domingo, 27 de noviembre de 2016

Eder

ATLANTIS.......  seguimos...

2ª parte de la trilogía de Atlantis:

LA CONFEDERACIÓN


         Tras diez años dedicados a la construcción de puentes y canales, las islas del Egeo se habían visto modificadas. Algunas habían mejorado su economía, sus relaciones y sus expectativas de futuro; otras seguían como antes, aunque era importante el aumento de las relaciones entre unas y otras, las amistades e incluso los matrimonios; otras habían empeorado su situación económica, habían persistido en sus odios, rencores e individualismos, con razón o sin ella. Algunas habían desaparecido, por fenómenos naturales. La Madre Naturaleza, tras varios avisos, había dicho la última palabra.

Lo que no había cambiado demasiado era el poder y dominio de la isla de Creta. Gracias a los puentes interinsulares, los espías de Ira la informaban puntualmente de todos los sucesos de cada isla. Y ella informaba a su esposo, cuando le convenía. A veces, procuraba ocultarle hechos, que él habría considerado importantes.



1.- Delos, la brillante 
            Diez años duraron las obras para construir los puentes, que unieran a la isla de Delos con las de Naxos, Paros y Tinos. Sus gobernantes Dión, Hebe y Posidón estuvieron de acuerdo en la forma y situación de los puentes, dejando la entrada y salida cerca del mar, de modo que también se pudieran amarrar allí las naves, por si tenían que seguir viajando por mar.  
Las obras eran de una belleza extraordinaria, porque habían aceptado el proyecto de un arquitecto famoso, Ineni el egipcio, que había trabajado para varios faraones. Ineni no sólo proyectó los puentes, diciendo cómo se debía trabajar, la forma y estructura más conveniente, en cada caso, los hombres que se necesitarían para las obras y el material más adecuado, sino que habló con Leto y Artemis de la posibilidad de dotar a la isla de canales de agua potable, para que todos los habitantes tuvieran provisión de agua.     
La isla de Tinos tenía fuentes de agua clara y limpia, que su jefe Posidón quería comercializar, pero no puso ninguna pega para que sus vecinos de Paros, Naxos y Delos disfrutaran del agua que tanta salud les reportaba a los habitantes de Tinos. Él ya había pensado cómo mantener relaciones comerciales con ellos, aprovechando los mármoles de color rosado, los magníficos tintes de Delos y las extraordinarias cepas de Naxos, que ya intentaba plantar en Tinos. 
            Artemis accedió enseguida. Le parecía incluso más importante la canalización del agua potable, que los puentes. Sobre todo, porque no le gustaba ser la primera en “obedecer” a Ira y a Palas. Artemis pensaba que no era idea de su padre Zeus, sino de su hija Palas. No le caía bien Palas, aunque la admiraba por su inteligencia y porque compartía con ella la idea de la superioridad femenina y su negativa a casarse. Tenía que pensar muy bien sus actuaciones, porque sabía que todas las Cícladas se mirarían en La Isla Brillante, para cualquier actuación o decisión.
            La brillante isla de Delos, estaba de luto. Su querida reina madre acababa de morir. El color azul de los vestidos de sus habitantes se cambió ese día por el blanco, el color del duelo. La reina Artemis organizó juegos atléticos, como ya venía siendo costumbre en la isla, cuando había una defunción. También se hicieron competiciones de caza, para ofrendar a la mujer que había sentado las bases de la felicidad en la isla. Todos los Tintoreros del Clan del Fuego  participaron en el banquete funerario. El lugar de su tumba fue rodeado de cipreses, árbol preferido de Artemis, porque su altura llegaba hasta el éter.
Los habitantes de la isla decidieron implantar un culto a Leto, como si fuera una divinidad, culto que se extendió rápidamente a otros lugares, no sólo de las islas, sino en tierra firme, tanto en la costa oriental, como en las costas occidentales, La Hélade, el lugar de donde muchos provenían y de donde habían traído costumbres y ritos.
            Artemis ya tenía 17 años y el pueblo le exigía que les diera una heredera, pero ella no quería saber nada de hombres, porque los consideraba inferiores. Su intención era dejar su reino a la primera hija que tuviera su hermano Febo; no sería difícil ni tardaría mucho, porque su hermano era muy enamoradizo. Ella había tenido un admirador, pero se había deshecho de él. Era Acteón, un joven cazador, que la seguía y procuraba verla sin ser visto. Un día Acteón, que la miraba desde detrás de unas ramas, la vio entrar en el agua de una laguna y se quedó tan embobado, que no se dio cuenta de que ella lo había visto y se acercaba. Como castigo por tal atrevimiento, azuzó a los perros de Acteón, que mataron a su dueño. Artemis se libró de él, sin mancharse las manos.
Mientras tanto, Artemis seguía fabricando sus propias flechas, que, como su arco, eran de madera de roble, árbol que se daba en abundancia en la isla y por el que Artemis sentía una verdadera veneración.
Un día su hermano Febo se acercó a Delos para llevar a cabo una venganza, que él no se atrevía a realizar solo: debían castigar a la orgullosa Níobe, que había ofendido a su madre Leto, aunque ya estaba muerta.
Níobe era hija de Tántalo y hermana de Pélope, el fundador del Peloponeso. Se había casado con Anfión, un músico que llegó a ser rey de Tebas, porque la música de su lira había ayudado a construir las murallas de la ciudad, moviendo los bloques de piedra. La pareja tuvo 14 hijos, de los que Níobe se sentía tan orgullosa que decidió prohibir en su ciudad el culto a Leto, diciendo que Leto sólo había tenido dos hijos, mientras ella había tenido 14.
Febo, ya consumado adivino, se enteró, porque tenía un templo dedicado a la adivinación en Tebas. Y decidió castigar a Níobe, por la ofensa a su madre. Pero a él, de naturaleza dulce y amable, no se le ocurría la forma de vengarse y pensó que su hermana decidiría cómo hacerlo.
Artemis se iba haciendo cada vez más exigente y cruel. Incluso sus propios súbditos la temían, más que quererla, porque no consentía ningún error en las normas que iba imponiendo poco a poco, sobre todo a los hombres, a los que despreciaba. Sólo admitía como compañero de caza al gigantesco Orión, tan cruel y orgulloso como ella y tan certero con el arco. Sólo respetaban, a veces, a los ciervos, animales por los que Artemis sentía una verdadera admiración. La llamaban “Señora de las fieras”.
Efectivamente, Artemis pensó cómo vengarse de Níobe: matando a todos sus hijos. Sabía que sería el peor castigo para ella. Convenció a Febo, que se sentía horrorizado por la propuesta de su hermana, y ambos fueron a Tebas, con la disculpa de participar en unas competiciones atléticas.
Cuando se estaban celebrando los juegos atléticos, los dos hermanos mellizos prepararon su arco, cada uno con siete flechas y empezaron a disparar, Artemis mató a las  siete hijas y Febo a los siete hijos de Níobe. Todos cayeron muertos.
El padre de los caídos, sin entender por qué tenían que morir sus hijos, quiso quemar el templo del oráculo de Febo. Pero Febo, que había adivinado sus intenciones, también mató a Anfión, por indicación de su hermana, aunque le dolió, porque era un músico.
Níobe no encontraba consuelo y huyó al monte Sipilo, en la costa de Asia Menor, a una ciudad que había pertenecido a su padre Tántalo. El viaje fue largo y difícil, pero consiguió llegar al monte. Allí, ya sin fuerzas y deseando morir, quedó convertida en roca, pero seguía llorando, por lo que de la roca empezó a manar un manantial con las lágrimas de la desgraciada madre. Artemis la orgullosa no permitía el orgullo en nadie más.
El tiempo iba empeorando en Delos. Artemis envió mensajeros a las otras islas, para que le dijeran si el cambio atmosférico se daba en todas las tierras cercanas o era una especie de venganza de la Diosa Naturaleza. Ahora llovía todos los días, hecho que reverdecía la isla, cuya vegetación había aumentado y mejorado, Pero la temperatura también era cada vez más fría y los animales se refugiaban antes del atardecer en las cuevas y bosques, de forma que la caza se estaba haciendo cada vez más difícil.
Una noche en que estaba paseando bajo la lluvia por el bosque, vio dormido a un joven que le pareció de una belleza especial. Se trataba de Endimión. Sintió algo especial al contemplarlo; se acercó sigilosamente y le besó en la frente. El joven seguía dormido y ella siguió un buen rato contemplándole. A pesar de que sabía que enamorarse no era su destino, siguió yendo a verlo cada noche. Una noche no lo vio, ni las noches siguientes, de forma que Artemis decidió mantenerlo en su recuerdo hasta que dejó de ir al bosque. Nunca supo quién era ni dónde estaba.
Artemis empezó a estar preocupada, porque cada día llovía más. La isla era flotante, como sabía desde niña, y la historia de que estaba atada al fondo del mar con cadenas ya no le parecía más que un cuento de niños. Su hermano Febo, que para ella lo sabía todo, podría quizá darle una respuesta y decidió visitarle.
Igual que su hermano mellizo, Artemis fue considerada una diosa y llegó a asimilarse a Selene, la diosa de la luna. Como tal, presidía las noches, al igual que sus hermano Helios – Febo presidía los días.


2.- Hebe de Paros
        Cuando en la isla de Paros se iniciaron las obras de los puentes, que la unirían con Naxos y Tinos, y que les proporcionarían el agua pura y clara de Tinos, Hebe vio horrorizada cómo los manzanos empezaban a secarse. No sabía qué hacer ni si tenía que decírselo a sus padres. Se lo contó a su amiga Ilia y luego a los padres de Ilia. Después de mucho pensar, creyeron que lo mejor sería transplantar los manzanos a otra tierra, que pudiera darles vida y no desaparecieran.

         Tenían en cuenta que ellos también solían comer las manzanas, que Hebe les llevaba a diario. Hebe sabía que las manzanas doradas les darían la inmortalidad, que ansiaba para su amiga y sus padres; pero ¿qué haría para seguir enviando las manzanas a sus padres hasta Creta? Por supuesto los puentes mejoraban el transporte, pero, si los manzanos morían, también sus padres morirían.

Se le ocurrió preguntar en primer lugar a su amigo Febo, que parecía ser amigo de todos los nuevos jefes de los clanes. Él ya dominaba la adivinación y seguramente sabría dar una solución. Pero Sérifos estaba lejos y, cuando llegara la respuesta de Febo, los manzanos habrían muerto. Tampoco sus nodrizas sabían dar una solución, hasta que Eunomía pensó en una isla lejana, en otro mar, que podría quizá tener y cuidar los manzanos. Esto tenía que pensarlo bien, porque ese jardín estaba en las Hespérides y era difícil llegar allí y recogerlas.
           Pensaron que, si Dión seguía en Trinacria, quizá él pudiera viajar a las Hespérides, porque los barcos de Trinacria ya habían navegado hacia el oeste y habían encontrado unas islas en el llamado mar de Thetis. Eunomía pensó que quizá Dión también querría llevar las semillas de sus vides a las Hespérides.
            Hebe e Ilia tenían ya 17 años, edad en que muchas jóvenes ya tenían esposo, e incluso hijos. Un suceso inesperado vino a cambiar la tranquila vida de las dos jóvenes: la cantera en la que trabajaba el padre de Ilia se derrumbó; había sido un ligero movimiento de tierras, pero un bloque de mármol dio en la cabeza al padre de Ilia y murió instantáneamente. Todos se quedaron desolados por la muerte del jefe del Clan de la Piedra, pero las más afectadas fueron su esposa y las dos jóvenes.
            Enseguida nombraron a Hebe jefe del clan, aunque Hebe no quería. La madre de Ilia entró en una especie de depresión, que la llevó a la muerte en pocos meses. Hebe e Ilia no podían asumir que todo hubiera cambiado en tan poco tiempo. Seguían siempre juntas, pero ya nada era igual.
            El consejo de marmolistas tomó la decisión de casar a las dos jóvenes. A Hebe porque necesitaban una heredera y a Ilia, porque ambas amigas parecían estar siempre en sintonía y posiblemente podrían celebrar las dos bodas a la vez.
La noticia del movimiento sísmico llegó enseguida a oídos de Zeus  e Ira. Enviaron un mensajero, pidiendo que Hebe se presentara en Creta. Sus padres le propusieron matrimonio con Heracles, un hijo de Zeus, que a Hebe le pareció demasiado grande y demasiado bruto. Las nodrizas Eunomía, Dice e Irene intercedieron a favor de Heracles, diciendo que era un hombre justo y valiente y que siempre defendía al débil, frente a los abusos de los poderosos. Hebe aceptó sin demasiado entusiasmo. Aún no conocía a Heracles y no sabía si iba a estar a gusto con él.
            También Ilia tendría que casarse y el consejo le propuso a un famoso marmolista tallador, llamado Mármaros, cuyas figuras se vendían con gran facilidad, porque su finura y realismo atraía a numerosos compradores de otras islas. Pero a Hebe no le gustaba Mármaros: era orgulloso y se consideraba mejor que nadie. Incluso despreciaba al difunto padre de Ilia, al que consideraba un simple cantero.
            Ilia pospuso la boda hasta que pudo viajar al oráculo de Sibila, para que le dijera lo que tenía que hacer. Ya daría su respuesta. Cuando se presentó en la sala del oráculo, sin avisar a nadie, Sibila se quedó asombrada. Algo grave debía suceder, para que Ilia hubiera hecho un viaje tan difícil, sobre todo con las continuas tormentas que ahora se tragaban a tantos barcos. El oráculo de Sibila le dijo que no se preocupara, porque no tendría que casarse con Mármaros.
No entendió la respuesta. Ella pensaba que le iban a decir otro nombre o que le iban a proporcionar una disculpa para rechazar al pretendiente. De todas formas dio las gracias y se quedó unos días en casa de Sibila. Su casa sí que era una verdadera obra de arte: era de mármol. Ni siquiera en Paros había casas como aquélla.
            La isla y su color rosado iban cambiando y se asemejaba más bien a un cielo grisáceo, intensificado por las continuas tormentas que amenazaban la isla. Todos consideraban que el movimiento sísmico, que había costado la vida a algunos canteros, tendría sus réplicas. Y efectivamente, hubo algunas sacudidas más, en las que la tierra parecía que iba a abrirse y hundirse en el mar.
            Cuando Ilia volvió de su viaje, Hebe le comunicó que su futuro esposo había muerto, de la misma forma que su padre: un bloque de mármol le había caído encima del pecho y había muerto al faltarle el aire para respirar. Lo sacaron de debajo del bloque, pero el rescate fue costoso, porque la tierra se había convertido en un barro espeso y resbaladizo. Cuando consiguieron sacarlo, ya había muerto.

            Ilia no sabía si lamentarlo o alegrarse. Ahora entendía el oráculo de Sibila. Pensó que ahora le propondrían otro esposo y no se quedó tranquila hasta que su propia amiga Hebe le comunicó que se casaría, si quería, con un joven escultor, que había venido con el arquitecto Ineni a construir los puentes. Se llamaba Aache y había pedido a Hebe la mano de Ilia. Era guapo, agradable y tan bueno como escultor, que ya muchas familias le habían pedido que esculpiera los retratos de cada uno de ellos.
            Ilia ya se había fijado en él, pero su característica humildad le había hecho pensar que el joven buscaría a una mujer más bella. Aache la había observado y la consideraba como la mejor modelo que podía tener. Tantas veces la había mirado a escondidas, que acabó enamorándose de ella. Ilia aceptó enseguida.
            La boda se celebró con grandes fiestas. Y en medio de los festejos, empezó a llover de una forma que no habían visto nunca. Parecía un verdadero diluvio. El mar rugía enfurecido y las olas llegaban, hasta el interior de la isla. Todos corrían, sin saber dónde refugiarse, porque el agua lo anegaba todo. La Madre Naturaleza estaba enfadada. Tenían que averiguar la causa de su enfado.
            Aache había construido ya la casa donde vivirían. Allí llevó a su reciente esposa, que quedó asombrada, al ver que era una casa parecida a la casa del oráculo de Sibila. Era toda de mármol y estaba asentada en lo alto de una colina. Era el terreno que el consejo de marmolistas le había entregado como regalo de bodas, como hacían siempre que una pareja iniciaba una nueva vida en común.
            Allí Ilia se sentía segura frente a los temporales y los seísmos. Invitó a su amiga Hebe y a su esposo a ir a vivir con ellos, porque había muchas estancias, aisladas unas de otras por fuertes paredes, también de mármol. Además así Hebe no se sentiría tan sola, por las muchas ausencias de su esposo. Pero Hebe ya había decidido marcharse de la isla, porque su esposo Heracles era un viajero infatigable y se metía en continuas aventuras, defendiendo a los humildes. Se iría con él y fijaría su residencia en una tierra firme, que consideraba más segura que una isla.
Las hazañas de Heracles fueron tantas y tan brillantes que se mitificaron, contándose aventuras que en realidad no habían sucedido. Una de ellas fue su viaje a la lejana Hesperia, donde se asentaría con su esposa, antes de ser divinizados. Allí sus descendientes, los heráclidas, llegarían hasta el fin del mundo: finis terrae, donde construyeron el famoso faro de la actual Coruña.          

3.- Los rivales

           Dión tenía ya 14 años. Como jefe del Clan de Viticultores había decidido que todos los habitantes tuvieran las mismas oportunidades, de forma que no quiso ser jefe de nadie en la isla color vino. En cuanto se iniciaron las obras del puente que los uniría a las islas de Tinos y Paros, había intentado preservar sus viñedos del polvo que provocaban los trabajadores.
            No quiso que ninguno de sus viticultores dejara sus quehaceres con las viñas y pagó a trabajadores de fuera para que realizaran las obras. Mandó cubrir todas las cepas con telas, que preservaran las plantas. Así consiguió que sus vinos fueran de la misma calidad que antes.
            Aprovechando las relaciones que le proporcionaba su colaboración con Posidón, tuvo largas charlas con él: para tratar de eludir el dominio de Creta y para sentar bien las bases de sus futuras amistades. Tenía muy claro que se relacionaría con quien quisiera, no con quien decidiera su padre Zeus. Así pues, sus preferencias fueron para la dulce Hebe y para el rebelde Dédalo. En cambio, empezó a cortar relaciones con Febo y los muchos amigos que éste se había hecho, como Sibila, Selene, por supuesto Artemis, a la que consideraba cruel y despótica y, sobre todo,  no pensaba relacionarse con Palas, que era la viva imagen de su padre, aunque más inteligente.
            Nefeli, su querida nodriza había muerto. También en Naxos se habían dado tremendas tormentas y un día, cuando estaba en la playa tomando el sol, una ola arrastró a Nefeli, que no supo defenderse contra el poder del mar. Unos días después, apareció su cadáver en la playa. Dión la lloró, porque era la única madre que había conocido y la persona a la que más quería, después de a sí mismo.
            Pero seguía viéndose con Hierón de Trinacria y haciendo algunos viajes. Podía permitírselo, porque, además de las ganancias que obtenía con la venta de las uvas, su padre Zeus le enviaba, de vez en cuando, una bolsa de oro, quizá para compensar el poco caso que le hacía. Nunca había viajado Zeus a Naxos, pero enviaba mensajeros de vez en cuando, para que le llevaran el oro a Dión y para recibir, a cambio, hermosos racimos de uvas, que le gustaban bastante.
            La rivalidad con Febo empezó cuando el oráculo dijo que su amistad con Dédalo terminaría de forma brusca. Dión no podía entender por qué Febo se metía en medio de una amistad, que parecía firme. Además Dión era rencoroso y vengativo, a pesar de que casi todo le daba igual, mientras no le atacaran a él directamente. El hecho de que el oráculo hablara sobre algo que no parecía tener fundamento hizo que Dión cortara las relaciones con Sérifos.
Posidón, que disfrutaba fomentado las rivalidades de los demás, le dijo que Febo se consideraba mucho más inteligente que él. Y Dión sabía que tenía razón, por lo que su envidia se acrecentó. La verdad es que eran muy diferentes: Febo se dedicaba a actividades de la inteligencia, mientras Dión se dedicaba a los placeres materiales, entre ellos, a disfrutar del buen vino que le proporcionaban sus viñedos.
           Cuando los viticultores se dieron cuenta de que el tiempo cambiaba ostensiblemente y que sus viñedos peligraban, Dión, como hombre práctico, decidió visitar a su amigo Hierón de Trinacria. Cuando llegó se dio cuenta de que Hierón ya era anciano y pensaba dejar el poder en manos de su hijo Gelón. La familia repetía continuamente los nombres de sus vástagos masculinos: todos se llamaban Hierón o Gelón. ¡Qué poca imaginación!, pensó Dión.

            Lo primero que planteó Dión fue llevar sus cepas a Trinacria, que era una isla muy fértil. Los vientos y lluvias mediterráneas ayudaban a la agricultura, de forma que muchas regiones de la cercana Thirrenia y de la no tan cercana Hélade la consideraban como su granero. Hierón aceptó de buena gana la oferta de Dión y le comentó que él, a su vez, pensaba probar fortuna en las islas de la lejana Hesperia, donde había oído decir que el clima era mejor que en Trinacria, porque estaban más resguardadas de las inclemencias marinas.
Ambos pensaron que llevarían a Hesperia sus cepas, donde suponían que crecerían en libertad y con buenos resultados. También pensó Dión en su amiga Hebe, que le había dicho que sus manzanos dorados se estaban secando, por causa del polvo de las obras de los puentes y canalizaciones. Probarían suerte con ambas cosas, los manzanos y las cepas.
También conservaba Dión la amistad de Filomelo, el delfín que le había salvado en su primer viaje a Trinacria. Pero el delfín ya estaba viejo y cansado y le había comunicado que en breve iría a morir con los suyos, aunque también había conocido, por medio de Filomelo a otros amigos delfines, que seguirían yendo a pasear con Dión.
Un día en que Dión fue a visitar la tumba de su querida Nefeli a la playa, se encontró a una joven, que le pareció bellísima. Estaba dormida y con vivas señales de haber llorado. Esperó a que despertara, observándola desde una distancia prudencial, para no asustarla. Ella, al verle, volvió a echarse a llorar. Cuando Dión le preguntó por la causa de sus lágrimas, ella le contó su historia.
Era hija de un noble de Creta y había ayudado a un heleno, que había ido a matar a su medio hermano Minotauro, que asustaba a todo el que se atrevía a entrar en el laberinto, donde lo habían encerrado. Ella se llamaba Ariadna y el heleno que la había llevado con él para agradecerle su ayuda, se llamaba Teseo. La verdad era que Ariadna se había enamorado de Teseo, pero él no la correspondía. Cuando la nave de Teseo se acercó a la isla de Naxos para coger agua y comida, Ariadna, cansada, se quedó dormida en la playa. Y Teseo partió sin ella.
Dión la consoló y la llevó con él a su propia cabaña, para que se repusiera y luego le dijera qué quería hacer o dónde quería ir. Los días de estancia en Naxos fueron como un bálsamo para Ariadna, que no parecía querer marcharse de allí. Los días se convirtieron en meses, cuando ambos jóvenes se dieron cuenta de que se habían enamorado.
El siguiente paso de Dión fue proponer matrimonio a Ariadna, que aceptó encantada. Las fiestas fueron espectaculares, con competiciones vinícolas, donde todos los habitantes de la isla competían bebiendo, hasta ver quién quedaba en pie, que sería el ganador. Ariadna y Dión tuvieron un hijo, al que llamaron Enopión, nombre que recordaba el vino que se fabricaba con las uvas de la isla.
Cuando empezaron las lluvias y los viñedos peligraron, Dión decidió marchar de Naxos y buscar fortuna en otras tierras. Ariadna lo acompañó con su hijo y se embarcaron en una nueva aventura. Llegaron a las costas de Hélade y se asentaron en la ciudad de Argos. Allí se enteró Dión de que su ya enemigo Febo iba a conquistar un oráculo en la región del Parnaso. La ciudad se llamaba Delfos. Dión enseguida se propuso disputarle el oráculo a Febo. Dejó a Ariadna en Argos y se embarcó hacia Parnaso.
Llamó a sus amigos delfines, que le habían seguido durante la travesía hacia Hélade, y les preguntó la mejor forma de llegar hasta Delfos. La región era montañosa y el mar resultaba muy peligroso, de modo que los delfines ayudaron a Dión a llegar hasta la costa más cercana a la cordillera del Parnaso.
            El camino hacia las montañas era difícil, aunque nada le parecía demasiado, si conseguía vencer a Febo. Pero cuando llegó, Febo ya había vencido al anterior señor del oráculo, llamado Pitón, y se había hecho dueño de la caverna y de las profecías.
            Dión, sin poder disimular su envidia y su rabia, volvió, con ayuda de los delfines, hacia Hélade, donde se reunió con su esposa Ariadna. Sin embargo, como hombre astuto, pensaba en cómo recuperar sus dominios y en cómo vengar la muerte de su madre Sémele, a la que seguía teniendo en su mente.
            En Argos se enteró de que su madre había muerto por la envidia de Ira, que la consideraba una rival peligrosa para ella. Ira consiguió engañar a Sémele, de modo que fue a consultar a una vieja profetisa, que vivía en una cueva en lo alto de una montaña. Subiendo hacia allí la alcanzó un rayo, que la fulminó. La viaja profetisa sacó al niño, que aún no había nacido y se lo entregó para su cuidado a las ninfas de la lluvia.
            Transcurrido mucho tiempo, llegó a ser inmortalizado como dios de las cosas materiales, en contraposición a Febo Apolo, dios de la inteligencia.
 
4.- Desaparición de Thera
            Las primeras manifestaciones del desastre natural que iba a suceder, se dieron en la isla de Thera. Después de construir el puente que la unía con  Amorgos, empezaron a notarse movimientos sísmicos y el mar desató su furia contra la isla. El puente con Creta fue imposible, o así lo consideró Palas, de modo que movilizó a sus tropas y las fue transportando a Creta.
            Su intención final era ir a vivir con su padre, a pesar de la repulsión que le producía su esposa Ira. La reina de los blancos brazos, como la llamaban todos, contrastaba con la piel tostada de Palas, que vivía al aire libre, y cuyas armas y vestiduras eran de color negro, igual que todos los hombres y mujeres que formaban sus escuadrones.
            El Clan de la Lanza y sus guerreros fue trasladándose a la isla de Creta, que lo acogía con interés, porque se sentían protegidos por la joven guerrera. También su amiga Gnome estaba contenta al cambiar Thera por la isla de Creta, donde veía más posibilidades de futuro. Ambas jóvenes tenían ya 20 años y la idea fija de no casarse, porque seguían considerándose superiores a cualquier hombre que conocieran. Habían tenido varios pretendientes, que habían sido rechazados sin contemplaciones.
            Las dos amigas habían decidido ser las últimas en abandonar la isla, después de haber puesto a salvo a sus compañeros. Su decisión resultó ser acertada, cuando vieron que no sólo había seísmos y grandes olas, sino que empezó a sentirse un calor abrasador de día y de noche, lo que hizo pensar a Palas que algo se estaba removiendo en el interior de la tierra.
            Efectivamente, un día los sorprendió un río de fuego que salía de la montaña, seguido de grandes estallidos atronadores, cuando la montaña expulsaba al aire trozos de piedra que parecía ser de fuego. Ya estaban saliendo las últimas naves con dirección a Creta, cuando un gran maremoto arrasó la isla. También el éter parecía estar de acuerdo con la catástrofe, porque empezó a llover como nunca habían visto antes.
            Esta circunstancia vino a ser beneficiosa, de algún modo, puesto que la lluvia torrencial apagó, de momento, el fuego de la montaña y la nave donde iban Palas y Gnome pudo poner rumbo a Creta. Llegaron con grandes dificultades, pero sanas y salvas, como la mayoría de sus compañeros.
            Pocos días después de su llegada, vieron cómo su querida isla estallaba a causa del fuego volcánico. Las cenizas se veían desde Creta y llenaban las aguas, volviéndolas de color gris. Pasaron varios meses hasta que el agua volvió a tener su color azul característico. El puente con Amorgos había desaparecido y las distancias se hacían mayores, porque ningún barco se aventuraba a navegar en las revueltas aguas del Egeo.
            Gnome estaba triste porque no podía olvidar a su querida Thera, pero Palas la animaba diciendo que estarían mucho mejor en Creta. Tenía la idea de viajar por otras tierras y tener su propia ciudad. A pesar de que seguía queriendo a su padre, ella quería tener sus propios dominios.
            Y, después de pensarlo mucho, un día decidió hablar con su padre y proponerle un viaje. Zeus frunció el ceño, como solía hacer cuando algo no le parecía demasiado seguro, pero al fin le aconsejó diversos lugares, donde podría establecerse. El primer viaje debía ser a tierra firme, a la Hélade, donde ya otros habitantes de las islas habían buscado refugio. Allí ya podría planear su siguiente destino.
            Para llegar al continente heleno, la mejor opción era hacer una última parada en Andros, donde ya gobernaba Dédalo. Era la isla menos dañada por los seísmos y maremotos y parecía una buena posibilidad. El problema era que Dédalo mantenía el rencor de su padre hacia Zeus y hacia ella. No en vano había sido la primera isla que había sufrido sus incursiones militares.
            Pensando que de alguna forma podría tratar con Dédalo sin despertar antiguos rencores, se puso en camino hacia Andros. La gente aún recordaba la muerte de la mayoría de los suyos a manos de las patrullas de Palas, sobre todo Naucrates. No podía olvidar que sus padres habían muerto cuando aún era muy pequeña y seguía echando la culpa a Palas. No quiso influir en su esposo, así que dejó que él tomara su decisión.
            Y la decisión de Dédalo fue decir a Palas que era mejor que se marchara. Palas ya se había imaginado la situación y ya había equipado su nave, para emprender su viaje definitivo. Llegó a las costas de Hélade y se asentó con su grupo de guerreras en una región llamada Ática. Allí se dirigió  al principal asentamiento, que le pareció el mejor, porque tenía una acrópolis bien defendida por las rocas y con abundante agua.
            Estando allí, llegó Posidón, que también estaba buscando un lugar para asentarse. Posidón siempre había pretendido seducir a Palas, aunque sabía que ella lo despreciaba. Sabiendo que ella siempre ponía a dos de sus guerreras para hacer guardia, acechó hasta que vio el momento de acercarse. Intentó violarla, aunque no lo consiguió, porque ella escapó a tiempo. Pero el producto de su deseo cayó en la tierra y la madre Tierra  engendró un hijo.
            Palas adoptó al bebé, porque consideraba que había nacido por causa de ella. Lo llamó Erictonio y, como ella no podía (o no sabía) cuidarlo, se lo entregó a tres hermanas, que vivían en el asentamiento. Las tres hermanas, Herse, Pándroso y Aglauro dejaron caer al bebé y Palas las acosó de tal forma que se volvieron locas. Dos de ellas se arrojaron desde lo alto de la acrópolis, convencidas de que no servían  para nada.
            No quedó ahí el acoso de Posidón. Cuando Palas consiguió que su hijo adoptivo llegara a ser el jefe del asentamiento, los habitantes de la región buscaban una buena protección y ofrecieron a Palas la protección de su territorio. Entonces volvió a presentarse Posidón, diciendo que él era mejor protección, porque dominaba el mar mejor que ella.
            Sin saber qué hacer, los hombres y mujeres del lugar propusieron una competición entre ambos: el que ofreciera mejor regalo para ellos sería su protector. Posidón dio un golpe en la roca con su bastón y salió agua del mar.
Agua salada, que no les pareció demasiado interesante. Palas ofreció un olivo, que había traído consigo en su viaje. Los habitantes de la roca eligieron a Palas, porque el olivo les parecía mucho más útil. Desde entonces lo consideraron el árbol de la paz.
            Posidón se marchó enfadado, mientras Palas se quedó como protectora de la acrópolis y de los terrenos anexos. Decidieron poner el nombre de Palas a la nueva ciudad que se iba formando. Palas Atenea, por lo que la ciudad se llamó Atenas.
            Pasado el tiempo, la historia se convirtió en mito y llegaron a deificar a Palas, a la que dieron el nombre de Palas Atenea. Los progresos posteriores de la región se le atribuyeron a ella y todos los años, el día séptimo del mes séptimo, celebraban fiestas en honor a Atenea, a la que regalaban un manto nuevo, fabricado por las doncellas de la ciudad.
            Se hacía una procesión en la que todas las doncellas solteras participaban para honrar a su protectora, que seguía siendo soltera. No sólo protegió a la región con sus tropas, que fueron aumentando paulatinamente, sino que les enseñó el arte de navegar, de forma que los atenienses llegaron a ser la primera potencia marina de su tiempo.
            Como doncella llegó a llamarse Atenea Párthenos y como guerrera se llamó Atenea Prómajos.

5.- Febo viaja al Parnaso

        La isla de Sérifos estaba destinada a desaparecer, como le sucedería a otras islas del Egeo. Los seísmos y maremotos se habían multiplicado, tras la construcción de los puentes, que la unían con Amorgos y Paros. La placidez de sus playas ya no era tal, porque el mar se había tragado la mayoría de la arena y los pescadores ya no podían recoger el pescado que solían tener como alimento básico.

       El clan de la lira se iba dispersando, porque todos los habitantes de la isla, más tarde o más temprano, iban emprendiendo su viaje de salvación, antes de que los puentes se perdieran del todo, porque la aventura de viajar por mar les resultaba peligrosa. Quien más quien menos, todos tenían miedo a un futuro incierto.

También Febo, con 17 años, consideraba que debía buscar un nuevo destino. La isla de Delos, la flotante, no parecía tener tantos riesgos como las otras islas. Todos habían llegado a la conclusión de que la tierra se revolvía a partir de Thera, y las islas más lejanas tardarían más en perder su estabilidad. Por supuesto, la mayoría de los jefes de clan creían que la isla de Thera había desaparecido la primera, como castigo de la Madre Naturaleza, por su afán de dominio y sus incursiones guerreras.

Febo se había convertido en un experto médico, utilizando las plantas que tantas veces había recogido y aprendido a emplear, con ayuda de la nodriza Eufeme. También había aprendido a recoger el veneno de algunas serpientes, que, administrado en cantidades dosificadas, servía para aliviar todo tipo de dolores.

         Mnemósine había muerto, a pesar de los esfuerzos de Febo para aliviar sus dolores de cabeza, que en los últimos días le habían resultado insoportables. Febo seguía dedicándose también a su música, que salía de su lira con una facilidad asombrosa. Incluso había formado una especie de escuela de música, en la que participaban todos los jóvenes que sentían la necesidad de expresar sus sentimientos por medio de la música. Pensaba llevarlos consigo, si conseguía viajar al lugar que se había propuesto.

     También había aprendido a interpretar las señales que le revelarían el futuro, gracias a las enseñanzas de Urania. Una de las mejores cualidades del joven era saber escuchar y saber observar. Urania le había inculcado la paciencia necesaria para escuchar lo que tuvieran que decirle. Escuchando, podía adivinar lo que cada uno necesitaba. 

        Cuando los puentes empezaron a caer y los canales que cruzaban la isla empezaron a traer el agua turbia, que ya no servía para beber, decidió emprender su viaje, con todos los que quisieran acompañarle. Entre ellos las tres jóvenes que le habían educado. Quizá influido por su hermana Artemis, aún no se había decidido a tomar esposa, aunque había tenido varias aventuras amorosas.

       Una de ellas había sido con una de las amigas y compañeras de su hermana, Cirene, joven cazadora, que, como Artemis, había decidido no casarse. Pero al conocer el amor de Febo y nublada por su belleza, cedió a sus deseos y tuvieron un hijo, llamado Aristeo. Aristeo se convertiría con el tiempo en el mejor apicultor de la época.

            Después de equipar las naves, que transportaban a casi todos los habitantes de Sérifos, pusieron rumbo a tierra firme, a la Hélade, que otros isleños habían elegido como meta. Pero en lugar de quedarse en la región del Ática, se dirigió a la gran isla que había fundado Pélope, el Peloponeso. Allí varó sus naves y siguió el viaje a pie.

            Llegó a Epidauro, ciudad con frondosos bosques de eucalipto, cuyas propiedades ya conocía. Le gustó tanto que decidió fundar allí un oráculo y una escuela de medicina. Al frente de ella puso a su hijo Asclepio, hijo de Corónide, una de sus aventuras, que, como casi todas, acabó desgraciadamente, porque Corónide fue atravesada por una flecha de Artemis, que no perdonó el desliz de Corónide con su hermano. Asclepio aprendió de su padre el arte de la medicina, las plantas y el veneno, como remedio curativo, y, quizá lo más novedoso, el arte de curar por medio del sueño. Inducían al paciente a dormir y luego, durante el sueño, se le revelaba su propia curación.

            A pesar de que los amores de Febo duraban poco tiempo, mientras iban de camino a su nuevo destino, tuvo una aventura algo más duradera con Urania, su consejera en materia de adivinación. De esta relación nacieron dos famosos músicos, Lino y Orfeo.

            Desde Epidauro, Febo siguió andando hasta encontrarse con el mar de nuevo. Para llegar al destino que había soñado, Delfos, debía volver a cruzar el mar y, esta vez, lo hizo solo, con ayuda de los delfines, que se prestaron voluntarios a llevarle hasta la cordillera del Parnaso.

            Después de salvar la distancia hasta Delfos, a través de los montes, donde dejó a sus jóvenes compañeras Calíope, Melpómene y Urania, para que fundaran una casa de las artes, se dirigió solo al oráculo, que era propiedad de un anciano llamado Pitón. Trató de convencerlo para que le cediera el lugar, alegando que él ya era viejo y que él traía ideas nuevas, pero el anciano Pitón no quiso escucharle y se aprestó a la lucha. Lógicamente venció el atlético Febo, por su juventud y por su preparación física.

            Empezó a organizar el oráculo, pensando que necesitaría alguien que le ayudara. Enseguida se acordó de su amiga Sibila. Si ella también emigraba, intentaría convencerla para que le ayudara. El joven Febo se puso al día de las redes de información que ya funcionaban con Pitón, informaciones que le serían de gran utilidad para saber lo que pasaba en todas partes y así poder acertar en sus vaticinios.

        Poco a poco fueron llegando sus antiguos compañeros, que se pusieron rápidamente a colaborar con él en su gran empresa. Pronto se dieron cuenta de que estaban bien entrenados como corredores y decidieron construir un estadio, para realizar carreras y otros deportes atléticos, que realizaban todos los días al despuntar el alba. Otra de las ventajas del lugar era la existencia de una fuente de agua clara y continua: la llamaron Calirroe “la que fluye bien”. Y al lugar del oráculo le pusieron el nombre de Delfos, en recuerdo de los delfines que habían ayudado a Febo a llegar.

        Cerca del oráculo, construyeron una especie de santuario, para que los suplicantes, que venían a pedir consejo o adivinación, pudieran reposar del viaje y presentaran sus peticiones a Febo. Solía atender a todo tipo de personas; si eran ricos, les pedía como pago una cantidad de oro; si eran pobres, los atendía gratuitamente. Eso sí, todos debían llevar un cabrito recién nacido, al que bañaban en la fuente Calirroe. Si el animal temblaba con el agua helada, la pregunta era respondida. Cerca del santuario, construyeron una casa, donde se alojaban los antiguos sacerdotes de Pitón, ya asimilados a las nuevas ideas de Febo.

        Febo observaba a los peticionarios, como bien le había aconsejado Urania, y con sus informaciones, relativamente recientes, daba sus oráculos, de forma tan ambigua que siempre acertaba. La sacerdotisa, a la que pronto llamaría pitonisa, en recuerdo de Pitón, daba respuestas, que parecían absurdas y que luego eran interpretadas y explicadas por los sacerdotes.

     En el lugar en que se situaba la pitonisa había una cueva con emanaciones sulfurosas, lo que hacía que la joven entrara en una especie de ensoñación, que, unida a los efectos de hojas de laurel, que masticaba, daban la impresión de que la pitonisa estaba en trance. Poco tiempo después de la situación de trances, daba su respuesta.

         El oráculo se hizo tan famoso que llegaban personas de toda la Hélade, e incluso de tierras lejanas, para hacer sus preguntas. Con el tiempo, el personaje de Febo fue objeto de múltiples historias y mitos, de modo que los habitantes de Delfos lo divinizaron.

       Como dios de la inteligencia, la adivinación y la medicina, fue confundido con Helios, el dios del sol, hermano de Selene, que también sería confundida con Artemis, como hermana melliza de Febo Apolo. El nombre de Apolo se convertiría, con el tiempo, en sinónimo de belleza masculina.




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            Esta nueva trilogía está dedicada a todos mis nietos, que, en este momento, son seis: Eder, Ricardo, Julen, Paula, Mariana y Aitana. Con esta nueva historia quiero explicaros que, desde el principio de los tiempos, lo más importante fue la Naturaleza. Los dioses aparecieron tiempo después, cuando algunos seres que existieron y destacaron por algún hecho importante, fueron mitificados y llegaron a convertirse en dioses, pero sólo en la imaginación de la gente. Algunos de estos dioses fueron los dioses griegos y éstos son los que quiero explicaros. También fueron niños y pasaron aventuras y llegaron a ser tan conocidos, que la leyenda los convirtió en dioses.

Es posible que vivieran en la antigua y desaparecida Atlántida y ahí los he situado. De las distintas versiones sobre la Atlántida, he elegido como primera opción la leyenda que la sitúa en el mar Egeo. Más adelante, la situaré en la civilización azteca, y por último en Tartessos.

           Espero que os gusten estos nuevos cuentos y que aprendáis algo con ellos. Al fin y al cabo, ésa es mi intención, que aprendáis leyendo y que leáis aprendiendo.


LOS INICIOS DE ATLANTIS

Una historia imaginada, que bien podría haber sido cierta.


Los diez clanes de Atlantis:

Clan del Asta                Isla de Siros                     Herreros                     Vulcan
Clan de la Vid               Isla de Naxos                  Viticultores                 Dión
Clan del Mar                 Isla de Tinos                    Pescadores                 Posidón
Clan de la Piedra           Isla de Paros                   Marmolistas                Hebe
Clan del Fuego              Isla de Delos                   Tintoreros                   Artemis
Clan de la Espiral          Isla de Amorgos             Magos/médicos           Selene
Clan del Ofidio              Isla de Milos                  Oráculo                        Sibila
Clan del Toro                 Isla de Andros               Orfebres                       Dédalo
Clan de la Lanza            Isla de Thera                  Guerreros                     Palas
Clan de la Lyra              Isla de Sérifos                Músicos                        Febo

Gobierno general centralizado

Clan de Olimpo Isla de Creta Gobierno Zeus/Ira

Reyes de clan
Vulcan =     hijo de Ira
Dión            hijo de Zeus y Sémele
Posidón =    hermano de Zeus
Hebe =        hija de Zeus e Ira
Artemis =    hija de Zeus y Leto, hermana melliza de Febo
Selene =      hija de Helio y Persis
Sibila =       hija de Dárdano y Nesis
Dédalo =     hijo de Alcipe y Eupálamo
Palas =        hija de Zeus y Metis
Febo =         hijo de Zeus y Leto, hermano mellizo de Artemis
Zeus =         rey de reyes, hijo de Crono y Rhea
Ira =            esposa y hermana de Zeus

Significado de los colores:

1.- Color azul, Isla de Delos, porque es la isla central y predomina el color del mar.

2.- Color dorado, isla de Creta, donde abunda el oro, y porque sus reyes, Zeus e Ira, comen las manzanas doradas de la juventud.

3.- Color vino, Isla de Naxos, porque es la isla de las uvas y es la característica de Dión, futuro dios del vino con el nombre de Dioniso.

4.- Color verde, por el color de las algas. En la isla de Andros

5.- Color rojo de la isla de Siros, por sus atardeceres y las fraguas creadas por Sethlas.

6.- Color blanco, Isla de Milos, de Sibila, porque las Sibilas viven en las cavernas de oráculos y ven poco la luz del sol

7.- Color negro de la isla de Thera, por su carácter volcánico y porque se dedican a la guerra.

8.- Color gris de la Isla de Amorgos, es el color que toma el cielo en las noches iluminadas por la luna, y el color del polvo que sale de las canteras de caliza

9.- Color violeta de la isla de Sérifos

10.- Color rosa, de la isla de Paros, por el mármol.

11.- Color plateado, de la isla de Tinos, el color de las escamas de los pescados y el color del tridente de Posidón



1.- Los mellizos

La isla de Delos, la brillante, en el centro de las Cícladas, en el mar Egeo, estaba de fiesta. La reina Leto había dado a luz a dos hermanos mellizos, Artemis y Febo. Enseguida vistió a los niños de azul, el color preferido de los tintoreros; porque los habitantes de Delos se dedicaban a teñir las telas y cueros que otras islas cercanas fabricaban y preparaban.

Había una total colaboración entre las islas del Egeo, sobre todo, porque así sobrevivían y prosperaban. Había diez islas importantes, de las que dependían otras más pequeñas y que colaboraban bajo el gobierno de una reina o un rey. Las familias reales eran parte de diferentes clanes, cuya línea de sucesión era siempre femenina: las herederas eran siempre las princesas y sólo en el caso de no tener hijas, las reinas nombraban sucesor a uno de sus hijos, el que más lo mereciera por sus cualidades, no siempre el mayor en edad. La sociedad era matriarcal.

El Clan del Fuego reinaba en Delos hacía varias generaciones. La felicidad y la prosperidad eran generales. Lo que nadie sabía era que los mellizos eran hijos del gobernador general, el rey de reyes, Zeus. Pero la reina no tenía que dar explicaciones de quién era el padre de sus hijos. La costumbre general era que la reina tomara un esposo cada año, que luego era despedido y reemplazado por un nuevo campeón. En cuanto la reina tenía descendencia femenina, ya no necesitaba tomar esposo, porque ya se nombraba reina a la princesa.

Artemis y Febo eran rubios, con ojos azules y de gran belleza. Cuando los niños cumplieron los tres años, Artemis fue nombrada reina sucesora y la niña se comportó en la ceremonia como una verdadera reina. Febo la miraba entusiasmado: su hermana era preciosa, aunque un poco altanera. Andaba con pasos lentos y precisos, siempre acompasados, como si oyera una música, que la fuera guiando.

Él se encargaría de poner música en todos los momentos de su vida, porque él oía sonidos sin necesidad de pensar en ello, los sentía. Tenía la madre y la hermana mejores del mundo y las defendería siempre, contra todo y contra todos y haría que su vida fuera feliz.

  • Tenéis que dedicaros a algo que os guste y nos ayude a todos los que habitamos la isla. – dijo Leto a sus hijos, el día de su quinto cumpleaños.
  • A mí me gusta la caza y los ejercicios atléticos. – dijo Artemis
  • Me parece bien, porque así formarás un grupo de caza, que nos ayudará a tener variedad en la comida. En cuanto al ejercicio, te vendrá bien para la caza, pero debes tener un grupo de jóvenes de tu edad, que compartan tus ejercicios. Podríamos necesitar guerreros alguna vez y tú serías la jefe de nuestro ejército.
  • Ya tengo amigas. No quiero niños en mi grupo.
  • Bueno, eres aún muy joven. Ya veremos cuando tengas cinco años más. Los guerreros deben ser de ambos sexos: hombres, por su fuerza, y mujeres, por su astucia.
        La niña miró a su madre con el ceño fruncido, como si no entendiera que hablase así. El único hombre que le parecía inteligente era su hermano, aunque le trataba como si fuera más pequeño que ella, y sólo era unas horas más joven.

  • No necesito chicos. Tú estás sin esposo desde que nacimos mi hermano y yo y te veo siempre feliz. – dijo la niña.
  • ¿Y tú? – preguntó Leto a Febo rápidamente, porque no quería responder a su hija, - ¿Qué piensas hacer? Siempre te veo en el campo, recogiendo plantas.
  • A mí me gusta la música, madre. Cuando miro los campos y la Naturaleza, me parece que todo tiene un sonido propio. Además, cada planta me dice para qué puedo utilizarla.
  • Entonces te voy a entregar el regalo que tu padre Zeus te hizo cuando naciste: una lira de oro.

Mandó a una de sus doncellas que trajera una caja de madera, decorada con hilos de oro. El niño la abrió impaciente y se quedó con la boca abierta, al ver la belleza de la lira. Enseguida pulsó las cuerdas y su sonido nítido y puro aún le entusiasmó más.

  • ¿Por qué no me la has dado antes?
  • Porque me parecía que eras demasiado pequeño y además, no estoy segura de que ser músico sea un buen oficio para un príncipe.
  • No es un oficio, madre, es una distracción y una necesidad. Necesito sacar música de esa lira y cantar a la Naturaleza. Al fin y al cabo, es nuestra madre y nuestra diosa. Ella me ayudará a tocar la lira, como me ayuda a encontrar las plantas que busco.
  • Iba a preguntártelo: ¿por qué buscas plantas durante las horas de luz? ¿Para qué las quieres?
  • Madre, Naturaleza me ha enseñado a encontrar plantas curativas y las voy guardando para cuando se necesiten.
  • ¿Para qué las vas a necesitar?
  • Porque quiero dedicarme a la medicina, para curar a todo el que esté enfermo.
         Leto miró a su hijo con afecto. Era un chico encantador y todo el mundo le quería. Artemis era más seria y elegía con quién quería hablar; y eran pocos los que le agradaban. Sería una buena reina, pero tendría que aprender a tratar con todo tipo de personas. Ella siempre catalogaba a los demás por su inteligencia, o por lo que ella consideraba como inteligencia, es decir, que entendieran a la primera lo que ella decía. Aún no había aprendido a ver que hombres y mujeres eran diferentes y se podían complementar. Siendo tan pequeña, ya pensaba que ella no se casaría ni admitiría el hecho de tener que elegir un campeón. Si tenía que nombrar una sucesora, quizá podría nombrar a una hija de su hermano. Ya lo pensaría.

Los tres se querían mucho y Febo, sin ni siquiera imaginar lo que pensaba su hermana, pensaba que él cuidaría de ellas. Leto, por su parte, pensaba que había tenido suerte con sus dos hijos.

  • Madre, ¿por qué nuestro Clan se llama Fuego? – preguntó un día Artemis.
  • Porque nuestra isla no tiene un lugar fijo
  • ¿Y qué tiene eso que ver con el fuego?
  • Porque no tiene un lugar fijo debido a las continuas erupciones del volcán. A pesar de ello, nos mantenemos vivos y no nos falta trabajo.
  • Sigo sin entender por qué le han dado ese nombre.
  • Los jefes de otros Clanes dicen que antes era una isla flotante y que Naturaleza la ató con cadenas al fondo del mar.
          Artemis seguía con cara de no entender, y entonces fue a Febo al que se le iluminaron los ojos.

  • ¡Claro! ¡Qué interesante! - dijo Febo – y supongo que Naturaleza mantiene el fuego de los volcanes vivo para que podamos fabricar nuestros tintes.
  • Exacto. – dijo Leto admirada -. No me equivocaba cuando pensé que serías inteligente. Eso ayudará a tu hermana en el gobierno.
  • Trataré siempre de adivinar sus pensamientos y aconsejarla lo mejor que pueda.

    Ambos niños salieron de la sala donde charlaban con su madre, pensando lo mismo: a su madre sólo le interesaba seguir gobernando en la isla y que su hija siguiera con su misión. Ahora empezaban a entender por qué aceptaba las órdenes de Zeus, era igual que él.


          Así y todo, era su madre y ellos la querían: harían por ella lo que fuera necesario.



2.- Las manzanas de la juventud

          La niña empezó temprano esa mañana a recoger sus manzanas doradas como el sol. Le gustaba el olor de la Naturaleza y el olor de las manzanas; sólo podía recogerlas en un lugar determinado, que sus padres le habían indicado. Cuanto antes terminara, más tiempo tendría para jugar.

Sus padres eran los reyes de Creta: Zeus e Ira. Habían enviado a la niña a vivir a la isla de Paros, con la intención de que fuera la reina. Zeus quería colocar a sus hijas e hijos (que eran muchos) en las distintas islas, para formar parte de los Clanes, pues su intención era dominar todas las islas del Egeo por medio de sus hijos. Ira no siempre estaba de acuerdo, porque la mayoría de estos hijos e hijas no eran de ella, sino de las múltiples aventuras de su esposo. No era el caso de Hebe, hija de ambos, y por tanto la preferida para Ira.

Hebe había nacido en Paros, cuando Ira había ido a supervisar unos bloques de mármol rosa, que se extraía allí y era utilizado para las mejores obras y figuras decorativas. Ambos, Ira y Zeus pensaron que era una oportunidad para dejar allí a la niña. Su dulzura y belleza haría que todos la quisieran y que la aceptaran como reina.

   Sus nodrizas eran las Horas, tres hermanas que representaban las estaciones, Eunomía, Dice e Irene. Ellas eran las mensajeras de la Naturaleza y ayudaban a Hebe a elegir las mejores manzanas doradas. Jugaban con ella y le iban enseñando todo lo necesario para llegar a ser una buena reina.

  • ¿Por qué es tan importante que yo recoja las manzanas todos los días?
  • Porque son las manzanas que dan la juventud y la inmortalidad a tus padres, por eso te han dejado aquí con nosotras, para que sólo tú puedas recoger las manzanas y llevárselas a ellos – dijo Dice.
  • No entiendo por qué no dejan que otros coman estas manzanas.
  • Tú significas la juventud y ellos quieren ser siempre jóvenes. Si dejaran que otros comieran las manzanas doradas, todos serían inmortales y ellos no tendrían el privilegio de vivir, mientras los demás van muriendo.
       La niña seguía sin entender a sus padres. Tampoco les tenía mucho cariño, porque casi no los veía y pensaba que ellos no la querían. En cambio las tres hermanas encargadas de su educación, las Horas, sí parecían quererla.

  • ¿No tienen bastante con ser los reyes más poderosos de las islas y tener más riquezas que todos los demás? – siguió insistiendo Hebe-
  • Ellos piensan que su mejor riqueza es la juventud y la belleza.
  • Y la inmortalidad, según me has dicho, aunque yo no entiendo qué significa inmortalidad.
  • Pues que vivirán siempre.
  • Eso no es posible, porque yo he visto morir a algunas personas. Todos moriremos alguna vez.
  • Ya te lo explicaremos cuando seas algo mayor – dijo Dice-, para acabar una conversación que se le estaba yendo de las manos.

Hebe aceptó lo que decían; seguía pensando que no era justo que sus padres acapararan las manzanas para ellos, además de otras muchas cosas. Pero Dice era la Justicia y se fiaba de ella. Ya había terminado sus tareas de ese día y prefería seguir jugando.

Sólo tenía siete años, pero intentaba siempre entender el porqué de todo lo que sucedía en su vida. Fue a ver a su mejor amiga, Ilia, hija del jefe del taller de marmolistas más grande de la isla. Solían pasar casi todas las tardes juntas y, si se lo permitían, dormían juntas, porque era el mejor momento para contarse sus cosas.

  • Tenemos algunos trozos de mármol que nos ha dejado mi padre para jugar, - dijo Ilia -, ¿quieres que hagamos figuritas como si fueran flores?
  • Estupendo, ya sabes que a mí me gustan las flores, pero con el mármol rosa sólo podremos hacer rosas.
  • Podemos hacer lo que queramos, porque hay aquí unos tintes que suele usar mi padre y me ha dicho que podemos usarlos, si queremos; podríamos hacer violetas, amapolas y otras flores de colores.
  • ¿Y qué hacemos con las flores que vayamos tallando?
  • Podemos colocarlas en la ventana de nuestra habitación, así parecerá que son naturales.

Hebe asintió con la cabeza, no muy convencida de sustituir flores naturales por flores de mármol. Era un juego más y las dos amigas siempre se imaginaban cosas irreales para hacerse su propio mundo, en el que no dejaban entrar a nadie más.

  • Os he traído unas manzanas, de las que comen mis padres. Me gustaría que tus padres y tú comierais de ellas, porque son estupendas. Vosotros sois como mi familia. A veces me siento sola, porque mis padres no vienen nunca a verme, sólo los veo si mis nodrizas me llevan a Creta.
  • ¿Cómo es Creta? ¿Es tan grande y bonita como dicen?
  • Sí. Pero yo me siento más feliz aquí, porque es donde viven mis amigos; además, me gusta recoger manzanas y pasar mi tiempo contigo y tu familia.
  • Ya sabes que te queremos como una más de la casa. Tus nodrizas vinieron a pedir leche para ti cuando acababas de nacer y mi madre se ofreció a amamantarte a la vez que a mí; creo que somos hermanas de leche, que es más que si fuéramos hermanas de padres.
  • No lo sé, pero te quiero a ti más que a mis hermanos que no conozco.

Hebe decía la verdad. No conocía a ninguno de sus hermanos; le gustaría conocer a Ares, pero él tenía otras cosas mejores que hacer que visitar a su hermana pequeña. En cuanto a su otra hermana Ilitía, vivía con su madre siempre. La había visto una sola vez y le parecía demasiado seria y con poca personalidad, porque siempre obedecía a su madre en todo, sin discutir nunca sus órdenes. Sus otros hermanos eran hijos sólo de su padre y no le gustaba que pudieran hablarle de otra madre, que no fuera la suya.

Por la noche, Hebe volvió a su casa con sus nodrizas. Era Eunomía la que siempre la acompañaba a la cama y le contaba historias antiguas del origen del mundo y de la madre Naturaleza. Eunomía era sensata y procuraría que la niña también lo fuera. La niña casi siempre se dormía soñando con ser una heroína como las protagonistas de los cuentos.

  • Cuando sea mayor, quiero ser como Gea y tener una hija como Naturaleza. – dijo un día a Eunomía.
  • Serás mejor que ellas, porque serás una reina joven, guapa y sensata.
  • Yo no quiero ser reina.
  • Tendrás que serlo porque tu padre así lo ha decidido. Serás reina de esta isla.
  • Pero ellos son de otro clan.
  • Seguramente te adoptarán en el Clan de la Piedra.
  • Me gustaría que me adoptaran, pero para ser una más entre ellos, no para ser su reina.
       Eunomía entendía muy bien a Hebe. A ella tampoco le gustaba destacar. Habría querido vivir allí con la niña para siempre y que la niña no creciera y siguiera siendo tan dulce. Pero no podía seguir soñando despierta...

  • Bueno, ya habrá tiempo de hablar de todo esto, - dijo Eunomía – Ahora duerme y descansa, porque mañana vamos a ir de excursión.
  • ¿Podemos llevar con nosotras a Ilia?
  • Pues claro. Y también a tus otros amiguitos. Pasaremos el día jugando en la islita que se ve desde aquí. Allí no hay canteras y el aire es más puro. Jugaremos a la pelota. Ya os he preparado una con cintas de seda.
  • ¿Y podemos llevar bocadillos y no tener que comer fruta?
  • Sí, dijo Eunomía riendo. Alguna vez podemos saltarnos las normas, sin que se entere nadie.
  • ¡Viva!
  • ¿Van a venir también tus hermanas?
  • Por lo menos Irene tiene que estar con nosotras, porque así pondrá paz y no os pelearéis. Preguntaré a Dice si quiere venir, pero no sé si podrá, porque la ha llamado el jefe de clan para que arregle un problema entre dos vecinos, que no se ponen de acuerdo en cuál es el límite de sus tierras.
  • ¡Qué difíciles son las personas mayores! – dijo la niña ya medio dormida.

Hehe enseguida se quedó dormida, soñando con la excursión del día siguiente. Si llegaba a ser reina, pondría una ley para que todos los niños tuvieran un día de excursión cada seis o siete días. Sería genial.

3.- Los delfines

  • Tienes que comer, - decía la nodriza al pequeño Dión de cuatro años.
  • No tengo hambre, Nefeli, ya he comido unas uvas.
  • ¡Pero no puedes alimentarte sólo de uvas!. Además, tu padre ha pensado que hagas un viaje por las islas y tendrás que acostumbrarte a comer lo que haya en cada lugar.
  • Y ¿por qué?
  • Porque es de mala educación no comer lo que te han puesto en la mesa.
  • ¿Y si no me gusta? No creo que haya nadie que cocine como tú.
    Nefeli se echó a reír. Quería al niño como si fuera su propio hijo y el niño la quería a ella, porque era la madre que había conocido siempre. Además le hacía gracia y admiraba su rebeldía.

  • No puedes desairar a quien sea tu anfitrión, porque se podrían enfadar con tu padre y eso no le interesa a nadie. No lo olvides, porque es importante para que todas las islas estén siempre en buenas relaciones.
  • ¿Y a mí qué me importa? Ojalá todos se enfadaran con mi padre y no tuviera que verlo más, ni a él ni a su esposa. Es fea y desagradable.
  • No digas eso. Ira es guapa. El problema es que no te cae bien y por eso la ves fea.
    Nefeli procuró que el niño no la viera reírse. Tenía razón sobre Ira. Era una mujer desagradable y mandona. Pero el niño era demasiado pequeño para contarle muchas otras cosas.

El pequeño Dión no quería salir de su isla, Naxos. Que su padre dijera lo que quisiera. No se ocupaba mucho de él, porque vivía en la gran isla de Creta. Su madre Semele había muerto al nacer él y se había criado en brazos de la joven Nefeli. Era un niño alegre, aunque un poco rebelde y solía hacer lo que quería, sobre todo, cuando no entendía las órdenes de su padre, que era casi siempre.

  • No entiendo por qué tiene que haber tantas reglas.
  • Tienes que obedecer a tu padre – dijo Nefeli – El Clan Olimpo tiene mucho poder; acabaremos todos bajo su mando.
  • Yo no, - dijo Dión – me gusta el Clan de la Vid, porque es el clan al que pertenecía mi madre, y no pienso irme de aquí.
     Nefeli sonreía. Era inútil discutir con el pequeño Dión. Sabía cómo salirse con la suya, sobre todo con su sonrisa traviesa, con la que conquistaba a todos.

Un día llegó una embajada de Creta. Dión debía embarcar y viajar a Trinacria, que estaba en el otro mar del Oeste. Allí lo recibiría un amigo de su padre, que era rey. Nefeli vistió al niño con sus mejores ropas y le puso al cuello un medallón de su madre, para que pudiera ser identificado, si se perdía, aunque no creía que esto sucediera, porque el niño no perdía ni un detalle de nada.

  • ¿Qué tal ha estado el viaje? – preguntó el rey Hierón, cuando el barco cretense llegó al principal puerto de Trinacria.
  • Me ha gustado mucho. Quisiera hacer más viajes por mar. Había unos peces que saltaban fuera del agua y me saludaban.
  • Son delfines – sonrió Hierón – y están acostumbrados a ver personas. Por eso no se asustan y acompañan a los barcos.
  • Pues quiero volver a verlos y saludarlos.
  • Te prepararé una excursión. Tengo buenos marinos, que te acompañarán. Será parte de tu educación, porque tu padre piensa dejarte aquí dos o tres años, para que aprendas cosas distintas, sobre todo, a ser un rey sensato.
  • Ya salió mi padre y sus normas – protestó Dión - pues no me quedaré, a no ser que me lo pase bien. La gente importante es muy aburrida. ¿Tú eres aburrido?
     Hierón se echó a reír. Aquel niño le gustaba más de lo que habría podido imaginar. Sería divertido enseñarle o quizá decirle lo que todo el mundo pensaba de su padre. Sospechaba que el niño ya lo sabía.

  • Te aseguro que lo pasarás bien y aprenderás cosas útiles.
  • Pero no pienso ser rey. – insistió Dión - Es más cómodo ser una persona sencilla. Quiero tener amigos de verdad y los reyes no tienen amigos de verdad, sólo de conveniencia.
  • Veo que tienes sentido común.- dijo Hierón, poniéndose serio.
      La excursión se hizo, pero los marinos, viendo que era un niño tan pequeño, decidieron quitarle su medallón de oro y la bolsa con oro que llevaba atada al cinturón. Luego lo echaron al mar. Dirían que se había caído y no habían podido encontrarlo.

Pero su sorpresa fue enorme cuando, al regresar a puerto, vieron que el niño llegaba también montado en un delfín. No podían explicarse cómo había conseguido salvarse.

  • Son estupendos estos peces – contaba Dión al rey – y saben comunicarse con nosotros.
  • ¿No has pasado miedo?
  • No. Además, estos marinos pensaban contarte que me había caído al agua. No saben que es muy difícil engañarme, aunque sea pequeño. Ahora tienes que decirles que me devuelvan el medallón de mi madre, porque es el único recuerdo que tengo de ella.
    El niño hablaba como si no le importara lo que habían intentado hacer los marinos. Sólo parecía importarle el nuevo amigo que había encontrado.

  • Ya veo que es difícil engañarte – dijo Hierón admirado – Ellos recibirán su castigo y a ti te servirá de experiencia, para no fiarte de nadie.
     Dión ya no lo escuchaba. Estaba saludando al delfín, que todavía seguía en el puerto. Ya tenía un buen amigo. Vendría todos los días a verle y le enseñaría a hablar, porque estaba seguro de que podía hablar, aunque no fuera con palabras.

  • ¿Qué haces todos los días en el puerto? – dijo un día Hierón.
  • Estoy enseñando a hablar al delfín. ¿Te has fijado que hace un sonido que parece música?
  • Sí. Los delfines se comunican entre ellos, por medio de sonidos. Si consigues entender a uno, los entenderás a todos.
  • ¿Habrá más delfines en estas aguas?
  • Si tu amigo delfín los llama, vendrán en pocos días.
  • Pues pienso darme una vuelta por el agua con el mío.
  • No te confundas. No puedes decir que es tu delfín. En todo caso, es tu amigo. Los delfines son muy independientes, aunque son amigos fieles. Debes pensar en un nombre para él y llamarle por ese nombre. Se sentirá más unido a ti y vendrá siempre a verte.
  • ¿Y tú cómo sabes tanto sobre los delfines?
  • Porque yo también tuve un delfín como amigo, cuando era niño. Y fue mi amigo hasta que se sintió enfermo y se marchó a morir entre los suyos.
  • ¿Te lo dijo él?
  • Sí. O yo creo que me lo dijo. Sentí como si hubiera perdido a un hermano.
     Dión empezaba a tener aprecio a aquel hombre: no parecía un rey, casi se parecía más a lo que él pensaba que era un padre, aunque no lo sabía por experiencia propia. Además la esposa de su padre, Ira, parecía odiarle, quizá porque su madre había sido mucho más guapa que la orgullosa reina de Creta.

Pensó que él no dejaría que su amigo delfín se fuera sin él. Le buscaría un nombre. Y estaría siempre con él. Lo llevaría a Naxos cuando volviera. Estuvo varios días pensando cómo hablar con su amigo y qué nombre ponerle, porque, si era tan inteligente, querría tener un nombre bonito. Ya lo tenía: le llamaría Filomelo = el amigo de la música.



4.- La Isla de Thera.

La pequeña Palas practicaba con su lanza y su escudo, regalos de su padre. Era una niña tan inteligente que comprendía los motivos de su padre Zeus para formarla como buena guerrera. Por eso la había dejado en la isla de Thera, que educaba a los niños como guerreros desde pequeños. Y ella era una de las mejores. Desde los siete años formaba parte de un grupo de niñas y niños que vivían en campamentos, entrenándose y haciéndose fuertes. Constituirían la defensa de todas las islas del Egeo, por si había alguna invasión del exterior, aunque no era probable. Tenía diez años y era una de las mejores guerreras, líder entre los niños y niñas de su edad, por su carácter y su fortaleza física y mental.


El número siete era su preferido: había nacido el día siete del mes séptimo; tenía un grupo de siete amigas y amigos y en la tienda del jefe del Clan de la Lanza había siete lanzas, regaladas por el Clan del Asta de la isla de Siros, que eran los mejores herreros conocidos.

  • Palas, ¡ven enseguida! - gritaba Gnome, la mejor amiga de la niña, saliendo de la tienda que compartían en el campamento.
  • ¿Qué pasa? Parece que sucede algo importante
  • ¡Es que ha sucedido algo importante! Ven a verlo.
  • ¡Qué preciosidad! - dijo Palas, que llegaba sonrojada, más por la emoción que por la carrera. - ¿De quién es?
  • Tuya. Te la envía tu padre. Nunca había visto una coraza tan bonita ni tan bien hecha. Yo creo que es de oro.
Encima del colchón donde dormía Palas, habían colocado una preciosa coraza, acompañada por unas grebas, para proteger las piernas y unos guanteletes, para proteger las manos, también de metal dorado.

  • ¡Qué exagerada! ¿Cómo va a ser de oro?
  • Tu padre puede permitírselo. Todo lo que las islas recogen ... Gnome se quedó parada, porque no se atrevía a seguir hablando.
  • No te preocupes, continúa. – dijo Palas- Ya sé que mis amigas tratáis de que no me entere, pero sé que todos critican a mi padre. Tengo que ir a verle y preguntarle si es verdad lo que dicen de él: que se aprovecha del trabajo de los demás.
  • Palas, yo no quería disgustarte; sabes que te quiero y que eres mi mejor amiga. Además no sé si los rumores son ciertos o no.
  • Por eso tengo que averiguarlo por mí misma. En cuanto me den permiso, iré a ver a mi padre. No creo que se atreva a negar algo que yo vea que es evidente.
        Palas se dispuso a realizar su viaje para visitar a su padre. Lo admiraba bastante, pero sabía que, a veces, resultaba injusto con los demás, aunque ella comprendía que ser rey obligaba a hacer cosas desagradables para los otros. La distancia desde Thera a Creta no era demasiada. Además ella era una guerrera y estaba a acostumbrada a marchas por tierra y por las continuas elevaciones de su isla.

Este viaje era por mar y le parecía fácil y cómodo.

. ¡Hija! ¡Cuánto has crecido! – dijo Zeus al verla
  • Lo natural en una niña fuerte como yo – contestó Palas y, en tono de reproche, añadió – aunque tú lo notas más, porque llevas bastante tiempo sin verme.
  • Hija ...
  • Ya sé. Tus obligaciones de gobierno no te permiten ocuparte de tu familia. Pero no te preocupes. Lo entiendo. También sé que soy tu hija preferida, por eso no me molesta que no vayas a verme, porque sé que estoy en tu pensamiento.
  • Eres muy inteligente y también mi hija preferida y sé que tú lo sabes. Te he hecho venir para explicarte cuál es tu misión en Thera. No quiero que nadie oiga lo que tengo que decirte.
  • Supongo que quieres que prepare el ambiente para llegar a ser Jefe del Clan de la Lanza. Para ello tengo que organizar el ejército y llegar a ser general en jefe.
  • Me dejas asombrado, eso es exactamente lo que quiero – empezó a decir Zeus – y su hija lo interrumpió, como si no le hubiera oído.
  • Pero, como todavía tengo poca edad, debo ir ganándome la voluntad de todos los habitantes de Thera, para conseguirlo cuando tenga los 14 años, edad en que ya seré mayor de edad. Lo haré como tú quieres. Y sabes que seré fiel a ti.
       Zeus miraba a su hija con la boca abierta. Sabía que era muy inteligente, pero esto le parecía ya algo fuera de lo normal. ¿Cómo podía saber ella cuáles eran sus planes? Había acertado en todo. Tenía madera de líder, como él. La isla de Thera tenía problemas sísmicos y había que dirigir a los súbditos con mano firme. Ella lo haría, incluso mejor que él, porque Zeus, a veces, se “distraía” demasiado cuando conocía a una joven nueva, algo que enfurecía a su esposa Ira y a Palas le parecía propio de un hombre corriente, no de un rey.

Nadie sabía quién era la madre de Palas, aunque se rumoreaba que era una mujer tan inteligente que Zeus la hizo desaparecer, para que no le hiciera sombra a él. Palas estaba decidida a averiguar quién era su madre y a poner las cosas en su sitio, aunque respetaba y quería a su padre. 

      Palas estuvo varios días con su padre, presenciando sus asambleas y tomando nota de todo lo que veía y oía: ella sería una buena reina de Thera, como su padre había dispuesto, aunque sabía que, para ello, tendría que quitarle el puesto a la familia del Clan de la Lanza, que dominaba en Thera en ese momento. Y eso no le parecía justo. Ya vería cómo se sucedían los acontecimientos y lo hablaría con su amiga Gnome, a la que consideraba como a una hermana y que siempre le daba buenos consejos, aunque era sólo un mes mayor que ella.

Cuando llegó el día de su partida de vuelta a Thera, Zeus la acompañó hasta la nave y, mostrándole su bastón de mando, la égida, le dijo:

  • Tú llevarás algún día este bastón de mando, porque mi intención es que me sucedas en el mando general de las islas cuando yo esté ya cansado de gobernar.
  • Tú no te cansarás nunca de gobernar, porque te encanta el poder – rió la niña.
  • Estoy harto de pelear con todo el mundo incluida mi esposa, que siempre intenta llevarme la contraria y no entiende mis motivos para actuar
  • Porque la engañas con demasiada frecuencia – contestó Palas.
  • Es que me aburre mucho, siempre con sus intrigas y sus celos. Pero me extraña que tú la defiendas, porque me parece que no te cae bien.
  • Una cosa es que me resulte necia y aburrida, y otra cosa es que no entienda sus motivos.
     Palas no dijo nada más y se despidió de su padre. No le gustaba Ira, la esposa de su padre, pero la entendía. Su padre era un caprichoso y se había casado con Ira, porque le interesaba. Además le parecía muy guapa y sabía adornarse bien.

Cuando llegó de nuevo a Thera, su amiga Gnome la estaba esperando. Las dos amigas se contaron lo que habían hecho durante los días que habían estado separadas, pero Gnome tenía algo importante que contar a Palas: había descubierto quién era su madre, escuchando los comentarios de las chicas mayores y de los jóvenes que intentaban ya empezar a conquistarlas.

Tengo algo que contarte y creo que es importante – dijo Gnome, hablando directamente del tema, como era característico en ella
  • Supongo que es realmente importante – rió Palas, viendo el rostro serio y preocupado de su amiga.
  • Creo que sé quién es tu madre.
  • ¿Qué?
  • Y creo que estoy en lo cierto, porque todos se callan cuando paso y procuran cambiar de tema de conversación.
  • Dime lo que sepas, ya sabes que soy fuerte, aunque me digas algo desagradable.
  • Creo que tu madre es Metis y que tu padre se deshizo de ella, para que no le estorbara en sus planes de dominio.
     Palas no sabía cómo reaccionar ante la noticia. Estaba segura de que Gnome no mentía. Lo que no entendía era por qué su padre se lo había ocultado y, sobre todo, no entendía por qué su madre podía estorbar a Zeus en su gobierno y por qué se había casado con la desagradable Ira. Haría sus propias averiguaciones, antes de volver a hablar con su padre.

     Tras diversas conversaciones entre las personas mayores, preguntando sutilmente a unos y a otros, Palas, por fin, descubrió que su madre era Metis, hija de Océano y Tetis, a los que Zeus temía porque podían arrebatarle su poder, siendo más inteligentes que él y siendo de una familia más poderosa. Metis era la inteligencia personificada. Ahora entendía por qué ella era inteligente, como su madre.



5.- Medicina natural

El día que cumplió los siete años, Febo fue llevado por su madre Leto a la isla de Sérifos. Ella volvería a Delos, con su hija Artemis, para ayudarla a ser una buena reina y aconsejarla el día que decidiera elegir un esposo. El viaje fue tranquilo, duró más de lo que esperaba, por culpa de una tormenta, pero, por fin, habían llegado a una pequeña playa. El niño había estado todo el tiempo en silencio. No entendía por qué su madre obedecía las órdenes de Zeus y lo alejaba de ella y de su hermana.

  • Madre, no puedo creer que vayas a dejarme aquí solo – dijo Febo muy serio.
  • No voy a dejarte solo, hijo. Tendrás a varias jóvenes que te ayudarán y te educarán, para que seas rey de esta isla, cuando llegue el momento.
  • No quiero ser rey, madre. Y nadie puede cuidarme mejor que tú. Además, ¿quién va a cuidar de mi hermana y de ti, cuando tengáis algún problema?
  • No te preocupes, hijo. Podemos visitarnos cuando queramos. No estamos lejos. Yo vendré cada vez que cambie la luna.
  • ¿Por qué no puedo quedarme con vosotras?
  • Aquí serás feliz, hijo, te lo aseguro. Aquí reina el Clan de la Lyra. Los habitantes de Sérifos se dedican a la música y te admirarán por tus dotes de músico. Casi todos son artistas especiales; estarás como pez en el agua entre ellos. Ahora vamos a ver a la reina, que ha prometido adoptarte como hijo y nombrarte su heredero, porque no tiene hijas.

Febo no dijo nada. Sabía que su madre le quería más que nadie y que debía fiarse de ella. Además le había prometido visitarle todos los meses. Se preguntaba quiénes eran las hermanas que iban a cuidar de él y si tendría que querer a la reina como a su propia madre. Leto le sacó de dudas, adivinando lo que estaba pensando su hijo.

  • Yo no te dejaría en manos de cualquiera, Febo. Estamos aquí porque tu padre quiere que todos los reyes de clan sean hijos suyos. Es la mejor forma de controlar el bienestar de todas las islas. Estamos al oeste de las Cícladas. Las hermanas que van a cuidar de ti son tus tías, son tres de las Musas, precisamente las que pueden ayudarte a desarrollar tus dotes musicales. Son hijas de Crono, el padre de Zeus.
  • Yo no necesito a nadie para mi música – dijo el niño – Prefiero ser autodidacta. ¿Y qué pasa con mis medicinas?
  • Aquí tienes gran variedad de plantas para preparar tus medicinas. He pensado en todo para elegir el lugar del que serás rey. Y Zeus no ha puesto ninguna pega.
  • No creo que cambie de opinión, madre. No quiero ser rey.
  • Ya veremos cuando pasen unos años. Me quedaré unos días contigo, para ver cómo organizamos tu vida en esta isla.

Llegaban ya a la casa de la reina. Estaba construida con piedra, a diferencia de las otras casas de la isla, que eran de adobe o ladrillo. Las personas con las que se encontraban por el camino sonreían y los saludaban. Por lo menos esta gente parecía agradable y feliz, pensó Febo. La propia reina salió a recibirlos en persona.

  • Estaba deseando conocer a este jovencito – dijo la reina Mnemósine, acariciando la dorada melena del niño.
  • ¡Qué alegría volver a verte! – contestó Leto, abrazando a su amiga.- Aquí tienes a mi hijo. Espero que se comporte como un príncipe heredero.
  • Buenos días, señora – dijo Febo, inclinando la cabeza en señal de respeto.
  • ¡Y qué bien educado está! Creo que nos vamos a llevar muy bien. ¿Quieres comer algo? ¿O quizá beber un zumo? El viaje es cómodo, pero el mar produce sed.
  • Gracias – contestó el niño. Me gustaría beber agua fresca, si es posible.
  • Por supuesto, hijo. ¿Puedo llamarte hijo?

El niño asintió con la cabeza. Enseguida centró su atención en tres jóvenes que estaban en la sala en la que acababan de entrar; eran tres chicas bellísimas, con túnicas de color violeta. Las acompañaba una mujer mayor, de aspecto digno: era la nodriza Eufeme, que las había cuidado desde que nacieron. Las tres hermanas corrieron hacia Febo y lo cubrieron de besos. El niño empezó a sonreír. Le gustaban sus nuevas cuidadoras.

  • Te voy a presentar – dijo la reina, en cuanto vio que Febo se separaba tranquilamente de su madre. Ésta es Calíope. La llamamos así porque su voz es la más bella que jamás hemos oído. Ésta es Melpómene, la melodiosa, porque habla con tal dulzura que parece que canta. Y ésta es Urania, la astrónoma. Creemos que te llevarás muy bien con ellas y que te enseñarán todo lo que debe saber un rey del Clan de la Lyra.
  • Y ésta es Eufeme – dijo Urania – nuestra nodriza, que también te cuidará a ti.
  • Y ¿qué significa su nombre? – dijo Febo.
  • La que habla bien”, contestó Urania. Parece que será fácil enseñarte, porque escuchas.
  • Es que me habéis dicho el significado de vuestros nombres y pensé que lo decíais siempre, al presentar a una persona.

La reina Mnemósine le miraba encantada y sonreía a Leto. Era un niño precioso y sensato. Sus súbditos estarían bien gobernados.

Febo miró con curiosidad a las tres jóvenes y a la nodriza, pero su atención se centró en Urania. ¡Qué interesante sería aprender astronomía y poder adivinar lo que los astros ordenaban que sucediera!. Urania era rubia, como sus hermanas, pero sus ojos eran de un color azul oscuro, tan profundos que se podía ver en ellos todo un mundo de luz y sabiduría.

  • Urania, ¿me enseñarás a interpretar los astros?
  • Pues claro, Febo. Ellos nos dicen lo que ha sucedido y lo que sucederá. Sólo hay que saber interpretar sus señales.
  • ¿Y cómo sabes que te dan señales?
  • Los observo a diferentes horas del día y de la noche. Ya te enseñaré cómo hacerlo. ¿Te interesa conocer el futuro o el pasado?
  • Creo que me interesa más el futuro, porque el pasado ya lo conozco.
  • A veces vemos cosas del pasado en las que no nos habíamos fijado. Si piensas en ello, te darás cuenta de que el pasado nos enseña para situaciones futuras.

El niño se quedó pensativo, ante las palabras de la joven. Tenía muchos recuerdos y todos estaban presentes en su cabecita.

  • Es cierto. Recuerdo que tuve que defender a mi hermana y a mi madre, poco después de nacer. Eso me hizo saber que tendría que defenderlas siempre.
  • ¿Y de qué las defendiste? – preguntó Urania divertida.
  • De una enorme serpiente pitón que nos amenazaba a los tres.
  • Esa es una historia interesante y que me contarás con más detalle.
  • Por supuesto, dijo Febo. Ahora sólo te diré que sé que la pitón fue puesta allí por alguien, que no quería que nosotros viviéramos.
  • ¿Sospechas de alguien?
  • Creo que fue la reina de Creta, Ira, porque no le cae bien mi madre.
  • Ya analizaremos eso con más detenimiento y sacaremos conclusiones. Es importante sacar conclusiones de todo lo que sucede.
  • Estoy de acuerdo y ¡me gusta mucho hablar contigo!.- dijo el niño muy serio.

Urania observó al niño con cariño. Era inteligente, como le habían dicho, y cariñoso. Sería un buen rey en un lugar donde la sensibilidad era fundamental para la felicidad de los habitantes de la isla, casi todos músicos. Febo saludó a Calíope y Melpómene, mostrándoles su lira y habló después con Eufeme.

  • A mí me gusta buscar y encontrar plantas.
  • ¿Y para qué las quieres, si puedo preguntártelo?
  • Para usarlas como medicinas. Es increíble lo que puede ayudar una planta, cuando te duele algo o te haces una herida.

Sólo con mirar sus ojos, sabía que ella le enseñaría a encontrar plantas medicinales en la isla de Sérifos y le diría cómo utilizarlas. Empezaba a gustarle el lugar donde iba a vivir de ahora en adelante. Su madre, como siempre, tenía razón.


6.- Dédalo y Naucrates

El joven Eupálamo, hijo de Zeus, y su esposa Alcipe, hija de Ares, contemplaban embobados a Dédalo, su bebé de un año. Era el colmo de la felicidad para ellos desde que nació.

  • Me parece asombroso que nuestro hijo sepa qué juguete quiere, entre todas las figuras de madera que le has hecho – dijo Alcipe.
  • Es lógico que elija la flor y el pez, no sólo porque lo ha visto en la realidad, sino porque son más suaves que otros juguetes. – contestó Eupálamo, ofreciendo al niño unas figuritas que representaban unas ardillas con larga cola, que había hecho con la piel de un conejillo silvestre. – ¡Mira cómo le gustan también estos animalitos!
  • Tienes razón, pero ¿por qué siempre tiene el caballito en la mano? Nunca ha visto un caballo de verdad, pero parece su preferido.
  • Quizá sea porque mi padre, desde lejos, influye en su espíritu. – dijo Eupálamo pensativo y algo preocupado.
Estaba claro que los recuerdos de su padre no eran agradables para Eupálamo. Tampoco lo eran para Alcipe. Su padre Ares no se había preocupado de ella ni la había ayudado en los momentos en que más lo necesitaba.

  • No exageres. No creo que tu padre quiera influir en los gustos del niño, aunque, pensándolo bien, puede ser tu padre o el mío.- reflexionó Alcipe, también algo preocupada.
  • Dejemos de pensar en ello. Hoy es un día luminoso y feliz. El niño está contento y nosotros también. Vamos a la fuente termal para bañarlo y, de paso, nos daremos un baño también nosotros. Hoy me he levantado con dolor en el brazo derecho y quizá las aguas minerales me puedan ayudar a mitigar el dolor.
  • Voy a preparar al niño en un momento y nos vamos.
Salieron al poco tiempo con un hatillo, donde Alcipe había preparado unas tortas de cereal y un poco de pescado asado. Ya cogerían algunos frutos por el camino y beberían agua fresca de los múltiples arroyos que encontrarían en su camino hacia la fuente de la Naturaleza, donde solían encontrarse con otra pareja joven, que también tenía un bebé algo mayor que el suyo. Pasarían el día juntos y se contarían los progresos de los niños.

La relación de la pareja había sido bastante difícil, por las presiones que habían soportado por parte de sus respectivos padres, que se negaban a su matrimonio. Así que decidieron casarse cuanto antes, para no tener que dar explicaciones a nadie. Y también decidieron irse a vivir lo más lejos posible de la influencia de la familia. Ellos harían su propia vida. De hecho, Eupálamo sólo tenía 16 años y Alcipe, 15. Pero vivían de la pesca y de algunas figuras de madera que solía hacer Eupálamo como distracción desde que era niño y que ahora le reportaban algunas monedas, que les permitían comprar telas, con las que Alcipe confeccionaba la ropa para ambos. Ahora también hacía la ropa para su bebé y disfrutaba con ello. Casi todos los habitantes de la isla eran orfebres y tallaban metales, conchas marinas o piedra. Sólo Eupálamo tallaba madera, por eso tenía éxito.

Cuando llegaron a la fuente de la Naturaleza, sus amigos ya estaban esperándolos. Panos y Cloris eran los jefes del Clan del Toro y Panos se dedicaba a tallar objetos de adorno, como collares o brazaletes. Su pequeña hija Naucrates ya daba sus primeros pasos y se acercó sonriendo al ver al pequeño Dédalo.

  • ¡Qué pronto habéis llegado! - Dijo Alcipe
  • Sí, - contestó la joven Cloris, con una sonrisa. Hoy mi esposo ha traído fruta fresca para desayunar y la niña se ha despertado antes. Como le gusta mucho la fruta, ha comido enseguida.
  • ¡Panos! – se acercó Eupálamo, saludando a su amigo - ¡Qué alegría veros!. Pasaremos un buen día. ¿Qué me cuentas de nuevo?
  • Que la niña ya tiene otro diente. – contestó Panos orgulloso.
  • Pues Dédalo tiene sólo cuatro. No sé por qué tardan tanto en salirle.
  • No te preocupes – dijo Cloris – Ya le saldrán. Cada niño es un mundo diferente.
Todos sonrieron y se prepararon para darse un buen baño. Los niños ya estaban dando gritos de alegría al acercarse al agua. Vivían en la isla de Andros, la más lejana a Creta, para no tener la obligación de visitar a Zeus, padre de Eupálamo. Y Zeus tampoco iba casi nunca a Andros, porque le parecía un viaje incómodo y largo.

Andros era una isla con costas escarpadas y abundante vegetación. Había buenas playas en el sur de la isla, pero tan recónditas que sólo las conocían los habitantes de la isla y no solían mostrárselas a los visitantes, para que no turbaran la paz que llenaba sus vidas. Tampoco decían a nadie la existencia de fuentes medicinales que surgían en las laderas de las montañas y que ellos disfrutaban y utilizaban, reuniéndose cada vez que la luna cambiaba, para intercambiar productos con sus vecinos, y presentar a sus nuevos hijos. Eran como una gran familia y se ayudaban unos a otros.

Tenían un sistema de llamada para pedir auxilio, si se encontraban en peligro, que consistía en hacer caer los rayos del sol sobre un mineral que abundaba en la isla, el oro, de modo que los rayos se refractaban y podían verse desde casi todos los rincones de la isla. En todas las casas había en la entrada un trozo plano de oro, para ser usado en caso de emergencia.

Eupálamo había pensado muchas veces hacer figuras con ese mineral, en lugar de hacerlas con madera, porque había observado que el oro era resistente al fuego, que no lo destruía, pero lo fundía y se podía moldear. Se encontraba oro en abundancia cerca de las fuentes medicinales. Quizá se podrían vender mejor las figuras de oro en el puerto sur de la isla, a donde llegaban los mercaderes de las otras islas del grupo de las Cícladas.

Cuando nació el niño, decidió empezar a trabajar el oro. Solía cubrir las figuras de madera con el metal y, cuando se enfriaba, quitaba la base, de modo que quedaba sólo la figura de oro hueca. Enseñaría a su hijo su mismo oficio, si conseguía vender sus figuras. Eupálamo y Alcipe impusieron al niño el nombre de Dédalo, para que, de alguna forma, influyera en su vida y en su destino.

Pasaron cuatro años. Las dos parejas y sus hijos eran ya como una sola familia y compartían alegrías y penas tanto como las ganancias que conseguían vendiendo sus productos a los mercaderes. Los niños, Dédalo y Naucrates crecían juntos y se querían como verdaderos hermanos. Ambos habían aprendido el oficio de orfebrería de sus respectivos padres y hacían competiciones para ver quién hacía una figura mejor y más rápido. Cada día se planteaban un nuevo reto y ya habían hecho tallas de todos los animales y plantas que conocían.

  • He pensado que podríamos tallar a nuestras familias, - dijo un día Naucrates,- así nos acordaremos de cómo éramos de pequeños y de nuestros padres jóvenes.
  • Buena idea, dijo Dédalo – lo guardaremos en secreto y, cuando hayamos terminado, les daremos una sorpresa. Además voy a tallar un toro, símbolo de nuestra isla. Él también nos ayudará durante nuestra vida.
  • Me parece bien – dijo la niña, que siempre admiraba a su amigo y estaba de acuerdo con lo que él decía.
Y así lo hicieron. Regalaron a sus padres las figuras, que las dejaron como ofrenda en la fuente de la Naturaleza. La diosa las conservaría para ellos hasta que se hicieran mayores o tuvieran que irse a vivir a otro lugar. Eupálamo y Panos miraban orgullosos las obras de sus hijos, mientras Alcipe y Cloris lloraban emocionadas.

La vida transcurría felizmente, hasta que un día, dos años después, todas las planchas de oro de la zona sur de la isla empezaron a reflejar los rayos solares. Algo estaba sucediendo y debía ser grave, pensó Alcipe, cuando lo vio y fue a despertar a su esposo rápidamente. Desde su casa se veía mucho humo, como si toda la vegetación hubiera empezado a arder. Mientras Eupálamo se levantaba, Alcipe fue a despertar a los niños. Esa noche Naucrates se había quedado a dormir con ellos, porque sus padres iban a ir muy temprano al puerto a vender sus obras a los mercaderes.

  • Lleva a los niños a la fuente de la Naturaleza – dijo Eupálamo a su esposa. Yo iré al puerto a ver qué sucede.
  • No te acerques demasiado. Esto me parece que es obra de piratas y matarán a todo el que pueda ser testigo de lo que han hecho.
  • Quédate tranquila. Tendré cuidado y volveré pronto.
Alcipe no se quedó tranquila, pero se llevó a los niños a la fuente. Pronto volvió Eupálamo con expresión horrorizada. Los piratas habían prendido fuego a todas las casas y por todas partes había fuego y cadáveres. Entre ellos, sus queridos amigos Cloris y Panos. En ese momento estaban ya en la parte norte, quemando y saqueando. Pocos se habrían salvado. Los pocos supervivientes tendrían que volver a empezar.

Dos días más tarde, se reunieron. Sólo eran diez personas adultas y tres niños. La pequeña Naucrates no podía entender que sus padres ya no estaban y no se separaba de Dédalo en ningún momento.

  • Creo que debemos organizarnos y buscar un nuevo jefe de clan, dijo Eupálamo a sus compañeros.
  • Tú serás el mejor jefe de clan. Eres el mejor orfebre y debemos mantener nuestro oficio para salvar la economía de la isla – dijo el joven Licos. Además, tu padre Zeus no permitirá que vuelva a pasar otra vez lo mismo.
  • Supongo que ya le han llegado noticias de lo sucedido – contestó Eupálamo. Tengo la sospecha de que no han sido los piratas los que nos han atacado, sino las tropas de mi padre, o quizá las de mi hermana Palas, desde la isla de Tera.
  • ¿Para qué? – se asombró Dorcas, otro amigo que había sobrevivido.
  • Para demostrarnos que pueden llegar aquí cuando quieran y que debemos acostumbrarnos a su poder.
  • ¿Y por eso matan, queman y roban?
  • Tengo que pensar en ello, pero creo que no me equivoco. De momento, nos quedaremos en las montañas. Nadie conoce este lugar.
Eupálamo no se equivocaba. Palas había dirigido la expedición de aviso. Él conocía los métodos de su hermana. No cedería. Reconstruiría su comunidad y se prepararían para la lucha. El pequeño Dédalo vio la decisión en los ojos de su padre y lo admiró por ello.

  • Menos mal que hice una imagen de mis padres, así podré recordar cómo eran, - dijo la pequeña Naucrates, llorando.
  • No llores, - dijo Dédalo – cogeremos las figuras que hicimos y las llevaremos con nosotros. La diosa las habrá guardado.
Efectivamente, cuando fueron a buscarlas, allí estaban sus esculturas de oro. La niña las recogió casi con devoción y las guardó en la pequeña bolsa que llevaba colgada al hombro, como si fuera a ser su amuleto personal.


7.- El Oráculo.

La pequeña Sibila observaba a su madre con los ojos muy abiertos. Ella era la heredera y tenía que aprender incluso los gestos que su madre hacía cada vez que realizaba un oráculo. Ya tenía siete años, edad en que las Sibilas empezaban a aprender su oficio. Hasta ahora había vivido en una casa construida de mármol, cerca de la cueva del oráculo, siempre con nodrizas y sirvientes. A su madre la veía sólo por las tardes. Pero había llegado el momento de aprender. Ahora pasaría día y noche con su madre. La niña estaba contenta porque admiraba la belleza y la inteligencia de su madre, y sobre todo, su carácter dulce y amable, aunque firme.

  • Mamá, - dijo Sibila el primer día que salió con su madre muy temprano.-
  • Dime, hija. – respondió la madre, observando a la niña, a la que había vestido de blanco.-
  • Voy a intentar hacer todo bien, pero tendrás que decirme cómo hablar y cómo  comportarme.
  • No te preocupes, hija. Todas las mujeres de nuestra familia hemos sido Sibilas y es algo natural para nosotras hablar y saber qué gestos debemos hacer, para que todo el que quiera preguntar nos entienda.
La isla de Milos estaba situada al suroeste de las Cïcladas, relativamente cerca de la todopoderosa Creta y de su bastión militar, Thera. Su abundante vegetación proporcionaba unos paisajes tan bellos que muchos habitantes de las otras islas procuraban hacer viajes de descanso a Milos, que, además, tenía unas playas de fina arena y agua clara y transparente como un espejo. Su forma de U constituía un excelente refugio para las naves y el buen carácter de sus habitantes invitaba a quedarse unos días, lo cual representaba uno de los principales recursos económicos de la isla. A todo ello podía añadirse el buen clima, y las famosas uvas, naranjas y olivas que se producían casi espontáneamente.

Pero lo que atraía a más personas era su famoso oráculo, en el que confiaban todos, porque no se equivocaba nunca en sus predicciones, o por lo menos nadie recordaba que hubiera habido un error jamás.

En la isla había todo tipo de animales, pero predominaban las serpientes. Los milios sabían manejarlos y aprovechar sus posibilidades, sobre todo el veneno de algunos ofidios, que utilizaban en pequeñas dosis, mezcladas con infusiones de algunas plantas, para mitigar los dolores demasiado agudos como para ser soportados.

La jefe del clan era Sibila, a la que todos llamaban Sib., que había dado al clan el nombre de Clan del Ofidio, porque ella había enseñado a su gente cómo utilizarlos en provecho propio. Todas las jefes de clan se llamaban Sibila, porque el don de la profecía pasaba de madres a hijas. Y cada Sibila sólo tenía una hija, que se educaba con ella desde su nacimiento. Aceptaban un esposo sólo el tiempo necesario para engendrar una hija. Luego lo despedían y no volvían a tomar otro esposo.

  • Ahora sólo nos falta aprender a utilizar las plantas y los animales, para completar tu educación, - dijo la madre.
  • ¿Y cómo aprenderé a utilizar las plantas?
  • Irás conmigo a buscarlas y, cuando sepas recoger las que más te convienen, viajaremos a Sérifos, donde vive el músico Febo. Es un chico encantador y enseguida te harás amiga de él. Él sabe cómo manejar las plantas mejor que nadie.
  • ¿Vamos a viajar?
  • Pues claro. Así no te resultará tan aburrido estar siempre aquí conmigo. El aire del mar nos vendrá bien, para dar un poco de color a nuestra piel. Además en las islas, todos nos ayudamos y procuramos ser amigos.

La pequeña Sibila no perdía ni una sola palabra de lo que decía su madre. Sería bonito viajar por mar. ¡Qué suerte tenía de tener una madre tan culta y tan buena!

  • Ahora escúchame bien, - empezó a decir la madre.- Lo primero que tenemos que hacer es saludar al Sol, nuestro padre. Él es quien nos inspira para dar nuestras respuestas.
  • ¿Y nos dice lo que tenemos que responder?
  • No. Nuestra mente recibe su inspiración y nosotras adaptamos la respuesta, observando a las personas que preguntan.
  • Eso me parece muy difícil.
La madre sonreía, aunque era una mujer muy seria, pero su hija era su debilidad. Tenía que enseñarla bien desde el principio, porque de ello dependía la prosperidad de la familia.

  • Ahora prepararemos el altar, para las ofrendas – siguió diciendo Sib – Los fieles entregan primero su ofrenda y luego hacen su pregunta.
  • ¿Qué es una ofrenda, mamá?
  • Es algo que entregan al dios para pedir su favor.
  • ¿Y qué entregan?
  • Generalmente traen cabritos o leche, miel o flores.
Sib empezó a preparar el altar con flores y puso una tela bordada en oro, para que el dios viera reflejados sus rayos en ella. Estaban acabando de colocar todo, cuando una de las sirvientes anunció que tenían a alguien esperando para ver a Sib.

  • ¿Sabes quién es?, - preguntó Sib.-
  • No, - dijo la sirviente- pero va vestido como un rey.
  • Haz que pase a la antesala y dile que me espere allí.
Sib observó desde detrás de una cortina que preservaba el oráculo de ojos indiscretos, a la persona que la esperaba. ¡Era su medio hermano Eupálamo, que vivía en Andros, según había podido saber. Por fin podría abrazarlo.

  • ¡Hola, hermano!, dijo Sib corriendo hacia él.- ¡Qué alegría verte! ¿Ha sucedido algo para que hagas un viaje tan largo?
  • Desgraciadamente sí, - contestó enseguida Eupálamo.- Nuestra hermana Palas ha invadido nuestra isla y ahora está todo arrasado. Nos hemos refugiado en las montañas.
  • ¿No querrás que te diga lo que va a suceder después?
  • No, hermana, ya sé lo que va a suceder: seguramente Palas hará incursiones en todas las islas, para dejar claro quién manda. He venido a avisarte.
  • No creo que se atreva a arrasar Milos, pero te agradezco que hayas venido. Vas a conocer a mi hija Sibila, que hoy empieza sus funciones como adivina. ¿Cómo está tu pequeño Dédalo?
  • Bien, cada vez es mejor artista, ahora trabaja con oro, además de con madera. Tengo otra hija, aunque ésta es adoptiva, porque sus padres murieron en la invasión. Es Naucrates y es como una hermana para Dédalo.
Sib se alegraba sinceramente de ver a su hermano y sabía que Palas llegaría en algún momento, porque Milos estaba bastante cerca de Thera. Se preparó para preguntar al dios qué iba a suceder después, aunque ya lo imaginaba. Una de las necesidades del oráculo era estar bien informada sobre los sucesos de las otras islas y sacar conclusiones.

  • ¡Sibila!, - llamó Sib, en voz alta para que la niña pudiera oírla – acércate, quiero que conozcas a tu tío Eupálamo.
  • Voy, mamá, - contestó la niña, que llegaba corriendo.-
  • Pero qué niña tan preciosa, - dijo Eupálamo – voy a traer también a tu tía y a tus primos. Quizá podamos pasar unos meses con vosotras, hasta que todo vuelva a su cauce en Andros.
  • Ya sabes que seréis bien recibidos, - se apresuró a decir Sib.-
La pequeña Sibila abrazó a su tío y pensó que sería interesante conocer a otros niños, porque ella siempre tenía que jugar sola.

  • Mamá, ¿Ya no vamos a trabajar hoy?
  • No hija, hoy vamos a celebrar la visita de tu tío. Mañana seguiremos con tu instrucción. Ve a casa y di a las sirvientes que preparen un banquete. Ahora vamos nosotros.
Sib decidió dar un paseo antes de llegar a casa, porque quería conocer de primera mano lo sucedido en Andros. Si Palas había empezado por esa isla, quería decir que tenía las mismas intenciones con las demás.

  • ¿Por qué crees que ha empezado las incursiones por la isla más lejana?
  • Porque Zeus quiere demostrar a todos que nadie puede desobedecer sus órdenes, por muy lejos que esté.
  • Creo que tienes razón.
Después de unos días en Milos, Eupálamo se marchó. Era el momento de volver con la educación de Sibila. Se levantaron antes de amanecer y Sib explicó a la pequeña Sibila cómo observar a las personas que iban a preguntar al oráculo.

  • Lo más importante es mirar la expresión de sus ojos. Los ojos son muchas veces el espejo del interior de una persona. Si te parece que esa persona es buena, puedes hablar con el corazón.
  • ¿Y si no me gusta lo que veo en su mirada?
  • Tendrás que tener cuidado con lo que dices, porque algunos vienen a intentar saber si van a ser ricos y poderosos y eso no es lo que quiere el dios.
  • ¿Y qué quiere el dios?
  • Que todos actuemos como él, que regala su luz y su calor a todos los seres por igual, sin importar su riqueza o su poder.
Sibila iba sacando conclusiones: las personas poco generosas y que sólo se preocupaban de ellas mismas no eran agradables al dios, y, por lo tanto, no merecían su atención ni sus respuestas. Tendría que aprender a calibrar a cada uno y a no dejarse engañar. ¡Era difícil la función de una Sibila!

Cuando llegó el siguiente fiel, su madre le dijo que actuara ella. Era la primera vez que lo iba a hacer sola, pero creía que podría hacerlo. Era una mujer muy joven y dejó sobre el altar un cabrito, un tarro de miel y un cestillo con cereales. Desde detrás de la cortina, Sibila preguntó:

  • ¿Qué le pides al dios?
  • Quiero conocer mi futuro. Me gustaría saber si voy a casarme con quien yo quiero o tendré que hacerlo con quien ha decidido mi padre.
  • En primer lugar debes orar al dios. En cuanto me dé una respuesta, yo te la transmitiré, – dijo Sibila, tal como le había enseñado su madre.
Sibila observó a la joven. Era muy guapa, con piel sonrosada, y parecía tímida y algo triste. Miró a su madre, que ya había reconocido a la jovencita. Era Ilia, de la isla de Paros, la mejor amiga de Hebe. Se preguntaba cómo habría ido hasta allí.


8.- El Clan del Mar.

La isla de Tinos, una de las Cïcladas, estaba también bajo el dominio de Creta, aunque no abiertamente, como sucedía con las demás islas. El jefe del Clan de Pescadores era Posidón, hermano de Zeus, que le había “regalado” la isla. Posidón tenía ya 20 años y estaba casado con Anfítrite, una mujer bellísima y de una finura especial, que hacía que todos la miraran boquiabiertos y que la escucharan atentamente, cuando se dirigía a los demás jefes de familia de pescadores y a sus esposas, pues en la isla de Tinos, todos estaban presentes en las asambleas, hombres y mujeres.


-          Vamos a reunir el consejo, - dijo Posidón a su esposa Anfítrite – creo que vamos a tener un problema con mi hermano.

-          ¿A qué te refieres? – dijo enseguida Anfítrite.

-          He tenido noticias de lo sucedido en Andros, y estamos muy cerca.

-          Yo también me he enterado de la invasión de tu sobrina Palas, pero no creo que se atreva a venir aquí. Nosotros no dependemos de Creta. Somos autónomos.

-          Eso será de palabra, pero no me fío nada de mi hermano.


La isla era famosa por sus fuentes de agua fresca y clara, que poseían algún tipo de propiedades minerales, puesto que muchos creían que curaban las enfermedades y mantenía a sus habitantes con una salud envidiable. El único problema eran los fuertes vientos, que obligaban a las familias a refugiarse en sus albergues, a veces, durante varios días.

Ya habían conseguido eliminar otro de los problemas de la isla, que era la gran cantidad de serpientes que poblaban sus frondosos bosques y prados. Todos agradecían a Posidón la hazaña, sin saber que a él le había ayudado su prima Sibila, que sabía cómo manejar a las serpientes, y se había llevado a todas las que había podido capturar, para utilizarlas ella en sus oráculos. Las pocas serpientes que quedaron fueron desapareciendo y Posidón se había llevado el mérito.

-          Ya están llegando todos – dijo Anfítrite – Creo que todos saben de qué vamos a hablar.

-          ¿Has llamado también a nuestros hijos? – preguntó Posidón – Quiero que quede claro que serán nuestros sucesores.

-          ¿Cuál de ellos? – quiso saber Anfítrite – Yo creo que la más sensata es Rhode.

-          Yo también.

-          Bien. Ya está todo el mundo esperando lo que tengamos que decir.

-          Mejor habla tú – dijo Posidón – te escucharán con más atención.

Anfítrite sonrió. Era cierto que la escuchaban a ella con más atención, porque Posidón era más rudo y se explicaba bastante mal.

            Los habitantes de Tinos se dedicaban sobre todo a la pesca, que realizaban a mano, desde sus ligeras balsas. El propio Posidón había inventado otros métodos de pesca, como una especie de gancho prendido de un hilo muy fino, en el que ponían pequeñas lombrices, para que los peces quedaran enganchados, cuando intentaban comerse la lombriz. Todavía eran pocos los que utilizaban este método, pero la práctica iba extendiéndose poco a poco y los que lo conseguían se consideraban importantes. Había que tener paciencia para pescar de esta forma, pero era más seguro y los peces siempre se veían atraídos por el posible alimento.

-          Hemos convocado el consejo, porque hay noticias importantes. Creo que la mayoría de vosotros las conocéis, pero es mejor que tomemos decisiones, antes de que tengamos que lamentarnos.

-          ¿A qué te refieres? – dijo el joven Persis -  ¿Crees que también vamos a ser invadidos?

-          Eso creemos. Y sería mejor que organizáramos una jornada comercial, para ver qué saben en otras islas y qué piensan hacer.

-          Es una buena idea – dijeron varias damas, que se dedicaban a confeccionar grandes cestos.

Los habitantes de Tinos también cogían algas, que encontraban en el mar en grandes cantidades, de forma que parecía que todo era verde en la propia isla, por su vegetación, y en el mar que la rodeaba. Utilizaban las algas para comer y para hacer todo tipo de utensilios de uso común, como cestos, cuerdas, etc. con las que comerciaban, pues el pescado no podían utilizarlo para el comercio, por su escaso tiempo de duración en estado fresco. Solían ahumarlo, cuando les sobraba a diario, para hacer reservas para los días en que no había pesca, a causa de las tempestades, frecuentes en la isla.

-          El problema es que conozco demasiado bien a mi hermano Zeus y me imagino sus intenciones. Querrá apropiarse también de nuestra isla, como está haciendo con las demás

-          Eso no podemos permitirlo – dijo Peltas, el jefe del pequeño ejército de la isla – se supone que somos autónomos.

-          Por eso tenemos que enterarnos de lo que sucede y prepararnos para rechazar cualquier intento de invasión – dijo entonces Anfítrite, que esperaba la ocasión para convencer a todos de sus temores – Mi cuñado sólo piensa en el poder y su esposa no ayuda demasiado con sus caprichos.

Después de unas horas de cambiar impresiones, decidieron que la mejor idea era preparar una jornada comercial. Enviarían mensajeros a todas las islas y ofrecerían sus mejores productos.

La jornada comercial fue un éxito, sobre todo, porque algunas mujeres se habían esmerado en la confección de sus cestos y los habían decorado con espirales, un signo que no sólo llamaba la atención por su belleza, sino que intrigaba a quienes lo veían, por el misterio que parecía tener. Enseguida se convocó un nuevo consejo. Esta vez fue Posidón quien empezó el debate.

-          Mi sobrina es muy inteligente. Esperábamos una invasión militar, pero quiere invadirnos de forma civilizada.

-          ¿Qué quieres decir? – preguntó el jefe militar Peltas –

-          Que Palas ha propuesto a su padre y los demás jefes unir las islas con puentes, para “mejorar las relaciones y las ayudas mutuas” – dijo Posidón con reticencia.

-          Explícate mejor, para que todos podamos sopesar las ventajas o desventajas de esos puentes.

Posidón odiaba a su sobrina. Había intentado conquistarla, como había hecho con su propia esposa. A Anfítrite le envió unos delfines para que la trajeran y había conseguido casarse con ella, pero Palas le había mirado con desprecio, lo cual no pensaba olvidar. Tampoco Anfítrite soportaba la soberbia de su sobrina, por lo que no intentó calmar a su esposo, como hacía otras veces.

-          Zeus ha dicho que él pagaría las obras de todos los puentes – continuó Posidón – y se lo puede permitir, con lo que nos cobra a todos.

-          ¿Y para qué sirven los puentes, además de tener a todos bajo su puño? – preguntó el joven  Pérdikas, que ya veía un buen negocio para sí mismo, pues se dedicaba a la construcción de balsas.

-          Quiere unir a todas las islas y, de paso, aprovecharse de las habilidades de todos, los tintes, las armas, la orfebrería, incluso el agua termal, que llevarían en nuestros cestos.

 Los cestos que ellos fabricaban eran impermeables, puesto que les daban una doble capa de brea, parecida a la que daban a sus balsas, para hacerlas resistentes al agua del mar, y luego lo recubrían con hierbas frescas, que quitaban cualquier mal sabor a las mercancías líquidas. Algo tendrían pensado para transportar agua.

-          Lo que está claro es que sus intenciones son de dominio absoluto.

-          Bien – dijo entonces la joven Rode, asombrando a todos con su sensatez – ahora tenemos nosotros que pensar cómo evitar nuestro “puente”. Estoy segura de que Eupálamo de Andros no lo permitirá.

-          Es cierto – intervino Anfítrite – No dejará que su padre siga queriendo dominar su vida. Y nosotros, que somos los más cercanos, debemos estar de acuerdo con él.

-          Bien, si todos consideráis que ésa debe ser nuestra actitud – dijo Posidón – tendremos que convencer a los demás de que las intenciones de Palas y Zeus no son tan buenas como quieren hacernos creer.

 Así se cerró la asamblea. Enviarían mensajeros para tantear la opinión de los otros jefes.



9.- El símbolo de la vida

La cueva estaba tan oscura y húmeda que la niña empezó a temblar de miedo. Había ido antes del amanecer, a ver la Espiral grabada en la roca, que le había enseñando su amigo Febo. Y se había perdido al querer encontrar la salida. Se sentó a pensar cómo salir de allí o qué hacer. Y entonces recordó su última conversación con Febo, el músico de Sérifos:

  • Esta Espiral es el símbolo de la vida. Nadie sabe quién la grabó en esta roca, ni cuándo.
  • ¿Qué significa? – había preguntado la niña.
  • El origen de la vida y de la sabiduría. Si la miras fijamente, sabrás siempre lo que tienes que hacer. Ella te guiará.
  • ¿Y también me curará, si estoy enferma?
  • Te dirá qué remedio debes usar.
  • ¡Pero si no habla!
  • Hará que tu mente entienda y busque las soluciones.
Selene pensó que era el momento de buscar la ayuda de la Espiral, así que la miró fijamente con los ojos cerrados y, al abrirlos, le pareció ver una flecha grabada en la roca. Decidió seguir la dirección que marcaba y pronto empezó a ver la luz de la entrada de la cueva. ¡Era verdad! La Espiral la había salvado. Llegó corriendo a su casa, antes de que su madre se diera cuenta de que había salido. Su madre era curandera, pero no creía en la magia, sólo en la sabiduría de las plantas.

Sé que has ido a la cueva de la Espiral, lo veo en tus ojos – dijo la madre en cuanto la niña entró en casa.
  • Pero si tú no crees en nada de esto.
  • La Espiral es diferente; es el origen de nuestro Clan. ¿Qué le has preguntado?
  • Sólo la he mirado y le he pedido que me dijera cómo salir. Y me lo ha dicho.
  • No vuelvas nunca a ir sola; podrías haberte encontrado con algún animal    peligroso.

Selene empezó a llorar para calmar sus nervios, que aún tenía por la situación por la que había pasado. Pero estaba decidida a seguir investigando y a preguntarle a su amigo Febo. Ella sí creía en la magia y pensaba que se podía saber el futuro, con ayuda de la Espiral. Los habitantes de la isla de Amorgos apreciaban mucho a su madre, porque era la curandera. Pero no había ningún mago, ni adivinos. Ella sería la adivina, ya lo había decidido.

La isla de Amorgos estaba situada en la parte oriental del mar Egeo, dentro de las Cícladas, pero muy cerca del grupo de islas del Dodecaneso, un grupo de islas que aún no había intentado dominar Zeus, porque quizá no veía grandes ganancias en ellas. Era una isla sin recursos de ningún tipo y sus habitantes se dedicaban a tallar la piedra caliza, que se podía arrancar de las faldas del monte sagrado, en su vertiente más escarpada.

  • Acompáñame a recoger plantas – dijo Theia, la madre de Selene. Te enseñaré cuáles son las necesarias y cuáles son las que no debes tocar, porque son venenosas.
  • Estoy deseando aprender, mamá – dijo la niña – y me gustaría que tú me acompañaras a la cueva de la Espiral. Si tú la ves, entenderás cómo habla con todo el que cree en ella.
  • ¿Y quién te ha contado todo eso?
  • Febo de Sérifos. ¿No te acuerdas cuando estuvieron de visita? Es un chico muy agradable y sabe mucho
En la vertiente opuesta de la montaña, la madre de Selene iba a recoger las plantas, que le servían para ayudar a sus poco numerosos vecinos. Todos compartían víveres y recursos, para sobrevivir. También el agua era escasa y muchas veces tenían que recoger el agua de lluvia para beber. Ni siquiera podían vender sus figuras talladas, porque los comerciantes no acudían a Amorgos, porque a todos les parecía una especie de destierro, como un lugar olvidado de la Naturaleza.

  • ¿Quieres que preparemos un viaje para ver a tu amigo Febo?
  • ¡Sí! – gritó la niña emocionada.
  • Es un viaje largo, pero nuestros vecinos Hekas y Giorgos nos acompañarán. Ya lo hemos pensado muchas veces y sería el mejor modo de vender nuestras figuras talladas. Además la actual reina de Sérifos, la madre adoptiva de Febo, es muy amable siempre conmigo.
  • ¿Pueden venir también mis amigas Calisto y Actea?
  • Pues claro – dijo Theia – o ¿pensabas que sus padres las iban a dejar solas?
Mientras recogían algunas raíces y tallos, Theia pensaba en sus otros dos hijos, que le habían sido arrebatados al nacer. Creía que, tras ese hecho estaba la mano de Ira, la reina de Creta, pero no podía asegurarlo. Algún día hablaría a su hija Selene de sus hermanos.

  • ¿Te has fijado que esta planta parece que está reclamando tu atención?
  • Sí, me ha fijado en ella porque su color rojo es precioso. Resalta sobre esa neblina gris que se forma con el polvo de la caliza.
  • Pues es la más peligrosa. Procura no tocarla, porque su savia envenena.
  • ¿Qué es la savia, mamá?
  • Es como la sangre de la planta, que la hace vivir – Theia no sabía cómo explicar a su hija el concepto de savia.
Las hojas que más apreciaba Theia eran las de los pequeños olivos, que crecían en la roca dura, pero eran tan escasos que tenía que guardarlas muy bien, para que le duraran el mayor tiempo posible.


  • ¿Para qué utilizas estas hojas, mamá?
  • Para hacer infusiones para las personas que se sienten muy cansadas.
  • ¿Y se curan?
  • No exactamente, pero se sienten aliviadas, sobre todo, si duermen un poco, después de haber bebido la infusión.
  • ¿Y esto que parece corteza de árbol?
  • Esto es corteza de sauce, para aliviar los dolores y para bajar la temperatura de las personas que están enfermas.
La niña iba tomando nota de todo lo que su madre decía. Ella también sería una sanadora, aunque su mayor sueño era poder adivinar lo que sucediera en el futuro y prevenir problemas y disgustos a los demás. No sabía cómo iba a hacerlo, pero se lo preguntaría a su amigo Febo, que lo sabía todo, o eso pensaba ella.

  • Has vuelto a ir a la cueva de la espiral, ¿verdad?
  • Sí mamá – dijo Selene avergonzada por haber desobedecido a su madre – Es que parece que me llama y no sé decir que no.
  • Lo entiendo, pero la próxima vez, quiero ir contigo. Así me explicarás cómo preguntar a la espiral.
  • ¿Es que tienes que preguntarle algo? – dijo Selene emocionada – ¿hay algo que tú no sepas?
  • Sí hija, hay muchas cosas que yo no sé – Theia pensaba en el destino de sus dos hijos Helios y Eos, a los que no había visto desde que nacieron. Quizá tú puedas ayudarme a adivinar dónde están tus dos hermanos.
Selene se quedó sorprendida. No sabía que tuviera dos hermanos. Suponía que nadie sabía nada. Quizá hubieran nacido antes de que su madre fuera a vivir a Amorgos.

  • ¿Son mayores que yo, mamá?
  • Sí, Selene, son varios años mayores que tú. Antes vivíamos en Creta y el rey Zeus me los quitó y me mandó venir a vivir aquí.
  • ¿Y no voy a conocerlos nunca?
  • Ojalá pudiera saber dónde están y cómo están. Ellos tampoco me conocen a mí, porque los separaron de mí al nacer.
  • Me parece que ese Zeus es malo, porque nadie puede separar a un niño de su mamá.
  • Ya hablaremos de esto, cuando seas un poco mayor.
Madre e hija se adentraron en la cueva de la espiral. La cueva era espaciosa, pero oscura y fría. A Theia le dio un escalofrío. ¡Qué valiente era su hija! Selene iba decidida, porque conocía el camino. Llegaron al fondo, donde sobre una pared lisa se veía dibujada una gran espiral.

  • ¿Es ésta la espiral?
  • Sí, mamá. ¿a que es hermosa? Yo la llamo la Espiral de la Vida.
  • ¿Por qué?
  • Porque Febo me dijo que era el símbolo de la vida.
  • ¿Y ahora qué hacemos?
  • Yo me siento aquí, de frente a ella y la miro durante un buen rato. Luego cierro los ojos y veo las cosas que ella quiere decirme.
  • ¿Qué le preguntas?
  • El primer día le pregunté cómo salir, porque tenía frío y miedo y me perdí. Pero los otros días le he preguntado cómo sería mi vida dentro de muchos años.
  • ¿Y te ha respondido?
  • Me ha hablado de un viaje, en el que veía a mi amigo Febo y a sus amigas, las musas que le educan.
  • Eso es porque yo te hablé del viaje que podríamos hacer.
  • Supongo que sí – dijo la niña no muy convencida.
Theia siempre veía las cosas de un modo natural, real. Selene se preguntaba si es que su madre no tenía imaginación o es que la vida para ella había sido tan difícil que no podía imaginar cosas nuevas.

  • ¿Vas a preguntarle algo?
  • Sí, Selene. Voy a preguntarle si tú te convertirás en una buena curandera.
  • Ya se lo he preguntado yo.
  • ¿Y qué te ha dicho?
  • Me ha dicho que seré curandera y también adivina. Me ha dicho también que a mí me gusta más la noche que el día. Y es verdad.
La madre miró a Selene con cariño. A ella también le gustaba más la noche, quizá porque recordaba el momento en que nacieron sus hijos Helios y Eos, con el sol brillando en el cielo. A ella le parecía que el sol le había quitado a sus dos hijos. Pero sabía que no había sido el sol, e intuía que había sido Zeus, instigado por Ira. No entendía por qué Ira la odiaba. Al fin y al cabo, ella no había sido una de las muchas amantes de su esposo.

  • También quiero saber quién es mi padre – dijo la niña, de pronto – porque tú nunca me has hablado de él.
  • Esa es una historia antigua. Ya te la contaré más adelante.
  • Por lo menos me podrías decir cómo se llama.
  • Se llama Hiperión y es un titán.
  • ¿Qué es un titán, mamá?
  • ¿No te cansas nunca de preguntar?
  • Así es como se saben cosas, mamá, preguntando.
  • Tienes razón, hija. Yo creo que ya es hora de que nos vayamos. Empiezo a sentir mucho frío.


10.- Niños especiales

            El pequeño Vulcan era habilidoso y cariñoso, aunque, a veces, se sentía tan solo que parecía enfadado con todo el mundo. Tenía sólo cinco años y ya sabía lo que era la soledad. Por eso estaba siempre intentando saber si alguien le quería de verdad. Su preceptor, Sethlas, había vivido siempre con él y le había explicado algo sobre su origen. Era hijo de Ira, la esposa de Zeus y, por alguna razón que aún no comprendía, Zeus no le quería.

       Sethlas sabía que tampoco su madre ponía mucho interés en él, pero no podía comentar nada de esto con el niño, que era dócil y necesitaba cariño y dirección, así que le enseñaba a manejar los metales que había en las entrañas de la tierra de la isla de Siros. Y el niño era buen alumno, porque ya sabía hacer muchas cosas que otros niños de su edad ni siquiera habrían soñado conseguir. Hacía pequeñas armas y escudos; le encantaban los escudos y, sobre todo, le gustaba labrar dibujos en las pequeñas láminas de metal que Sethlas le iba dando para que se ejercitara.

            La vieja Tana hacía la comida para ellos y limpiaba su cabaña, para que pudieran descansar después de todo un día al aire libre. La isla de Siros era pequeña, pero alegre. Situada en el grupo de las Cícladas, tenía hermosas playas, donde Vulcan corría y quería estar todo el día. Sethlas tenía que ponerse serio si quería que Vulcan se pusiera a trabajar con sus manualidades. De todas formas el niño era trabajador y, en cuanto se ponía con su trabajo, se olvidaba de todo lo demás.

            Los habitantes de la isla vivían del comercio de cerámicas y estatuillas y para todos era una novedad la forja de escudos y material de guerra, pues estaban acostumbrados a modelar estatuillas con formas de dioses o personas en distintas situaciones de la vida, incluso de la muerte. Principalmente tallaban el hueso de los animales grandes, por eso los llamaban el Clan del Asta, aunque no seguían el régimen jerarquizado de las otras islas de las Cícladas.


-          Tenemos que conseguir que más niños como tú aprendan a hacer armas y escudos, así mejorará el comercio con las otras islas.

-          Algunos de mis amigos me han dicho que, si los admites, querrían aprender conmigo.

-          ¿Y a ti te gustaría compartir con tus amigos todo lo que yo te enseño?

-          Claro, así estaría más tiempo con ellos, sobre todo con Janos y Janis, los gemelos.

 Sethlas aprovechó que el niño mencionaba a sus mejores amigos para preguntarle:

-          ¿Y por qué te gusta estar con ellos más que con los demás?

-          Porque ellos no se ríen de mi defecto en el pie.

Sethlas temía que saliera el tema que Vulcan casi nunca mencionaba, porque sospechaba que tenía complejo por cojear, aunque la cojera era casi imperceptible. El preceptor solía darle poca importancia y sólo insistía en el hecho de que su madre le había encargado su educación para que fuera jefe del clan de los herreros. La isla no tenía jefe determinado. Todos actuaban después de reunirse y ponerse de acuerdo para cualquier tema, sobre todo para el comercio, y luego compartían las ganancias, de modo que todas las familias tenían lo suficiente para comer y vivir con una cierta comodidad.

-          Y por qué los dos gemelos prefieren estar contigo?.- continuó preguntando Sethlas.

-          Porque se sienten un poco diferentes a los otros chicos, como yo. Yo creo que todos tienen miedo de ellos porque son iguales. Sólo yo puedo distinguirlos.

-          Es verdad. Yo tampoco los distingo.

-          Y eso nos sirve para reírnos nosotros de los demás, porque a veces Janos se hace pasar por Janis o al contrario, y luego nos divertimos con la confusión de los otros niños y de los mayores.

Sethlas se echó a reír. A él también le habían engañado alguna vez, a pesar de que Vulcan le decía quién era cada uno. Decidió empezar ese mismo día con la enseñanza de los dos hermanos, quizá así, otros niños se animarían a unirse a ellos y podría formar una especie de escuela – taller, algo que siempre había querido tener.

-          Di a tus amigos que mañana empezamos con la enseñanza, pero ya en serio, porque ya eres casi un hombre.

-          ¡Vale! Gritó emocionado Vulcan. Pero me gustaría preguntarte algo, ya que me consideras casi un hombre.

-          Dime qué quieres saber – contestó Sethlas algo preocupado por la seriedad del niño y porque suponía lo que le iba a preguntar.

-          ¿Por qué tengo este defecto en la pierna? Mi madre es guapísima y no tiene ningún defecto.

-          Bueno – Sethlas intentaba hablar como si el hecho no tuviera importancia – poco después de nacer, te caíste y te doblaste la pierna, de forma que ningún físico pudo enderezarla del todo.

-          ¿Y lloré?

-          Sólo un poquito, porque aún no sabías hablar y era tu forma de quejarte.

-          Es que soy un valiente

-          Pues claro

Sethlas respiró hondo. Quizá no le preguntaría más, parecía conforme con la explicación. Temía contarle la verdad, que en realidad no se cayó, sino que Zeus, el esposo de su madre, le había tirado al suelo con toda intención, diciendo que era un niño horrible y que no quería volver a verle. Si el niño no volvía a preguntar, dejaría para más adelante la cruda realidad. No quería hacerle más daño del que le había hecho ya su madre, dejándolo solo en aquella isla, agradable, pero lejos de Creta, donde ella vivía.

Ira le había dicho que, cuando cumpliera los siete años, tendría que ir a visitarla, y que le comunicarían que estaba destinado a ser jefe de clan en Siros. Y ya tenía cinco años. Sethlas temía que llegara el momento de enfrentarse con Ira, a la que odiaba y temía, porque no entendía su forma de actuar con su hijo.

Pensaba que estos niños eran especiales, porque su mente era superior a sus problemas y llegarían a ser realmente especiales por su habilidad, si conseguía enseñarles todo lo que él sabía.

Al día siguiente, aparecieron los dos gemelos, en cuanto salió el sol. Sethlas se alegró al verlos. Ya empezaba a cumplirse su sueño de ser maestro herrero. Los niños venían con una especie de delantal, hecho de piel y estaban decididos a aprender.

-          Vamos a empezar, chicos. Tenéis que poner atención, porque lo que voy a enseñaros es difícil.

-          Queremos hacer lo mismo que hace Vulcan – dijeron los dos niños a la vez – Nos gustan los dibujos que hace en las láminas de metal.

-          ¿Siempre habláis a la vez? ¿Siempre pensáis lo mismo?

-          Pues claro – dijeron de nuevo a la vez los dos niños – Siempre estamos de acuerdo y pensamos lo mismo.

-          Está bien – dijo Sethlas – pero hablad más bajo. Y me gustaría que hablarais por separado. Mirad.

Sethlas cogió un trozo de hierro y lo echó en el fuego que ya tenía encendido desde el amanecer. Los gemelos lo miraban embelesados. Nunca habían visto que el hierro pudiera fundirse.

-          Ahora hay que esperar a que se haga líquido.

-          ¿Y qué haremos después? – volvieron a decir los dos niños a la vez.

-          Lo iremos vertiendo en estas cajas redondas pequeñas que tenemos ahí.

-          ¿Y después?

-          Esperaremos a que se enfríe y ya tendremos hechos los escudos.

-          ¿Y después?

-          Después empezaremos a grabar las figuras que he preparado en estos moldes – dijo Sethlas sonriendo, al ver el interés de los niños y sus continuas preguntas.

Pasaron dos años. Al taller se habían añadido otros cuatro niños, casi todos los de la misma edad que Vulcan. Sethlas no dejaba de pensar que tenía que organizar el viaje a Creta. Vulcan ya tenía siete años y su madre quería verlo.

Un día, al atardecer, con el sol en color rojo vivo, como el de la fragua de su taller, Sethlas vio cómo se acercaba un barco enorme, el más grande que hubiera visto nunca. De él saltaron dos marinos, que se dirigieron directamente a su cabaña.

-          ¿Vive aquí el pequeño Vulcan?

-          Antes tendréis que decirme quién le busca.

-          Somos mensajeros de su madre Ira. Venimos de Creta, con la orden de llevar al niño ante ella.

A Sethlas no le gustó tener que separarse del niño, pero sabía que ese día llegaría. Decidió que iría él también y quizá pudiera llevar a los dos gemelos, si había sitio para ellos en el barco, para que Vulcan no se sintiera tan solo. Los marinos le dijeron que no había inconveniente.

-          Vulcan, ven enseguida – llamó Sethlas – y se acercaron los tres niños, Vulcan, Janos y Janis.

-          ¿Qué quieres? Estábamos jugando y es nuestro tiempo libre – protestó Vulcan.

-          Nos vamos de viaje. Prepara el regalo que le has hecho a tu madre, porque han venido sus mensajeros a buscarte.

-          Pero yo no quiero ir – dijo Vulcan con un gesto de disgusto.

-          Iré yo contigo y podemos llevar también a tus dos amigos.

-          ¿Y vas a cerrar el taller? – dijo Vulcan, intentando retrasar el viaje.

-          Volveremos enseguida. No te preocupes.

Vulcan no dijo nada más. Fue a buscar el pequeño trono que había hecho con finas tiras de hierro, para regalarle a su madre. Esperaba que le gustara, porque le había costado muchos días de trabajo y había hecho un trono, porque ella era la reina de todas las islas. 


11.- Zeus e Ira

-          Hay que convocar una reunión de todos los jefes de clan – dijo Zeus a su esposa Ira – ordena que vayan mensajeros a todas las islas y que nuestros hijos, que serán los jefes de todas ellas en un futuro, sepan cuál es el destino que he preparado para ellos, y que todos estarán bajo mi dirección.

-          Algunos de ellos no se conocen entre sí – contestó Ira -  Organizaré una especie de fiesta para que pasen unos días juntos y les explicaré que ése es el motivo de la reunión: que se conozcan.

-          Como siempre tan astuta, esposa. Por eso te elegí para que me ayudaras en el gobierno. La mejor cualidad de un gobernante es la astucia, que presupone inteligencia.

-          Pertenecemos al clan de Olimpo y nuestros padres nos han preparado para esto. A veces, me gustaría ser más libre y no tener que estar pensando en cómo engañar a los demás, sólo para que tú consigas tus propósitos.

-          Es tu obligación como esposa y reina.

-          A eso me refiero, querría haber elegido yo a mi esposo

Zeus la fulminó con la mirada. Tenía razón, pero a él no le importaba. Ira se alejó y mandó llamar a todos los mensajeros. Serían diez, para ir a cada una de las islas. Había mucho trabajo que hacer, porque había que preparar y equipar diez naves, grandes y lujosas, para que todos vieran el poder de los reyes de Creta.

Recordaba cómo Zeus había querido casarse con Thetis, la diosa del mar, y sólo cuando Thetis lo rechazó, recurrió a casarse con ella. Por eso estaba siempre de mal humor. Nadie la entendía, pero el rencor vivía dentro de su mente y tenía que hacer pagar a alguien su odio y su envidia. Lo malo era que los que recibían su odio no eran culpables de nada.

-          Que las naves estén listas para la próxima semana – ordenó con la voz chillona que la caracterizaba, cuando estaba de mal humor.

-          Así se hará, mi reina, - dijo el jefe de la flota real, el joven Periplos – que adoraba a Ira, y del que decían que era un hijo secreto de la reina.

-          Da las órdenes oportunas para que cada nave vaya a buscar a nuestros pequeños reyes a cada isla – dijo Ira, mirando a Periplos con verdadero cariño.

-          Tengo aquí la relación de nuestros ilustres visitantes – dijo Periplos, mostrando un trozo de terracota, donde había ido apuntando los nombres – ¿quieres tú misma revisarlo?

Ira empezó a leer la lista: Vulcan de Siros; Dión de Naxos; Posidón de Tinos; Hebe de Paros; Artemis de Delos; Selene de Amorgos; Sibila de Milos; Dédalo de Andros; Palas de Thera; Febo de Sérifos. Sólo el nombre de Hebe la hizo sonreír. Tenía ganas de volver a ver a su pequeña.

-          ¿Deben venir en algún  orden determinado?

-          Sería mejor que trajerais en primer lugar a Palas de Thera. Es la preferida de mi esposo y querrá tratar con ella el tema de la confederación de las islas, antes que con el demás.

-          ¿Algo más? – preguntó Periplos.

-          De momento nada más.

-          Me encargaré personalmente de traer en mi barco a Palas de Thera.

El capitán salió de la sala del trono, haciendo una reverencia a su reina. También él tenía un cariño especial por Hebe, pero cumpliría las órdenes, trayendo a Palas. Después de dar las órdenes oportunas, se hizo a la mar.

Cuando Ira fue a comunicar a su esposo que su hija Palas había llegado, lo encontró con una joven, su nuevo capricho, llamada Dánae. Ya estaba acostumbrada, pero seguía molestándole que Zeus la engañara continuamente.

-          Ha llegado tu hija del alma – dijo a gritos, con lo que consiguió que la joven Dánae se marchara corriendo.

-          ¿A qué hija te refieres? – dijo Zeus divertido ante la reacción de ambas mujeres.

-          ¿A cuál va a ser? A Palas.

-          Dile que venga enseguida.

No hizo falta que la llamaran, porque Palas ya se acercaba a su padre, sonriendo, cosa poco habitual en ella, que parecía que había nacido seria. Llevaba puesto un casco y una coraza y en su mano llevaba la égida de su padre. Ira la miró con desprecio y con envidia: ¿por qué tenía que llevar el bastón de mando de su padre? – se preguntaba.

-          Has tardado poco tiempo en llegar.

-          Porque ya estaba preparada, cuando llegó Periplos. Ya sabía que mandarías a buscarme.

-          Siempre supe que, por tu inteligencia, no necesitas que te diga lo que deseo.

-          Bien, supongo que quieres hablar de la confederación de las islas. ¿Así es como piensas llamar a tu dominio descarado sobre todas?

-          Hija, eres tan arisca que ningún hombre se acercará a ti para pedirte en matrimonio.

-          Mejor. No quiero casarme. Los hombres son todos inferiores.

-          ¿También yo?

-          Supongo que no – dijo Palas no muy convencida – De todas formas a ti te respeto y te quiero: ¡eres mi padre!

Se reunieron en  privado durante varios días. Por fin llamaron a Ira, para comunicarle lo que habían decidido. Su plan de hacer una fiesta, para que los hermanos se conocieran les había parecido bueno, pero debían después reunirse con cada uno de ellos por separado para plantear el tema de la confederación a cada uno según su carácter y sus posibilidades.

Cuando todos estuvieron en el palacio real, Periplos se encargó de ir presentando a cada pequeño rey, siguiendo las indicaciones de Ira: Selene pudo ver antes a su amigo Febo, que venía con su hermana melliza Artemis. Periplos presentó a los tres juntos. Zeus observaba a los recién llegados con un interés relativo. Sólo le interesaban en la manera en que pudieran servir a sus propósitos. De todas formas no dejaba de admirar la belleza de sus hijos.

-          ¿Quién va a entrar ahora?

-          Ahora viene la preciosa Hebe. – dijo Ira, orgullosa de su hija.

-          Hola, hija – dijeron ambos a la vez. Estamos encantados de verte. ¡Cómo has crecido! Y ¡Qué guapa eres!

-          Gracias – dijo Hebe tímidamente – y fue primero a abrazar a su madre, porque su padre le daba un poco de miedo.

Poco después, Periplos hizo entrar a Sibila y a Dédalo, a los que había presentado anteriormente. Ambos niños se miraron con respeto y empezaron a hablar, de modo que al entrar en la sala del trono, ya eran amigos.

-          Qué pálida está esta niña. – dijo Ira enseguida – Parece que no toma nunca el sol.

-          ¿Es que sólo puedes ver lo negativo en los demás? – dijo Zeus, al ver que la niña se estremecía de miedo.

-          Para eso hemos preparado este encuentro, para que todos se conozcan y se hagan amigos.

-          ¿Y tú ya has aprendido las artes de tu padre? – preguntó Zeus al pequeño Dédalo, mirándole con curiosidad.

-          Sí, señor – dijo Dédalo enseguida – mi padre es el mejor orfebre del universo.

-          ¡Qué humos tiene el niño! – dijo Ira riéndose.

-          Sale a su padre. También él hizo lo que quiso con su vida, sin pedir permiso – comentó Zeus – pero sigamos. ¿A quién vamos a conocer ahora?

Entraron entonces un tímido Vulcan y un travieso Dión. Vulcan se acercó a Ira y le entregó su regalo. Ella lo dejó a un lado, sin mirarlo apenas, lo cual hizo que el niño estuviera aún más retraído. Dión, en cambio, miraba a todas partes con una sonrisa descarada y empezó a hablar sin que nadie le preguntara.

-          Me gustaría saber qué hacemos aquí. Yo no quería venir. Estaba muy tranquilo en la corte de Hierón.

-          Fui yo quien te envió con Hierón, para que aprendieras a gobernar – dijo Zeus enseguida – y veo que no te han enseñado educación.

-          ¿Y ésa es tu esposa Ira? – dijo señalando a la reina, que torció el gesto al ver el descaro del niño.

-          ¿A ti qué te importa? – dijo Zeus divertido, porque le hacía gracia su hijo.

-          Se nota que es hijo de una mujer vulgar, por sus modales y por su rostro – dijo Ira con desprecio.

Dión iba a contestar, pero una señal de su querida nodriza Nefeli, le hizo callar y retirarse, en el momento en que entraba Posidón.

-          ¿Se puede saber qué quieres ahora y por qué me has hecho viajar con tanta prisa? – preguntó Posidón, que dirigió su mirada directamente a Palas.

-          Hola, hermano, – dijo  Ira. ¿Cómo estás?

Sin contestar, Posidón exigió a su hermano Zeus que explicase el motivo de la reunión.

-          A mí no me engañáis con la fiesta de presentación. Algo os traéis entre manos y espero saberlo antes de que me harte y me marche.

-          Lo sabrás a su debido tiempo – dijo Zeus, poniéndose en su papel de rey – no antes.

-          Pues me voy.

-          Está bien – intervino Ira – tenemos planes comunes para todas las islas y queremos comunicároslos.

-          ¿Tienen que ver con la guerra?

-          ¿Por qué dices eso?

-          Porque veo a Palas muy contenta y me da la impresión de que ella ya sabe de qué se trata todo esto.

Zeus miró a su esposa y ambos se dieron cuenta de que tenían que ir directamente al tema.

-          Está bien – empezó a decir Zeus – ya os conocéis todos. La idea es la construcción de unos puentes que puedan unir nuestras islas, para facilitar el comercio y la comunicación entre nosotros.

-          ¿Y quién va a pagarlo? – dijo rápidamente Artemis, que conocía las intenciones de dominio de su padre, al que no apreciaba nada.

-          Nosotros lo pagaremos todo – dijo enseguida Ira – somos la isla más rica y creo que es nuestra obligación pagar lo que no puedan pagar las demás islas.

-          ¡Qué amables! – dijo Eupálamo, que había acompañado a su hijo Dédalo, con sorna. Nunca pensé que hicierais algo para ayudar a los demás.

-          A mí me gustaría escuchar lo que tienen que decir – dijo tímidamente Selene – En mi isla de Amorgos no hay recursos ni agua. Un puente para comunicarnos con otra isla nos ayudaría bastante.

Ira miró asombrada a aquella niña débil y blanca. Acababa de proporcionarle el mejor apoyo para su proyecto. Aprovechó la ocasión y dijo:

-          Ésa era nuestra idea, que todas las islas puedan ayudarse unas a otras, con sus carencias y recursos.

-          Gracias, señora –dijo una animada Selene.

-          Con los puentes, nuestros viajes serán más cortos y más seguros, sin tener que enfrentarnos a las tormentas del mar.

-          ¿Y cuándo te has planteado tú el viajar a ver a los demás? Siempre ordenas que vengamos los demás a verte a ti – dijo Posidón – Hermana, a mí no me engañas. ¿Cuál es la verdadera razón del proyecto?

Viendo que el acuerdo podía irse al traste, intervino Palas. Todos la respetaban, por su inteligencia, pero también la temían, incluso más que a su madrastra o a su padre.

-          Nuestra confederación será pacífica, sólo de ayuda entre nosotros.

-          ¿Lo mismo que hiciste con Andros? – dijo Eupálamo.

-          Eso fue un ejercicio de entrenamiento.

-          Un entrenamiento que destrozó familias enteras.

-          Yo era demasiado joven, para prever las consecuencias. Ahora es diferente. Ya soy mayor y sé lo que hago.

La reunión acabó. Se reunirían los días siguientes, para ultimar los detalles. Nadie parecía estar convencido de los beneficios de unos puentes, cuyas obras harían que casi todos los habitantes de las islas tuvieran que trabajar en ellos. Habían prometido pagar a todos, pero ¿qué necesidad tenían de cambiar de oficio, si eran felices como estaban?




Aquí termina el primer libro de la trilogía Atlantis,
seguiremos con el segundo "La Confederación"



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Hoy publicamos el último capítulo de "Querido César".  Esperamos os haya gustado y disfrutado.

Lo dejaremos en el blog por si lo queréis copiar, imprimir o leerlo a vuestros hijos.

Gracias una y mil veces, todas son pocas, por vuestro interés por Eder y los cuentos.
Eder sigue muy bien, preparando ya tarea día a día para empezar el curso próximo en plena forma física y psíquica.

Esta semana Eder ha estado en Madrid para que le vea el Dr. Maroto, que ha corroborado que la evolución es extraordinaria y que todo va muy bien. Eder sigue mejorando día a  día y sin ningún problema de saturación ni arritmias. Todo sigue su evolución normal, tiene que tener cuidado de no hacer esfuerzos y que las heridas internas se terminen de cerrar.
Ya está ilusionado con preparar el curso próximo y poder estar con sus compañeros en clase.


Después de la revisión del día 18, todos los resultados han sido muy positivos y ya hoy domingo están de vuelta en casa. Ahora a reposar y descansar para recuperarse del todo, la única recomendación es que no haga esfuerzos al menos en dos meses para que la heridas internas se curen del todo.  

Eder sigue una buena evolución, sigue haciendo ejercicios de respiración y anda lo que puede,
todo sigue su curso y extraordinaria evolución. Ya no le duelen las heridas y está intentando adelantar el viaje de vuelta. Todo dependerá de los resultados del día 18, cuando le hagan las pruebas.

6 de junio:
A mediodía Eder estaba feliz y muy contento, "le han dado el alta en el hospital" con cita para volver a revisión el próximo día 18. Hoy hemos visto una gran sonrisa en su cara. Todos los médicos coinciden que su recuperación está siendo formidablemente rápida. Tan solo la acumulación de líquidos alrededor del pulmón izquierdo, que parece que va remitiendo a base de andar y soplar las bolas.
Su ilusión era cenar esta noche en la residencia unos huevos fritos con patatas.
A partir de ahora intentar engordar un poco, ha perdido algo de peso, andar, y seguir con las puñeteras bolas, que no le gustan nada, pero que da resultado.
Si sigue así, es posible que adelanten la vuelta a casa ...., en principio prevista para el día 29.

Gracias a todos por vuestro interés  y apoyo, ha sido muy importante para Eder y la familia.
               
Hay un nuevo capítulo de "Querido César" más abajo. No dejéis de leerlo.
Hoy 03 de junio, le hemos podido ver por Skype, ya está en planta, y evolucionan muy bien sus heridas. Le han mandado andar, andar y andar y soplar tres bolas para recuperar pulmón, tiene un poco de líquido en el derecho. Tanto los padres como Eder y los médicos, están muy contentos con la evolución y a Eder le hemos visto muy bien. Ahora mucha paciencia y confianza en que todo va a ir bien.
Mañana le examinan en el laboratorio de electrofisiología para comprobar si el marcapasos funciona correctamente. Si no es así, le tendrán que conectar un cable a la aurícula.

22:30 en España, 30 de mayo, ya le han quitado los tubos de respiración y le están haciendo soplar para trabajar los pulmones. Todo parece ir bien, también le han quitado las vías. Ahora está ya respirando por si mismo y también su corazón está trabajando bien y sin ayuda.
Esperamos que la recuperación siga evolucionando.  POR FAVOR, seguid enviando muchas energías.
.
15:55  las 9:55 de Boston, ha pasado muy bien la noche, acaba de despertarse y hoy poco a poco le irán quitando los tubos. Todo parece ir bien, ahora a esperar que se vaya adaptando su cuerpo a la nueva situación y despacio ir recuperándose.  FUERZA. ILUSIÓN. APOYO. ESPERANZA.  Eder, a pesar de su poco peso y lo pasado, o precisamente por lo pasado, cuenta con todo ello, aún así, tenemos que mandarle todas nuestras fuerzas para que le acompañe.
PENSAD  un momento en él, postrado en la cama y con ilusión porque todo esto termine, ENVIADLE vuestras energías.  (ya está mejor, estoy seguro).  GRACIAS y ahora recomponte y sé feliz, así la próxima vez que hagas esto, le transmitirás mejores emociones aún.

A las 6:45, estaban en el Children´s Hospital, de Boston, esperando a que le ingresaran,
a las 14:10 hora española, 8:10 hora local de Boston, entraba en el  quirófano, a las 21:06 hora de España recibimos un WhatsApp diciendo "la operación ha sido un éxito!!! "
Todo ha ido bien, ahora está en cuidados intensivos y la evolución del posoperatorio en el día de hoy es crucial. Confiamos en el buen hacer de los doctores, y, sobre todo, en las fuerzas y ganas de Eder. En unos días veremos los resultados definitivos de la operación. Estamos seguros que Eder va a superar una vez más este asalto y confiamos que definitivamente pueda llevar una vida "normal", pueda seguir jugando torneos de Magic y participando en torneos de ajedrez.  aunque lo que realmente le gustaría es jugar sin limitaciones al fútbol  e imitar a su líder Fernando Torres.

Seguiremos informando de su evolución

                             Gracias a todos por vuestro apoyo.

TERCER LIBRO DE LA TRILOGÍA  DIEZ CUENTOS PARA EDER

    Para Eder,                                      "Querido César"  

        Faber suae fortunae unusquisque est ipse.   "cada uno se labra su propia fortuna"


Éste es el tercer libro de cuentos, dedicados a los personajes más llamativos de la mayor epopeya conocida por nuestra cultura occidental. En este grupo de cuentos, he intentado plasmar la inteligencia de un hombre que, desde niño, sobresalió por su agudeza mental y su visión de futuro: Julio César, descendiente de Iulo. Presento a Julio César como un niño curioso y cariñoso, que todo lo observa y todo lo comprende, porque su inteligencia es superior a la de todos los niños que le rodean. Me gustaría pensar que Eder llegará a ser como el “Querido César”, una persona a la que todos siguen, porque le quieren, y a la que todos admiran (y a veces envidian), porque su fuerza de carácter no deja lugar a otra forma de actuar.
Eder ya va demostrando su fuerza de carácter, porque ya es un “preadolescente”, como él mismo se define. Este relato también es para ti, mi nieto mayor, y en el que pienso a todas horas. Pero no será el último. Ya estoy pensando en otras historias, que creo que te pueden interesar, y, como a ti, supongo que a otros muchos niños, que pueden alimentar su imaginación con la historia de personajes que son mitad historia y mitad leyenda. Prometo seguir escribiendo para vosotros. Quiero daros, aunque no os conozca, lo único que creo que puedo dar: mi interés por adquirir cultura. Creo que es una de las cosas más importantes para todos, porque donde hay verdadera cultura, hay respeto por los demás, y el respeto es la base del amor.
Os adelanto que la siguiente trilogía tratará sobre la Atlántida, ese misterioso lugar cuya ubicación todos creen saber, pero nadie sabe con exactitud.

La Giagia RHM



1.- Varias lenguas

¡Caio, es hora de comer!
  • Ya voy, mami, enseguida bajo; pero ya he comido.
  • ¿No te he dicho muchas veces que no comas fuera de casa?
  • Pero, mami, estoy en casa de Miriam; es como si estuviera en nuestra casa.
  • Está bien, pero ven a casa conmigo; tienes que dormir la siesta, aunque sea un ratito...
Aurelia sonreía, mientras llamaba a su hijo; sólo tenía tres años y ya hablaba como un niño mayor. Era un niño tan simpático e inteligente que tenía encantados a todos los vecinos de la insula. La casa, una insula, era propiedad de Aurelia y tenía varios pisos y departamentos. Ella misma era la administradora y los vecinos la consideraban una más entre ellos, más que una casera. Aurelia había decidido comprar toda la insula con su herencia, para trabajar en algo y que su esposo, un Julio, no se sintiera en situación inferior, porque la familia de los Julios no tenía dinero, sólo nobleza de sangre. En la insula vivían familias de varias regiones diferentes, porque la casa estaba situada en un barrio a las afueras de Roma, la Subura, donde los precios eran algo más asequibles para los inmigrantes.

El niño llegó corriendo y se lanzó a los brazos de su madre.

  • Mamá, hoy he aprendido algunas palabras más en hebreo.
  • Pero hijo, ¿no te parece muy complicado y muy diferente de nuestra lengua?
  • Mamá, es que tengo que aprender a entender a todos los que viven con nosotros, porque así me escucharán, si ven que yo los escucho. Y ¿cómo voy a escucharlos si no los entiendo?
Aurelia miró a su hijo con preocupación. Era demasiado inteligente para su edad. Quizá esto le traería problemas más adelante. Ahora todos trataban al niño con cariño, pero, cuando se hiciera mayor, las cosas podían cambiar. El niño siguió contando lo que más le llamaba la atención:

  • ¿Sabes, mamá? El padre de Miriam ha estado arreglando su jardín.
  • ¿Cómo su jardín? ¿Dónde tiene un jardín?
  • En la bajada de las escaleras y ha puesto flores que van a estar colgando de la barandilla; verás qué bonito va a quedar todo y cuántos colores vamos a poder ver todos los días, cuando nos levantemos.
  • Bueno, Caio, ahora tienes que dormir, porque los niños pequeños tienen que dormir después de comer.
  • Pero, ¡yo ya no soy un niño pequeño, mamá! Ya sé hablar y andar.
  • Bien, esto no es negociable, Caio. ¡A dormir!
El niño se fue a su camita sin decir nada, porque sabía que su madre no cedía en estas cosas. La esclava gala que le atendía se lo llevó sonriendo y le guiñó el ojo, prometiéndole una golosina si se dormía pronto. Cuando se levantara, pensó el niño, ya con los ojos cerrados, tenía muchas más cosas que contar a su mamá. Sus amiguitos y él habían decidido jugar a los maestros. Él era el más pequeño, pero, como era alto, quería que todos le vieran como un niño mayor. Ese día Miriam les había enseñado algunas palabras en hebreo. Caio se preguntaba qué iba a enseñarles él, cuando se le ocurrió que podía decir algunas palabras en galo, Gala se lo enseñaría. A veces la oía hablar en su lengua y como no entendía su nombre, Caio la llamaba Gala y ella ya se había acostumbrado a ese nombre. Ya le preguntaría y sorprendería a todos, porque nadie conocía esa lengua. O eso pensaba él.

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2.- Una inteligencia superior

Pasaron dos años entre juegos y risas; el niño seguía creciendo y ganándose las simpatías de todo el que lo conocía. Aurelia seguía llevando la administración de la casa, aunque los tiempos no eran buenos y su economía estaba bastante mal, lo mismo que la de sus vecinos e inquilinos, que a veces no podían pagar el alquiler y ella no pensaba echarlos de sus viviendas, porque ya eran como una gran familia. Un día, decidió ir a consultar a toda la familia Julia. Su marido había muerto y ella consideraba que su hijo debía recibir una educación. Todos los profesores que habían estado enseñando al niño, acababan diciendo que aprendía con tal rapidez, que ya no tenían mucho más que enseñarle, así que los Julios debían decidir qué hacer con el niño y con quién debía estudiar. Aurelia sabía que tenía que pedir opinión a los hombres de la familia Julia, aunque ella tenía bastante claro lo que quería para su hijo.

Caio no estaba de acuerdo con su madre; él quería jugar y aprender, pero no entendía qué tenían que decir sus tíos y abuelos. Era su madre la que tenía que decir la última palabra. Y su madre era muy inteligente y siempre le aconsejaba lo mejor en cualquier ocasión que se presentara.

  • Mamá, a mí me gustan las lenguas; ya he aprendido mucho de nuestros vecinos
  • Lo sé, hijo, pero hay que aprender otras cosas, sobre todo, siendo un Julio. Tú sabes que la familia es lo más importante y que tenemos que contar con la opinión de tus tíos y abuelos. Hablaremos con ellos, pero no te preocupes, porque seré yo quien decida tu futuro; y te lo comunicaré a ti el primero.
  • Está bien. Pero ¿me dejarás estar un ratito con la tía Julia la Mayor? Me quiere tanto que me ayudará a conseguir que los tíos y el abuelo decidan para mi futuro lo que yo quiero.
  • ¿Y qué es lo que tú quieres, hijo? - Sonrió Aurelia.
  • Me gustaría escribir y poder ganar dinero para la familia.
  • Tú no te preocupes por el dinero ahora, Caio. Tú tienes que aprender y luego, ya veremos.
  • Siempre dices lo mismo, mamá, pero yo soy el hombre de la familia, por lo menos de la nuestra, de nuestra casa, quiero decir, y tengo que ayudarte a salir adelante.

Aurelia sonreía. Su hijo era como un hombrecito, a pesar de su corta edad y quería emprender grandes proyectos, que tenía en su cabecita y que a veces le contaba, cuando no quería irse a dormir demasiado temprano.

  • Ponte la capa, porque empieza a hacer frío. No quiero tener que cuidarte porque estés con catarro. Los hombres sois insoportables cuando os ponéis enfermos.
  • Yo no soy insoportable, mamá. Lo que pasa es que me pone muy nervioso tener que estar en la cama o quedarme en casa. El padre de Miriam me ha enseñado cómo curarme el catarro y voy a hacer lo que me ha dicho.

Ya iban de camino a la casa de los Julios en el Palatino. Aurelia miró a su hijo con sorpresa.
  • ¿Y se puede saber qué te ha dicho?
  • Sí, claro. Me ha dicho que tome un poquito de vino caliente por la mañana, al levantarme ...

El niño se quedó como en suspenso, esperando la reacción de su madre. Pero Aurelia se echó a reír. ¡Su hijo de cinco años la estaba probando, a ver si caía en la trampa y le daba vino por la mañana.!

  • ¿Y te ha dado él algo de vino caliente?
  • No. Me ha dicho que surte más efecto si te lo da tu propia madre
  • Ya -dijo Aurelia- sonriendo. Muy sabio, mi vecino Isaac, muy sabio...

Habían llegado a casa de los abuelos. Tras pasar el umbral de la puerta, entraron en el hermoso atrio, en cuyo centro había una especie de estanque con agua y algunos triclinios, donde estaban sentados sus tíos y tías. Julia la Mayor se levantó enseguida, al verlos llegar y alzó en sus brazos al pequeño Caio, haciéndolo volar por los aires. El niño reía a carcajadas, pero notaba que su tía estaba algo triste. Le preguntaría qué sucedía, porque su tía era cariñosa y le daba todas las explicaciones que él necesitaba.


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3.- La decisión familiar

El niño fue enviado a jugar con sus primos, mientras los mayores hablaban. La impaciencia no le dejaba centrarse en el juego de las tabas, que ya los otros niños de la casa habían empezado. El juego consistía en lanzar los huesecillos (generalmente de cordero) al aire y comprobar en qué posición habían caído. Pero Caio ni siquiera quiso ver cómo había caído su lanzamiento: miraba a la habitación donde los mayores estaban discutiendo sobre su futuro. Bueno, su madre lo defendería, estaba seguro.

Por fin salieron riendo y Caio miró a su madre, que le sonrió; esto le tranquilizó y pudo esperar hasta que Aurelia dijo a la familia que su hijo y ella se marchaban a casa.

  • Mamá, cuéntame qué han dicho mis tíos y mi abuelo, dijo Caio en cuanto salieron de la casa.
  • ¿No quieres que demos un paseo antes? - Dijo Aurelia sonriendo.
  • Mamá, estoy hablando en serio. Quiero saber qué va a ser de mi vida y de mi educación.
  • Está bien, hijo. Han decidido que sigas estudiando; en cuanto acabes tus deberes diarios en casa, irás a casa de tu tía Julia la Mayor y allí empezarás a leer los libros de su biblioteca.
  • ¿Y por qué no puedo traerme los libros a casa?
  • Porque tu tía Julia no se encuentra bien y estoy segura de que le vendrá muy bien tu compañía. Ya sabes cómo te quiere.
  • ¿Y podré comer las chuches que suele darme?
  • Sí, pero debes decirme lo que has comido cuando vuelvas y prometerme que no comerás demasiado. Ya sabes que luego te sientan mal y no quiero que te pongas enfermo.
  • Mamá, siempre estás preocupada de que no me ponga enfermo. ¿Por qué no dejas que tenga fiebre o esté en la cama como los demás niños?
  • Ya hablaremos de ello cuando seas algo mayor. De momento, prefiero que no tengas fiebre ¿de acuerdo?
  • Bien, pero ya sabes que se lo preguntaré al padre de Miriam y que me lo explicará.
Llegaron a casa. Caio tenía todavía muchas preguntas que hacerle a su madre, pero se dio cuenta de que ella no tenía intención de contestar a ciertas preguntas. Procuraría pillarla desprevenida y que aclarara sus dudas. Caio sabía que era difícil coger a su madre desprevenida; ella siempre sabía qué decir y cuándo decirlo y parecía que adivinaba todo lo que el niño pensaba.

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4.- El tío Mario

Al día siguiente, Caio inició sus visitas a la tía Julia. Lo que no esperaba era que la tía Julia le dijera que tenía que pasar la tarde con su tío Mario. Empezó a pensar que la verdadera razón de su estancia en la casa no era Julia, sino Mario.

  • Bueno, muchacho, vamos a aprender algo de historia.
  • Me gusta la historia. ¿Por dónde empezamos?
  • ¿Tantas ganas tienes de aprender?. Me doy cuenta de que tu madre no exageraba cuando hablaba de tus cualidades intelectuales y de tu afán de saber.
  • Tío, no hablemos sólo de mi madre, háblame de la historia de nuestra familia.
  • ¿Sabes que te llamas Caio Julio?
  • ¿Cómo no voy a saberlo? Ya sé que la familia de mi padre es la más antigua de Roma.
  • ¿Y qué más sabes?
  • Que la primera de mis antepasadas, mi Alma Mater, es la diosa Venus.
  • ¿Y qué te parece la idea? ¿Crees que es real?
  • No lo sé. ¿Tenemos que empezar desde Iulo, para conocer la historia de mi familia?
  • Creo que vamos a empezar por los datos reales que conocemos. Yo soy un militar y no me dejo impresionar por las historias y leyendas del pasado.
  • Me gusta, tío. Yo tampoco creo en historias para niños
      Mario se echó a reír: un niño de cinco años le estaba diciendo que no creía en historias para niños.
      Este niño era realmente inteligente. Sería interesante enseñarle y comunicarle sus experiencias
      personales.

      Caio volvió a casa feliz. Le había gustado pasar la tarde con su tío. Se lanzó a los brazos de su
      madre, que estaba revisando sus cuentas en la biblioteca.

  • Mamá, me encanta estudiar con el tío Mario. Es serio, pero sabe reír. Creo que me considera un niño mayor y que voy a aprender mucho con él. ¿Qué hay para cenar?
  • Pasas de un tema a otro alegremente. Y yo voy a empezar por el tema que más me interesa. Hoy vamos a cenar un poco de ensalada y un pescado a la brasa. Ya lo tengo preparado.
  • ¿Me dejas jugar un ratito con Miriam y mis amigos? Hoy no los he visto y a lo mejor han descubierto algo nuevo y yo no me he enterado.
  • Bien. Vete a jugar un rato, pero, cuando te llame, ven enseguida.
  • Te lo prometo, mamá, pero llámame Caio Julio.
  • ¿Ya te ha contado tu tío la historia de la familia?
  • Algo me ha dicho. Estoy deseando saber más cosas. Luego me confirmas todo lo que él me cuente, porque sigo fiándome más de ti que de nadie. Me voy a jugar.
      Aurelia, como siempre, estaba sorprendida por la capacidad de adaptación y de aprendizaje de su
      hijo y pensaba con cierta tristeza que era demasiado pequeño, era su bebé y ya parecía un hombre.

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5.-Una enfermedad divina

Los días siguientes, Caio Julio fue a casa de sus tíos. Estaba cada vez más interesado en todo lo que le contaba su tío. Pero antes de pasar un mes, Mario tuvo que irse a su campaña militar. Y el niño ya no fue tan a menudo a casa de su tía Julia. Su curiosidad iba en aumento, sobre todo, porque quería saber más sobre la historia de su patria y de su familia, así que decidió que le preguntaría a su madre. Le gustaba mucho hablar con su madre, porque le parecía la persona más sabia que conocía, incluso más que su tío Mario. No comprendía por qué decían que los que sabían todo eran los hombres. Su tía Julia sabía muchas cosas y su madre más que nadie. Aprovechó el día en que cumplía los seis años, para pedirle a su madre que le dedicara un rato por las tardes y contestara sus preguntas.

  • Estoy encantada de que quieras aprender. Te contaré la historia de la familia, pero tienes que seguir leyendo y aprendiendo lo que han escrito nuestros historiadores y poetas. Es importante que conozcas los hechos en la versión de varias personas, porque así podrás sacar tus propias conclusiones.
  • Me gusta eso que dices, mamá. Ya sabía yo que no siempre hay que hacer caso de lo que dice una sola persona y que hay que enterarse de las cosas por varias personas.
  • ¿Qué quieres como regalo para tu cumpleaños?
  • ¿Te parecería una tontería si te pido un capítulo de Ennio?
  • ¿ Sabes sobre qué ha escrito Ennio?
  • Pues claro, mamá. Si quiero aprender historia tengo que tener los rollos en casa para poder consultarlos cuando quiera.
Aurelia dejó caer una lágrima de emoción. ¡Cuánto sabía su hijo! ¡Y qué formal parecía, siendo tan pequeño!

  • Tendrás tus rollos, hijo. Pero tengo que esperar unos días, porque aún no he cobrado las rentas y no me llegará el dinero. De todas formas iré al mercadillo, en las nundinas y buscaré lo que haya de Ennio.
  • Bueno, no te preocupes, quedan cinco días para las nundinas ¿no?
  • Sí. Y para entonces, ya habré cobrado los alquileres. Por cierto, ¿sabes ya cómo tienes que contar los días y los meses?
  • Me interesa mucho, mamá, pero, a veces, me hago un poco de lío.
  • Pues lo siguiente que vamos a estudiar es el calendario, porque es importante que sepas situar los hechos históricos.
  • Mañana, mamá, porque estoy un poco cansado y mareado.
La madre miró preocupada al niño. Era un niño delgado y alto, pero no comía demasiado y a veces parecía agotado. Consultaría con su vecino Isaac, que era un buen médico. Cuando el niño se fue a dormir, encargó a su joven esclava gala que vigilara su sueño y subió a casa de Isaac. La familia la recibió encantada, pero extrañados de que fuera a hablar con ellos a una hora tan tardía.

  • ¿En qué podemos ayudarte? – dijo Miriam, la esposa de Isaac.
  • Estoy preocupada por Caio Julio. Últimamente parece cansado y come muy poco. ¿Qué opinas tú Isaac?
  • ¿Qué le pasa a Julio? – dijo la pequeña Miriam. Hace varios días que no viene a jugar conmigo.
  • Está cansado y no ha subido a jugar contigo porque ha estado yendo a casa de sus tíos. Pero mañana le diré que venga después de comer, para que juguéis toda la tarde. ¿Qué te parece?
  • Estupendo – dijo Miriam, le esperaré. Ahora me voy a la cama, porque yo también estoy cansada.
  • Ve a la cama, hija, así podremos charlar los mayores.

Cuando se quedaron solos, Isaac inició la conversación:

  • ¿Sabes a qué llaman la enfermedad de los dioses?
Aurelia se puso pálida. Claro que sabía lo que era la enfermedad de los dioses. ¿No estaría diciéndole Isaac que su hijo la padecía?

  • ¿Has notado si el niño pierde el conocimiento, cuando está demasiado cansado?
  • Hasta ahora no, pero temo que pueda pasarle cuando no esté conmigo.
  • Ya sé que es difícil de hacer lo que voy a decirte, pero tienes que intentarlo. Procura que se tome las cosas con tranquilidad y que no tenga tanta actividad desde que se levanta.
  • ¡Ojalá pudiera conseguirlo! pero ya le conocéis, es como una guindilla, duerme poco, come poco y no para de hacer preguntas y de querer saberlo todo. Y ya no puedo obligarle a dormir después de comer, porque se considera ya mayor para dormir siesta.
  • Si no duerme, que descanse. Quizá charlando contigo lograrás que esté sentado.
  • Es posible, pero sus temas de conversación son siempre tan serios que dudo que se tranquilice.
  • Bien, te voy a dar unas hierbas para que le des una infusión antes de irse a dormir. Quizá consigamos mejorar ese agotamiento.
  • Gracias, amigos, espero que lo tome con gusto.
  • Es melisa y manzanilla con un poco de valeriana. Seguro que le gustará.
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6.- Solidaridad familiar

Pasaron tres años y Caio Julio seguía creciendo y aprendiendo. Cuando el tío Mario estaba en Roma, el niño iba por las tardes a escucharle y aprender de él. Se habían hecho muy buenos amigos. Toda la familia lo consideraba ya un hombre, por sus comentarios, sus preguntas y sus actos. En casa, ayudaba a su madre con las cuentas de la administración de la insula. Y seguía con la pandilla de amigos, sus vecinos y otros chicos del barrio. En la esquina de la insula había una taberna, cuyo dueño Daco quería a Caio Julio casi como a un hijo y le admiraba por su carácter y sus conocimientos; incluso hablaban de clases de vinos y, sobre todo, de las famosas empanadas que hacía Daco.

Un día, a la hora sexta (las 12 del mediodía), Caio Julio estaba ayudando a Daco, para ganarse unas monedas, cuando su madre le llamó con cierta urgencia.

  • Caio, entra en casa en cuanto termines de ayudar a Daco, tenemos que salir.
  • Voy enseguida, mamá.
Al entrar en casa, vio a su madre bastante seria.

  • ¿Qué ocurre, mamá?
  • El tío Mario no se encuentra bien y la tía Julia me ha pedido que vayamos lo antes que podamos.
  • ¿El tío Mario? Pero si es fuerte como un roble. ¿Cómo puede estar enfermo?
  • Ahora nos enteraremos. Ponte la capa para salir.
  • Mamá, deja de preocuparte. Me encuentro bien.
  • Déjame ejercer de madre, Caio. Si no me preocupo por ti ¿cómo me voy a sentir útil?
  • Mamá, tú siempre eres útil para toda la familia, no sólo para mí.
Salieron en silencio, cada uno con sus pensamientos. Al llegar a casa de Julia y Mario, encontraron a varios médicos hablando entre ellos y a la tía Julia llorando. Mario estaba inmóvil en su cama. Caio Julio se acercó rápidamente, sin que nadie se lo impidiera. Aurelia se acercó a Julia, que le explicó que Mario había sufrido una especie de parálisis en toda la parte izquierda del cuerpo y aún no podía moverse. Julia lloraba. Aurelia no sabía que decir y trataba de pensar con rapidez, cuando oyeron una especie de balbuceo y se acercaron a la habitación de Mario. Estaba intentando hablar con su sobrino.

  • Julio, acércate
  • Sí tío, dime, - dijo el niño-
  • Julio – repetía Mario – tienes que ayudarme. Tengo que seguir con mis funciones en el gobierno.
  • Sí, tío. Dime qué puedo hacer yo para ayudar.
  • Ayúdame a poder andar.
  • ¿Por qué me llamas sólo Julio, tío?
  • Porque debes llamarte Julio, para que todos conozcan la nobleza de tu familia.
  • Como tú quieras, tío.
Mario volvió a caer en una especie de sopor. Aurelia se acercó e indicó a su hijo que se retirara de la habitación. Al salir, le dijo a Julia que Caio Julio iría todos los días por la tarde, para ayudar a su tío a recuperarse.

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7.- El verdadero aprendizaje

Así lo hicieron. Julio estuvo yendo a ayudar a Mario durante varios meses. A veces, Mario demostraba su mal genio y no quería hacer los ejercicios físicos necesarios para recuperar el movimiento, pero Julio se mantenía firme y casi le obligaba a hacerlo, amenazando con no volver. Mario sonreía y se esforzaba por continuar.
  • Tío, ahora tenemos que volver a montar a caballo.
  • Creo que eso ya es pedir demasiado. No creo que vuelva a montar a caballo.
  • Claro que volverás, tienes que demostrarme en la práctica todo lo que me has estado enseñando. ¿O es que me has contado una historia inventada?
  • Por supuesto que no. Te demostraré que puedo hacerlo.
Lo consiguieron. Mario volvió a hablar, a montar a caballo y a andar, ya casi sin cojear. Julio aprovechó esta recuperación para pedirle algo más a su tío Mario.
  • Tío, ahora me gustaría que me explicaras cómo has vencido en tantas batallas y cómo se puede manejar un ejército tan grande.
  • Es fácil, Julio. Hay que mantener la disciplina, pero a la vez, dar confianza a tus soldados y dar ejemplo. Porque tus hombres te seguirán a donde quieras llevarlos, si ven que tú te esfuerzas como ellos y los tratas como a iguales.
Julio tomaba nota de todo. Ya se imaginaba dirigiendo al ejército romano y volviendo a Roma como general victorioso.
  • Y ¿es difícil ser cónsul? Tú ya has sido elegido seis veces.
  • Hay que tener personalidad, ser honrado y tener dinero. No te preocupes, que cuando tú seas mayor, lo conseguirás, porque es más fácil para un noble que para los que no lo somos.
  • Yo quiero ser como tú. Quiero ser cónsul y quiero dirigir el ejército.
Mario reía con ganas. Le gustaba aquel chiquillo inteligente y serio. Aunque a veces pensaba que no lo tendría tan fácil como él creía, porque la envidia seguía presente entre la nobleza romana. Pero Julio parecía ser incombustible; ponía tanto interés en todo lo que se proponía, que todo el mundo estaba seguro de que lo conseguiría, costara lo que costase.

Todo parecía ir sobre ruedas, cuando, poco tiempo después, Mario sufrió otro ictus. Esta vez, además de una ligera parálisis, parecía que también su mente, siempre brillante, se había visto afectada. Y Julia volvió a recurrir a su sobrino, para que ayudara a Mario a recuperarse. Julio volvió encantado. Se acercaba el verano y estaba a punto de cumplir los diez años, exactamente dos días antes de los Idus del mes de Quintilis.
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8.- El primer problema serio

Esta vez Mario hablaba con su sobrino con cierta reserva. Julio trataba de ser paciente, pero se preguntaba por qué su tío ya no se fiaba de él. Decidió afrontar el tema y preguntárselo directamente.

  • Tío, ¿Por qué ya no me cuentas todas tus estrategias militares? ¿Es que ya no quieres enseñarme?
  • ¿Quieres que te diga la verdad?
  • Por supuesto. Siempre quiero la verdad, aunque sea desagradable. ¿Es que he hecho algo que no te guste?
  • No, Julio. Es que he consultado a una astróloga babilonia, que casi acertó cuando pronosticó que sería cónsul siete veces, algo que parecía imposible. Y he sido cónsul ya seis veces.
  • ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
  • Pues que esta vez me ha dicho que habría otro hombre que sería más grande que yo en cuestión militar.
  • Esta vez no te entiendo, tío. ¿No pensarás que ese hombre seré yo?
  • Pues sí. Creo que serás tú. Y no me gusta que alguien me supere en lo único que yo he sobresalido en mi vida.
  • Tío. Eso son supersticiones y cuentos de ancianas. ¿De verdad te crees todo lo que te dice esa astróloga?
  • Siempre lo he creído y hasta ahora ha acertado. ¿Por qué no iba a acertar esta vez?
  • Aunque acertara, ¿Por qué voy a ser yo ese hombre?
Esta vez Mario se echó a reír. Hacía tiempo que no reía. Julio tenía el poder de hacerle olvidar sus problemas y de hacerle reír. Quizá tuviera razón y todo eran supersticiones de ancianas. De hecho, su sobrino se dedicaba más a la literatura y a la historia que a cualquier otra cosa. Ya había escrito algún ensayo de gramática y algún que otro poema. Y su nuevo profesor de retórica, Marco Antonio Grifo, estaba muy orgulloso de él.

Cuando Julio se marchó esa tarde, Mario se encerró en su biblioteca y dos horas más tarde salió con una decisión tomada. Nombraría a Caio Julio Pontífice Máximo, cargo vitalicio que prohibía a quien lo ostentara tocar las armas, además de otras muchas restricciones. Con quince años ya podía ser Pontífice, jefe de la religión y de las Vestales, con entrada en el Senado y poder decisorio en cuestiones importantes; pero lo inscribiría cuanto antes, para que nadie ocupara el cargo. Y le buscaría una esposa, porque el Pontífice debía estar casado. Al día siguiente hablaría con el actual cónsul Cornelio Cinna. Quizá pudiera prometer a Julio con la joven Cinilla.
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9.- Un futuro incierto

Cuando Aurelia se enteró de las maquinaciones de su cuñado, supo que la suerte de su hijo había cambiado. Decidió hablar con su otro cuñado Sila, que ahora estaba en el poder. Sila hacía poco caso de la familia. Estaba casado con Julia la Menor, pero no se llevaban bien; él prefería vivir su vida y sólo recurría a la familia cuando necesitaba dinero, que era casi siempre. Pero con Aurelia tenía una relación especial: la respetaba y le pedía consejo, no sólo en cuestiones personales, sino también en cuestiones políticas. Y seguía los consejos que ella le daba, aunque nunca admitía que ella le había convencido de algo.

  • Estoy pensando que quizá podrías librar a Julio del cargo de Pontífice Máximo
  • ¿Y por qué quieres librarlo? Es un buen cargo, tiene autoridad, poder, casa propia y puede estar en las sesiones del Senado.
  • Pero a él no le interesa y Mario le ha obligado a aceptarlo.
  • Ya veré qué puedo hacer. Mario se ha hecho viejo y su cabeza no funciona como antes.
  • Yo no voy a juzgar los actos de nadie. Tampoco juzgaré los tuyos. Sólo te pido que ayudes a mi hijo.oo--------------------------------------------------oooo------------------------------------------------------oo
Sila se marchó, pensando en lo especial que era aquel chico. Pronto tomaría la toga viril y nadie podría dominarlo. Mientras tanto, Julio, que había tomado el cognomen de César, seguía con sus estudios y su interés por los temas militares. César era un antiguo nombre de la familia y le pareció que le venía bien tener un cognomen, como un hombre. Porque él ya se consideraba un hombre.
  • Hijo- dijo un día Aurelia – creo que debes marcharte de Roma, porque Sila va a por ti. Creo que te ve como un posible rival político y militar.
  • No entiendo cómo pueden cambiar tanto las cosas. Antes no era así.
  • Sí, hijo, siempre ha sido así. Tú no te has dado cuenta, porque he intentado alejarte de él lo más posible. Desde que eras pequeño decía que en ti hay “muchos Marios”. Y son enemigos políticos y militares. Llega un momento en que los problemas no se pueden evitar y éste es ese momento. Te prepararé algunas cosas y debes irte. Quizá sea un buen momento para que vayas a Hispania.
  • Me gustaría, porque no conozco nada de esa tierra y me gustaría saber cómo son los hispanos y cómo viven.
  • Son como nosotros, Julio, mediterráneos, aunque su vida sea diferente, porque aún no conocen nuestras leyes. Yo creo que son un poco salvajes.
  • Eso hay que comprobarlo, mamá. Ya te contaré cuando vuelva.
  • Tienes razón, hijo, todo hay que comprobarlo personalmente.
Julio César salió de viaje. Prefería ir por mar, a pesar de los piratas y de las tormentas, pero sería una buena experiencia y conocería a todo tipo de personas que viajaban a Hispania, comerciantes, soldados, desterrados o simples viajeros.

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10.- Hispania

Aurelia le había encargado buscar a Sertorio, primo del tío Mario, que se había puesto a favor de los hispanos, rebelándose contra Sila. Julio César tenía ya 17 años y demostró enseguida su don de gentes encontrando a Sertorio, que lo recibió con los brazos abiertos.

  • ¿Qué pasa en Roma?
  • Las cosas no van bien. Mario ha perdido la cabeza.
  • ¿Literalmente?
  • No, hombre. Ha perdido el sentido común, y Sila ha aprovechado para sus manejos políticos. Ahora tiene el poder absoluto.
  • Entonces tendremos también aquí nuevas confrontaciones. Espero ser digno lugarteniente de Mario. Puedes unirte a mis hombres y así aprenderás en la práctica todo lo que Mario te enseñó en teoría.
  • Eso es lo que pensaba mi madre.
  • ¿Por qué has tomado el cognomen de César?
  • Porque ya lo han usado otros en mi familia y me han dicho que significa “fuerte como un león”; creo que su origen es etrusco; aunque otros dicen que significa “melenudo”, pelo largo, bien cortado o bien afeitado. De todas formas, me sonaba bien y a mi madre le ha parecido bien.
Sertorio se echo a reír, con la risa franca y abierta de un gran hombre. Julio César empezaba a admirarlo, como había admirado a su tío Mario. Pasó una temporada con él y conoció a una familia de banqueros gaditanos, que más tarde serían su apoyo económico y sus mejores amigos: los Balbo. Cuando le pareció que podía volver a Roma, preparó su viaje.

  • ¿Te marchas ya? Me había acostumbrado a tu compañía y a tu extraordinaria visión de la estrategia militar
  • Por la última carta de mi madre, creo que puedo volver a Roma. Yo sí que he aprendido cosas útiles de ti. Lo que más me ha llamado la atención es la estrategia de la guerrilla, y cómo conoces el territorio hispano.
  • La necesidad es la que más enseña en cualquier situación. Me he visto obligado a aprender, porque así lo pedían las circunstancias. Seguiré manteniendo el partido político de Mario aquí. Me he dado cuenta de que los hispanos son nobles y valientes y de que no tienen por qué aceptar las normas de un extranjero que venga a conquistarlos.
  • Creo que tienes razón. Volveré a Roma y aprovecharé que tengo un asiento en el Senado, para intentar modernizar a las viejas glorias.
  • Que tengas suerte, primo. Puedo llamarte primo ¿verdad?
  • Por supuesto.
  • Estoy seguro de que algún día me sentiré orgulloso de ser tu amigo y tu pariente.
  • Y yo de poder llamarte mi amigo.
Julio César emprendió el regreso a Roma. Esta vez prefirió hacer el viaje por tierra, para ir conociendo, por lo menos, las regiones que ya pertenecían a la República romana, como la Galia Cisalpina, la llamada Narbonense. Tenía interés en conocer gente de raza gala. Todavía tenía buen recuerdo de su joven esclava Gala, a la que quería como a una nodriza. Ella le había cuidado con cariño y solía escucharle, cuando su madre se enfadaba con él. Julio sonrió para sí, pensando en que había sido demasiado niño. Ahora era ya un hombre y tenía que comportarse como tal.

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11.- Los piratas

La situación en Roma era alarmante. Había un ambiente de miedo y tensión que pocas veces había sentido Julio César. Aurelia le contó los sucesos. Había conseguido de Sila que pudiera utilizar armas y llevar, si quería, el uniforme militar. Cinilla había dado a luz a la pequeña Julia, que tenía la expresión dulce de su madre y la mirada vivaz de su padre.

  • Por lo menos, puedes seguir asistiendo al Senado. Así irás informándote de todo y tomando nota para poner remedio a la situación, si está en tu mano.
  • ¿Sigo siendo Pontífice Máximo?
  • Sí. Tienes a tu disposición la Domus. Ya he ordenado que preparen todo para que te instales allí con tu esposa y tu hija.
  • ¿Verdad que es la niña más bonita del mundo?
  • Por supuesto. Es mi nieta y es tu hija. ¿Cómo podría haber ninguna niña más bonita que la pequeña Julia?
Ambos se echaron a reír. Era su única nieta y su única hija y la veían preciosa. Sería la alegría de la familia. Los ojos de la niña eran de color miel y esto le daba una dulzura en la mirada, que tenía embobados a sus padres y a su abuela.

Julio César se trasladó a la Domus, su vivienda oficial, aunque le daba pena dejar a su madre sola en la insula del barrio de la Subura. Intentaría convencerla para que pasara el mayor tiempo posible con la niña, porque sabía que no se iría a vivir con ellos: era demasiado independiente.

Además de sus obligaciones como Pontífice Máximo, por ejemplo, ser el jefe de las Vírgenes Vestales, Julio César empezó a asistir a las sesiones del Senado. No todos le miraban con buenos ojos; era demasiado joven, tenía una nobleza más antigua que todos ellos y siempre parecía que quería poner el punto adecuado a las discusiones, como queriendo demostrar que él tenía más razón o era más sensato.

  • ¡Senadores! – dijo el cónsul – El erario público está en la ruina. Necesitamos una ayuda inmediata. Creo que debemos pedir ayuda a Nicomedes de Bitinia.
  • ¿Y quién se va a atrever a pedirla? – preguntó uno de los senadores del partido demócrata - Ya sabéis que Nicomedes es un tacaño y no da nada, a no ser que obtenga algo importante a cambio.
  • Podemos enviar a nuestro jovencito. - Contestó otro senador del partido republicano, mirando a Julio César con sorna - Quizá Nicomedes le haga más caso a él, por ser un Julio y por ser joven y atractivo.
Todos se echaron a reír, mientras Julio se ponía tenso y miraba con frialdad a los componentes del partido republicano. La mirada de Julio César era famosa porque muchos decían que hacía obedecer al que se enfrentara con él. Decidió aprovechar la situación y poder demostrar a todos que él podría convencer a Nicomedes.

  • Iré, si todos estáis de acuerdo. No creo que sea capaz de negar nada a un Julio.
  • Ten cuidado – dijo un senador entre risas – Tiene fama de conquistador.
  • No me importa. Yo conseguiré lo que necesitamos, dinero y barcos. Los rumores y las supersticiones sólo sirven para aprovecharse de ellos en favor propio. Y eso es lo que pienso hacer.

La embajada fue un éxito. La ayuda económica y naval llegó a Roma en poco tiempo. Pero en el viaje de vuelta, el barco donde iba Julio César fue atacado y capturado por los piratas que infestaban los mares conocidos.

  • Nos han dicho que eres de familia noble. – dijo el capitán pirata – Seguro que pagarán lo que pidamos por tu rescate.
  • ¿Y cuánto pensáis pedir? – preguntó Julio César.
  • Creo que doscientos talentos es una cantidad adecuada. Mientras piensan si mereces que paguen tanto por ti, estarás con nosotros en nuestros refugios. Pasarás mucho tiempo con nosotros, así que ve acostumbrándote a nuestra forma de vida.
  • Creo que me minusvaloráis. Pagarán por mí quinientos talentos.
  • ¿Y quién va a pagar por ti una cantidad tan grande? – Dijo riendo el capitán pirata.
  • Acercáos a Bitinia y pedid al rey Nicomedes mi rescate. Lo pagará encantado, porque quiere que yo me case con su hija y ya me tiene como yerno.
  • Pero ¿no has dicho que estás casado?
  • Sí, pero a los orientales les parece natural tener varias esposas.
Nicomedes pagó enseguida el rescate de Julio. Los piratas encantados, lo dejaron en libertad. Pero Julio, en los seis meses que estuvo con ellos, ya había calculado y grabado en su memoria la situación de su refugio. Había hecho grandes amistades, porque había mostrado su carácter más encantador. Al despedirse, dijo que volvería.

Y volvió, a llevarse todos sus tesoros y a arrestar a los piratas.

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