estar presente en la preparación del cadáver, el lavado ritual con agua y sustancias como incienso y mirra, hasta quedar libre de los miasmas de la vida y poder así entrar en el mundo de los muertos. El cadáver fue envuelto con el manto que había usado el rey en su última ceremonia de gobierno, y después fue adornado con sus joyas personales y sus amuletos.

            El interior de la sepultura fue también rociado con incienso, antes de colocar el cadáver, junto al que se colocaron los objetos personales del rey, su espada, el cuenco en que solía comer, y las estatuillas de sus dioses particulares, sobre todo, Baal, su protector, al que debía su nombre. Al lado del cadáver se colocó el tazón que había contenido el bálsamo y los aceites olorosos, con los que se ungía el cadáver, y que luego había sido purificado por el fuego. Después se cerró el sarcófago de madera, con la forma del rey difunto, sobre el que se colocaron las campanillas, que le protegerían de los peligros que amenazaran su alma, en su ascenso a los niveles superiores.

            El ataúd se colocó sobre una capa de cal y barro y se procedió al cubrimiento de la tumba. La tumba era una cista, alrededor de la cual desfilaron los familiares y amigos más cercanos del rey. La cabeza del rey difunto se colocó mirando al este, con los pies hacia el oeste, para que la luz solar lo guiara hacia su posterior retorno, siendo ya inmortal. El brazo izquierdo estaba sobre su pecho, mientras su brazo derecho se colocó a lo largo de su cuerpo. Junto a su cabeza, se colocaron cáscaras de huevo de avestruz, y junto a sus pies, los restos de varias cabras sacrificadas, como homenaje al nuevo ser que se reencarnaría, o quizá también para que sirvieran de alimento, durante el viaje hacia los dioses.

            El siguiente rito fue la presentación del muerto ante los dioses. Para ello se realizaron las libaciones rituales, con leche, agua, vino y aceite. Y entonces se cerró la tumba con una gran losa, sobre la que se echó tierra en abundancia, mezclada con trozos de cerámica de los vasos y cuencos que había utilizado el rey en vida. Sólo se abriría la tumba cuando muriera el siguiente rey. Hiram esperaba que pasara mucho tiempo antes de ello.

            Según las leyes vigentes, se dejaron pasar varios días hasta el momento de celebrar el banquete fúnebre. Hiram debía recordar las dos almas de su padre, la vegetativa y la espiritual, para que le guiaran en su labor de gobierno. Al lado de la tumba, Hiram tuvo que grabar su propio nombre, para avisar a los dioses de quién sería el siguiente en subir hacia ellos, y la imagen del barco funerario y de la cuadriga, por si quisiera viajar por tierra.

Hiram pensó que tendría que averiguar cuál era la aventura que le esperaba a su padre. Quería creer que su padre se lo revelaría, para avisarle de los peligros que pudieran surgir. Debía esperar la presencia de un gallo, que representaría el alma inmortal de su padre. No estaba muy seguro de que todo esto no fueran invenciones de los sacerdotes de Baal, a los que no tenía mucho respecto, porque le parecían brutales e incultos. No entendía cómo se podía viajar en barca y en cuadriga a la vez, ni creía demasiado en una vida que no podía ver con sus propios ojos.

            El gallo representaba al difunto, que volaba sobre la ciudad, para cuidar de ella, con los otros difuntos de la misma familia. Todo esto a Hiram le parecían historias para niños, pero, de momento, no podía decir nada, hasta que no fuera el rey coronado. Pensaba que la religión y las supersticiones debían ser revisadas, porque no se podía engañar de esa forma a los ciudadanos.

Tampoco tenía ganas de comer, porque él quería a su padre y todas estas ceremonias le molestaban, pero el protocolo le obligaba a hacerlo. Tenía que comer algo, aunque sólo fuera probar algo de cada alimento ritual.

            Pasado todo el ceremonial, se procedió a la coronación. Ese día sí le parecía importante. Era el año 969 a.c. y debía dar seguridad a sus súbditos, además de comunicar a todos los hombres bajo su gobierno que pensaba potenciar la ciudad hasta conseguir que fuera la más importante de la región de Fenicia, incluso más que su vecina Sidón, que hasta ahora los había eclipsado.

            Hiram, cuyo nombre significaba “de alto nacimiento” (חִירָם), decidió hacer una visita al recién nombrado rey de Israel, Salomón, famoso por su sabiduría y su prudencia. Era un hombre joven, como él, y estaba seguro de que se entenderían. Envió sus mensajeros, para preparar la entrevista. Si la alianza con Salomón se llevaba a cabo, Hiram podría acceder al mercado del Mediterráneo, que antes había sido dominado por Egipto, Arabia y Mesopotamia.

            Antes de esto, tendría que sofocar una rebelión en la región de Utica, al norte de África, en una colonia fundada por una de sus antepasadas, la reina Elisa. Para ello tendría que fletar sus barcos, capear las tormentas, frecuentes en el Mediterráneo, y conseguir coger al enemigo por sorpresa. Ya era un avezado guerrero y su inteligencia le proporcionaba ventajas, que no tenían sus enemigos.

            La alianza con Salomón fue muy fructífera, porque lograron crear una nueva ruta comercial y comunicarse con los lejanos países de Saba y Ofir, a través del puerto de Esyon-Gueber. Salomón necesitaba la fina madera de los cedros del Líbano y, a cambio, ofrecía el trigo y el aceite abundantes en Israel. La alianza se selló sin dificultades y los obreros de ambos reyes se unieron en la gran obra que estaba realizando Salomón, el templo dedicado a su dios Yahvé. Además de la madera, Hiram ofreció sus conocimientos de arquitectura y a sus mejores arquitectos, para que la obra se llevara a cabo en el menor tiempo posible y así agradar al todopoderoso dios de los hebreos.

La gran obra que planeaba Hiram para su patria era ampliar los puertos, uniendo las dos islas donde se asentaba la ciudad. En ella construyó un palacio real y un templo dedicado a Melkart y Astarté. La alianza de Salomón con la reina de Saba, les proveyó de oro y aceites balsámicos de gran valor, para proveer a sus templos de todo lo necesario. La reina de Saba se había enamorado de Salomón y fue a visitarlo, atraída por su fama de sabio. Ella también era considerada una de las mujeres más sabias de su entorno. La triple alianza estaba funcionando mejor de lo que podrían haber soñado.

La ciudad de Hiram estaba fortificada en medio del mar. Era más bien una línea de suburbios, usada como fuente de agua y madera para la ciudad de la isla, para el palacio y para el templo. Para ello creó una serie de cisternas, para almacenar el agua potable, y un sistema de corrientes subterráneas, que mantuvieran el agua en movimiento, sin posibilidad de estancamiento.

Y, sobre todo, facilitaba el comercio marítimo, que comenzó a extenderse hacia el oeste del Mediterráneo, llegando incluso hasta las columnas de Hércules, en la lejana y atrayente península ibérica. Ya el reino de Tarsis realizaba expediciones comerciales cada tres años y tenía tratos con los fenicios.

Una de sus ideas era unificar la religión, mediante el establecimiento de un solo dios, Melkart, como rey de todos los dioses. Astarté sería su amante o su madre, pero siempre una figura secundaria. Con ello quería asegurar la monarquía y relegar el poder de las mujeres, mediante el ejemplo de Astarté. Para conseguir todo esto, se nombró a sí mismo sumo sacerdote de Melkart, y a semejanza de las costumbres egipcias, se nombró también dios único, personificación de Melkart en la tierra.

Incluso creó ritos religiosos, por los que entre los meses de febrero y marzo, sucedía la muerte y resurrección del dios, semejando el ciclo de la agricultura. Reformó, para ello, el calendario, consiguiendo que las fiestas religiosas se fundieran con las fiestas agrícolas. Todo su reino aceptó las nuevas normas de la religión, sin protestas y con su interés puesto en el comercio, que iba mejorando día a día.

Tomó como esposa a una de las hijas del faraón Sheshong y tenía que dejar claro que la mujer fenicia no tenía la misma libertad que la egipcia. La reina debía estar en palacio y no exhibirse por las calles, como hacían las egipcias. Su esposa tuvo que adaptarse a su nueva situación, no sin antes protestar enérgicamente.

Las obras del templo de Yahvé en Israel atrajeron también a otros sabios arquitectos, cuya amistad proporcionaría a Hiram conocimientos suficientes para poder desarrollar su deseo de construcción para su propia ciudad. Tenía necesidad de mejorar hasta el infinito los recursos y la fama de Tiro. Además, su alianza con los hebreos, le ayudaba a mantener a los egipcios sin acceso a las zonas productoras de oro.

Ya se habían hecho con el monopolio de la púrpura, que sus pescadores recogían de los múrices, moluscos que se pegaban a la roca, como lapas, y cuyo jugo de un color rojo brillante, daba ese color característico a las telas, que, cada vez más, se usaban en los mantos reales y en las ropas de los personajes más relevantes de las cortes. Todo rey que se preciara de rico y poderoso utilizaba el tinte púrpura para sus mejores galas. También se hizo un trono de marfil con esfinges. El marfil lo proporcionaba Ofir y se puso de moda entre los reyes hacerse construir un trono con esas mismas características.

En un principio había sido aliado de los filisteos, pero, al renovar su alianza con David, padre de Salomón, envió fenicios que enseñaron a los hebreos el arte de la navegación y la construcción de buques. Su alianza con Salomón había librado a Tiro del peligro filisteo, potencia que interceptaba determinadas rutas comerciales marítimas. Hizo a Salomón un préstamo de 120 talentos de oro. A cambio de ello, recibió veinte poblados galileos, que devolvió, al ser saldada la deuda. Su contacto con los habitantes de Galilea le hizo conocer las necesidades del pueblo llano y así comprender mejor a sus propios súbditos.

En su expansión por el mar, fue llamado a sofocar una revuelta de los nativos de la ciudad de Kition, en Chipre. El resultado fue la ocupación fenicia de la ciudad y el aprovechamiento de sus recursos. Además, facilitó la expansión fenicia hacia el continente.

Tras 16 años de reinado, Hiram fue sucedido por Baal-Eser, en el año 919 a.c., que reinó durante 17 años. su hijo Baal-Eser era hijo de una mujer tiria, requisito indispensable para suceder en el trono al gran rey. De hecho, la esposa egipcia estaba relegada a un segundo término, porque así lo decían las leyes, que el propio Hiram había redactado y mejorado.

No quedan casi restos arqueológicos, que demuestren la veracidad de los relatos, pero la imaginación sirve para crear leyenda, donde no hay realidad, o ésta ha sido relegada al olvido. Lo que sí parece claro es que Hiram fue más importante que el propio Salomón, al que la Biblia de los hebreos quiso hacer más grande de lo que quizá fue.